De las palabras que existen en nuestras vidas que quisiéramos borrar de nuestro vocabulario, sin duda destacan renunciar y fracasar. La connotación de estas palabras es tan negativa que nos incomoda tan solo el pensarlas. Antes de tomar la decisión de renunciar a algo o a alguien solemos pensar y re pensar las opciones que tenemos y nos cuesta mucho trabajo finalmente renunciar. Y aceptar un fracaso es tan frustrante que le damos vueltas y vueltas a la situación y tratamos de encontrar eufemismos para no reconocer que hemos fracasado en algo.
En el tema del fracaso, si bien es generalmente molesto, encontramos una buena cantidad de argumentos acerca de su valor. Uno de los más utilizados es el que sostiene que para triunfar es preciso fracasar varias veces. Otro dicho popular es el que sostiene que un triunfador es alguien que ha sabido sobreponerse a los fracasos, o mejor dicho, es un perdedor que tiene la voluntad necesaria para intentarlo siempre una vez más.
Un enunciado atribuido a Michael Jordan se refiere también al valor del fracaso. Según este escrito, Michael declara que: “He fallado más de 9 mil tiros en mi carrera; he perdido casi 300 juegos; 20 veces han confiado en mí para tomar el tiro ganador y he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y por eso he tenido éxito”.
Fuera de romanticismos, reconocer un fracaso nunca es fácil. Hace algunos días, mi ahijada Ceci participó en el Maratón de Chicago. A principios del año, su meta era romper su marca previa, pero no pudo lograrlo. En un post publicado en redes sociales, reconoció que unos años antes este resultado la hubiera frustrado. En cambio, prefirió tomar el aprendizaje y usarlo como motivación para la próxima vez. En sus palabras: “… esta vez me enseñó a ser paciente y aceptar cuando es tiempo de bajar el ritmo, a aceptar que un fracaso no te define y que lo mejor que puedes hacer después de no alcanzar tus metas es respirar, revisar tu plan, mejorar y volverlo a intentar”.
Muy ligado al tema del fracaso está el de la renuncia. Para muchos, renunciar implica de alguna manera reconocer que hemos fracasado de alguna manera. El ejemplo clásico es el del divorcio: si alguien se divorcia, está renunciando a seguir luchando por su matrimonio y, por ende, ha fracasado en su relación. Renunciar a tus metas con frecuencia se ve como un fracaso: no tuviste la voluntad suficiente para tener éxito.
Hace algunas semanas, apareció en la revista The Atlantic un artículo de Annie Duke denominado “Why Quitting is Underrated” (Por qué el renunciar está subvaluado). En este artículo se describen algunas situaciones en las que, por evitar la renuncia, se puede incurrir en daños muy graves. Por ejemplo, relatan los casos de maratonistas que ha sufrido lesiones muy serias durante la carrera y que, por no renunciar a terminar la carrera, pudieron haber causado un daño irreversible a sus cuerpos. Otros ejemplos incluyen a empleados que soportan un empleo infame o clubes deportivos que alinean a jugadores que le costaron al club mucho dinero pero que no rinden lo que se esperaba de ellos.
Las razones detrás de estas prácticas pueden ser explicadas en parte por los avances en la Economía del Comportamiento. Permanecer en una relación tóxica o mantener a un empleado que no rinde puede ser producto de nuestra tendencia a mantener el status quo. Del mismo modo, está la llamada “falacia del costo hundido”. En situaciones en las que hemos invertido tiempo dinero o esfuerzo, resulta difícil renunciar a un proyecto o relación ya que pensamos que perderemos todo lo que hemos invertido.
El artículo concluye mencionando que nos da miedo renunciar porque así estaríamos admitiendo nuestro fracaso, que habremos desperdiciado nuestra energía. En lugar de pensar así, necesitamos empezar a pensar acerca del desperdicio futuro, más que en el desperdicio pasado.
Opuesto al concepto de renuncia está el de la perseverancia. Angela Duckworth escribió un libro denominado “Grit”, que en español pudiera traducirse como pasión y perseverancia. En los estudios realizados por Angela y su equipo encontraron que la característica más determinante del éxito en diversas actividades era precisamente ésta, el grit o la perseverancia y la pasión.
En el artículo mencionado previamente, Annie Duck nos dice que la perseverancia no siempre es una virtud. Así como perseverar nos empuja a lograr aquellas metas que valen la pena, nos pueden mantener en luchas que no son buenas y que pueden tener más costo que beneficio en el mediano o en el largo plazo. A veces nos topamos con gente que no cambia, con proyectos que no son rentables o con inversiones que más vale dejar.
Esto me lleva a la famosa Oración de la Serenidad que dice: Dios mío, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; dame fortaleza para cambiar las cosas que si puedo cambiar; y dame sabiduría para poder diferenciar unas de las otras.
Tal vez si actuamos con serenidad y reconocemos que no siempre podemos ganar o tener éxito en todos los proyectos, aprendamos de nuestros fracasos y aprovechemos mejor las oportunidades futuras.
Reconocer el fracaso es crecer con humildad. Es reconocer que somos seres humanos y como tales, no somos perfectos.
Y si somos humildes, aprenderemos más y sin duda, seremos más felices.
Si, felices como mi ahijada Ceci.
El autor es consultor y conferencista en los temas de felicidad, bienestar y calidad de vida.
Contacto: pepechuy13@gmail.com