La mayor parte de nosotros desea una muerte sin sufrimiento, rápida y, de preferencia, inconsciente. Sin embargo, ese no fue el caso de Shatzi Weisberger, quien con tiempo expresó su deseo de estar consciente durante su proceso de muerte. Después de ser diagnosticada con cáncer de páncreas, finalmente falleció a los dos meses. No sorprende que muriera tan pronto, ya que este tipo de padecimientos son terminales. Lo diferente fue la actitud que tomó ante su inminente fallecimiento.
Esta historia apareció en un artículo del NY Times, en el cual se destaca que Weisberger formaba parte del “movimiento por una muerte positiva”. Esta iniciativa busca disipar el miedo y el silencio que existe alrededor de la muerte. El reportaje hace referencia a que ella pasó varios años estudiando la muerte como una abstracción y deseaba compartir su experiencia de sus últimos momentos con quien estuviera interesado. Es así que invitó a un reportero de ese diario a ser testigo de su proceso de muerte.
El artículo me impactó mucho. Apenas unos momentos antes había platicado con un colega y comentábamos acerca de los amigos en común que ya habían fallecido. Recuerdo haberle dicho que era algo natural y que tarde o temprano nos tocaría a nosotros. Me dijo que deseaba que fuera más bien tarde que temprano. Asentí. Le dije que yo también esperaba que tardara el momento de la partida, al menos un tiempo suficiente para ver crecer a mis hijos y conocer a mis nietos.
Y si, nadie en su sano juicio quiere morir. Nos aferramos a la vida y, aunque sea un proceso natural, nos negamos a aceptar la realidad cuando ésta nos dice que ya es tiempo. No nos gusta perder y morir es perder la vida.
Mi madre tiene casi 95 años de vida. Tuvo 11 partos y sobrevivimos 7 de sus hijos. Mi padre falleció hace 38 años y mi madre sigue aquí, consciente y feliz. Ella insiste que no sabe qué es lo que está haciendo en este mundo, pero que de seguro Dios la tiene aquí por algo. Ella es una persona muy agradecida de lo que ha vivido y se siente satisfecha de su vida. Piensa que cuando llegue el momento de su partida, se irá con gusto y agradecida con Dios. Quien la conoce, no me dejará mentir.
Tengo la fortuna de vivir muy cerca de su casa por lo que la veo casi todos los días y aprovechamos para platicar de diversos temas. Le platiqué de este artículo y entablamos un intercambio muy interesante de ideas. Cuando le platiqué que esta persona había invitado al reportero a que fuera testigo de su muerte, me dijo “¿Por qué tienes que compartir estos momentos tristes con alguien y hacer que esa persona se sienta triste también por tu muerte?”.
El tema da para mucha reflexión. Cierto, nos da mucha tristeza que alguien fallezca, aunque sabemos que todos llegaremos a esa etapa. Pero cuando quien va a fallecer se encuentra en un estado de paz consigo mismo y con su alrededor, la tristeza se vuelve menor. Acompañar a alguien que en su lecho de muerte se siente agradecido con la vida nos ofrece paz a quienes estamos cerca. Por el contrario, si somos testigos de la agonía de alguien que siente que aún tiene mucho que hacer, alguien que se aferra a la vida, aun sabiendo que en muchos casos no depende de su voluntad, es inevitable que nos contagiemos con la ansiedad y el dolor que genera su inminente partida.
Mucha de la infelicidad que se genera por la pérdida de algo o alguien se debe al apego que tenemos. En lo personal, siempre he sentido una admiración especial por el enfoque budista hacia el desapego. En lo poco que conozco de su filosofía, ellos sostienen que en la medida que dejemos de aferrarnos a las cosas y a las personas, nuestro sufrimiento será menor.
Si alguien muere, sentimos que hemos perdido la oportunidad de convivir con esa persona, aunque en realidad no hayamos convivido mucho con ella. Le platicaba a mi madre que los seres humanos tenemos esa característica de atesorar lo que tenemos, aunque en realidad no lo aprovechemos o disfrutemos tanto. Nos duele perder algo o a alguien, simplemente por el apego que le tenemos a nuestras posesiones.
Es difícil pensar en que la muerte sea un regocijo, aun y cuando algunas religiones así lo establecen. Se necesita en verdad mucha evolución para llegar a ese grado en el que cerramos un ciclo en este mundo y nos vamos alegres. Es difícil pensar en una muerte feliz.
Lo que si podemos hacer es tratar de llevar una vida feliz y con regocijo. Buscar que el camino sea agradable y productivo, sin preocuparnos tanto de llegar a una meta. Quizá la muerte, que es nuestro destino final, no sea lo que deseamos en este momento, pero muchos de nosotros si anhelamos llegar a ese momento en paz y con la convicción de haber vivido una buena vida.
Hagamos de la felicidad nuestra compañera de vida y de seguro estará presente en nuestro lecho de muerte.
Y si podemos evolucionar lo suficiente, vivamos la experiencia de morir como una nueva aventura, satisfechos por lo vivido y agradecidos por lo disfrutado.
El autor es consultor y conferencista en los temas de felicidad, bienestar y calidad de vida.
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