Hace algunos años, tuve la oportunidad de participar en un espacio semanal en el Telediario que conduce el Arquitecto Benavides en Monterrey. En ese entonces, Azucena Uresti era la conductora que acompañaba al arquitecto y con ella habíamos hecho algunos programas acerca de la felicidad. Después de una invitación de Azucena, el Arq. Benavides me invitó a regresar de manera regular al programa, lo cual hice semanalmente durante poco más de un año.
Después de un par de programas, el arquitecto me presentó como “El Doctor Felicidad”. Ignoro si lo hacía en plan de burla o de manera sincera (quiero pensar que así era), pero esa etiqueta me acompañó por mucho tiempo. Del mismo modo, algunos de mis amigos de la UDEM me decían “Pepe Feliz” y era algo que me agradaba. De una manera u otra, el que pensaran en mí como una persona feliz me confirmaba que mi tarea en la vida era ser feliz y que debía de difundir el mensaje de felicidad con la gente de mí alrededor. Estudiar, aprender y difundir los conceptos de la ciencia de la felicidad tenían más sentido después de recibir estas etiquetas.
El poder de las etiquetas es tremendo. Si alguien nos dice que una persona es buena o mala, de inmediato nos formulamos creencias y expectativas alrededor de esta persona. Eventualmente podemos decepcionarnos o confirmar la primera impresión, pero la etiqueta habrá hecho su trabajo desde un inicio.
Este tipo de pensamientos se fundamenta con lo que conocemos como el “Efecto Pigmalión”. También conocido como el efecto de la profecía auto cumplida, este concepto proviene de una leyenda relatada por Ovidio, poeta romano nacido apenas unos años antes de Cristo.
Según esta leyenda, el Rey Pigmalión, frustrado porque no podía conseguir a la mujer perfecta que él deseaba, creó una escultura con las características que él esperaba de una mujer. Cuando al fin terminó su mejor obra, el rey se enamoró tanto que empezó a interactuar con ella como si fuera real, hasta que la escultura cobró vida y se convirtió en una mujer de carne y hueso.
El Efecto Pigmalión se define como la influencia que tienen las creencias de otras personas (y nosotros mismos) sobre nuestras propias capacidades y sobre lo que podemos o no lograr. En este sentido, lo que piensen los demás de mí (y que eventualmente afectará lo que pienso de mí mismo), ejercerá una influencia en lo que seré o deje de ser.
La mayor parte de nosotros conocemos personas que han sido etiquetadas de cierta manera y que finalmente actúan en consecuencia. Si decimos que alguien es muy activo, esa persona se sentirá con la necesidad de cumplir con las expectativas y será activo. Si decimos que alguien es irresponsable, utilizará esta etiqueta y se escudará en esa aseveración dejando atrás la presión de la responsabilidad. Si eso dicen de mí, pues eso seré.
Uno de los experimentos más interesantes para comprobar el Efecto Pigmalión fue el que realizaron los investigadores Rosenthal y Jacobsen. En este estudio, se seleccionó un grupo de estudiantes al azar y se le comentó al profesor que el grupo era especial y que de seguro mostraría una mejora sustancial al final del periodo. Después de 8 meses, efectivamente el grupo mostró una mejora en sus evaluaciones de coeficiente intelectual.
Las etiquetas que nos pongan (y que nos pongamos) y la manera en como las interpretemos son cruciales para nuestro desarrollo. Si nos identifican (y nos identificamos) como flojos, como faltos de ambición o como incapaces, seguramente haremos lo posible por cumplir con esas expectativas. Si, por otro lado, nos ven (y nos vemos) como emprendedores, como luchadores o como benefactores, seguramente nuestras acciones se encaminarán hacia esas tareas.
Nir Eyal tiene una columna que se denomina Nir and Far. Sus escritos se destacan por ofrecer soluciones prácticas a problemas cotidianos. En el tema de las etiquetas, Nir nos sugiere que, lejos de usar nombres, utilicemos verbos. Así, si nos duele ser desordenados, no digamos que somos desordenados; digamos mejor que en ocasiones somos personas que tienen un poco de desorden en sus vidas. De esa manera estamos abriendo la puerta a solucionar un problema que pareciera inherente a nuestras vidas. Estaremos atacando un comportamiento y no una característica de nuestras vidas.
Las palabras y la manera en cómo las expresamos tienen también un efecto poderoso. Ya lo decía don Miguel Ruiz en sus Cuatro Acuerdos: Hay que ser impecables con las palabras. La manera en cómo fraseamos una situación puede tener un impacto significativo. Por ejemplo, si tuvimos un año difícil, podemos pensar que el año fue fatal o bien, que fue un año lleno de retos. En la primera opción, lo que nos queda es lamentarnos, mientras que en la segunda lo que podemos ver es una ventana de oportunidades para enfrentar esos retos, si es que se presentan nuevamente.
Vale la pena reflexionar acerca de cómo nos ven los demás desde el exterior y cómo nos vemos hacia adentro de nosotros mismos. Si somos positivos, probablemente estemos sentando las bases de un desarrollo productivo en nuestras vidas. Ser arquitecto de nuestro propio destino implica realizar un diseño previo de lo que queremos ser.
Y tú, ¿Cuál etiqueta vas a usar para tu persona en este 2023?
El autor es consultor y conferencista en los temas de felicidad, bienestar y calidad de vida.
Correo: pepechuy13@gmail.com