Monterrey

Jorge Manjarrez: ¿México juega o México en juego?

¿Qué necesita México para avanzar?

No es lo mismo México juega que México en juego. En el mundial de fútbol cuando México juega el patriotismo y el orgullo de ser mexicano nos unen; cuando México está en juego la lucha de intereses personales y las diferencias políticas nos dividen.

En el primer caso el resultado es una entrega total y apasionada a la selección mexicana para que meta goles y gane juegos; en el segundo, es una lucha entre grupos, partidos y facciones que impide el avance del país y el logro de objetivos que debieran ser comunes como la seguridad, la educación, el desarrollo sostenible, una mejor distribución del ingreso y el abatimiento de la pobreza y la corrupción.

Cuando México juega millones de compatriotas, a todo lo largo y ancho de la República Mexicana, vemos los partidos por televisión o en cualquier dispositivo digital. Es destacable que para Catar 2022, un selecto grupo de mexicanos, 60 mil, una de las delegaciones más grandes de aficionados, demostraron su entrega trasladándose hasta ese país para apoyar a la selección.

En estos días llamó mi atención un mensaje que circuló en redes con un interesante encabezado. ¿Qué necesita México para avanzar?, al verlo pensé en productividad, democracia, Estado de derecho, seguridad, educación de calidad, investigación, desarrollo tecnológico, transparencia y rendición de cuentas, entre otros aspectos que con frecuencia son señalados por especialistas.

Pero no, la nota explicaba los diversos escenarios de resultados en el juego de Polonia contra Argentina y cómo éstos “obligaban” a la selección mexicana a lograr un determinado resultado en su juego contra la selección de Arabia Saudita.

Otro encabezado lleno de fervor señalaba: Solo un milagro puede salvar a México; también ahí me fui con la finta y pensé que se refería a que solo la misericordia divina podría salvarnos de los males que nos afectan y que en el 2024 un rayo divino nos iluminaría para elegir a un, o una, presidente excepcional. Pero no, el milagro esperado era para no quedar fuera del mundial en la fase de grupos.

La pasión y el interés por este deporte, que es un fenómeno mundial, se explican por cuestiones culturales, sociales, psicológicas y económicas. Además, es el mejor ejemplo de que ponemos atención en lo que nos hace sentir no en lo que nos hace pensar.

Esta idea la desarrolló hace poco Eloy Garza en su artículo “El caso Trump y la prensa en Nuevo León”, en el que analiza la mentalidad de Roger Ailes, fundador de Fox News, quien señalaba que: “si quieres hacer pensar a la gente, la perderás; si quieres hacerla sentir, la tendrás siempre en tus manos”.

Indudablemente el fútbol nos hace sentir alegría, tristeza, euforia y orgullo. La política, en contrapartida, nos obliga a pensar, aunque también nos hace sentir frustración, coraje, decepción y repulsión; raramente, satisfacción. Nos obliga a estar informados y a valorar para emitir un juicio razonado, aunque ésto generalmente no sucede y terminamos votando guiados por emociones.

Por ello ponemos más atención, mucha más, en los resultados de un juego que en la evolución de los indicadores económicos y sociales del país; lo que sucede en el ámbito futbolístico es de gran trascendencia e interés nacional.

La mejor prueba la tenemos en la patriótica reacción del campeón de box Saúl “Canelo” Álvarez ante el agravio de Leonel Messi quien supuestamente pateó una sudadera, por cierto sudada, de la selección mexicana. Agravio imperdonable que esperemos no se repita, sobre todo gracias a la pronta intervensión del afamado campeón quien sentenció que “dará una golpìza a quien insulte al país” (promesa de la cual ya se retractó).

Supongo que el Canelo no incluía en su compromiso a las y los políticos mexicanos quienes diariamente insultan a nuestro país al incumplir con la Constitución y pisotean la dignidad e inteligencia de las y los ciudadanos mexicanos. Incluirlos sería un gesto democrático, patriótico y quizás con mejores resultados que concretarse a jugadores de fútbol; claro sería un servicio de tiempo completo del afamado campeón quien ante el gran número de infractores pondría a prueba su extraordinaria capacidad física.

Sin duda, el fútbol nos une; en un juego de la selección el único color que impera es el verde, los demás salen sobrando: todas y todos somos mexicanos.

La política nos divide y nos confronta, más aún si desde las altas esferas del poder se promueve la polarización y el resentimiento. Los colores son diversos, azul, tricolor, morado, naranja y reflejan ideologías e intereses contrapuestos; diferencian, aunque en el fondo no existan diferencias, a los “transformadores” de los “conservadores”, a los de “izquierda” y “derecha”, a los “buenos” y a los “malos” mexicanos.

Cuando México juega, todos somos uno. Cuando México está en juego, todos somos cada uno; nos guiamos por intereses individualistas o nos gana la apatía. Esto equivale en fútbol a que cada jugador juegue para él y no para el equipo, que meta autogoles, o bien que juegue sin ganas, lo que significa siempre una derrota segura.

¿Cómo sería México si cuando el País está en juego uniéramos fuerzas y voluntades para trabajar con la misma pasión y patriotismo que cuando México juega?

Más allá de que eso sí sería un milagro, creo que pondríamos a temblar a las grandes potencias del mundo; sin duda obtendríamos una mejor clasificación que el Tri.

El autor es economista, demógrafo y politólogo. Profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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