Monterrey

Gabriela Monforte: Delincuentes juveniles ¿culpables o víctimas?

Un hogar disfuncional, donde gobiernan los golpes y el abuso de sustancias, provoca que haya una mayor tendencia a que estos menores repliquen dichas conductas.

En una nota, publicada el 10 marzo de este año en El Financiero, se señala que Mexico ha sido considerado como el país con el nivel más alto en violencia urbana en el mundo.

Aunque Monterrey y su zona conurbada no se encuentran entre los primeros sitios en la lista de las ciudades más delictivas de México, se ha vuelto cotidiano escuchar la ocurrencia de homicidios, feminicidios y toda clase de delitos que, desafortunadamente, ya no resultan sorprendentes. Ahora es normal actuar con morbo, averiguando las causas, como si esto fuera suficiente para justificar los actos violentos y crueles que suceden día con día.

Es alarmante que, aunque el incremento porcentual de la delincuencia fue del 8.4% en los dos primeros trimestres de 2022 en Nuevo León, la percepción de inseguridad solo incrementó un 1.2% en el mismo período, según la encuesta trimestral publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Lo anterior puede deberse, más que al hecho de pensar que las autoridades están controlando a la delincuencia, al efecto de la normalización de la violencia. Algunos autores señalan que la normalización de la violencia es un tema cultural y de crianza, que el hecho de aceptar y, peor aún, suponer que sucede como consecuencia de la desobediencia del agredido no es más que el replicar un modelo de conducta basado en relaciones de poder entre padres e hijos, a través de la fuerza.

Lo grave de ello no es como la persona se acostumbra a vivir con esto, sino el hecho de que la violencia y la delincuencia se vuelve un ejemplo para niños y niñas, tanto al interior del hogar como en el entorno social.

Un hogar disfuncional, donde gobiernan los golpes, los gritos y el abuso de sustancias, provoca que haya una mayor tendencia a que estos menores repliquen dichas conductas en el futuro. En Nuevo León, el delito que presentó la mayor cantidad de casos denunciados en los primeros dos trimestres de este año fue el de violencia intrafamiliar, con un promedio de 1,856 casos. No obstante, hay que considerar que uno de los efectos de la normalización de la violencia es el hecho de minimizarla a tal grado que el mismo agredido asume la responsabilidad del hecho, razón por la cual difícilmente será denunciado.

Pero el fenómeno de violencia juvenil no solo se origina en los hogares. Un entorno social carente de oportunidades, con un alto nivel de pobreza y marginación, como lo vive el 43.9% de la población mexicana, provoca que adultos, jóvenes y niños vean a la delincuencia como la única oportunidad de generar un ingreso para salir adelante o de obtener reconocimiento, respeto y protección de los grupos delictivos, accediendo a un aparente crecimiento que termina en el encarcelamiento o en la misma muerte.

De acuerdo con diversos estudios, ser joven en México representa ser vulnerable económica, social, política y laboralmente; representa vivir con un riesgo y probabilidad de convertirse en víctimas o aliados de la delincuencia, la violencia, el alcohol, las drogas y los abusos.

La reflexión anterior cobra más sentido cuando en el núcleo familiar la violencia está presente y cuando se carece de oportunidades para construir un desarrollo personal y laboral. La pandemia de Covid-19 desencadenó un incremento de la violencia, el abuso y la criminalidad por el desempleo y la deserción escolar, lo que ha interrumpido la estabilidad y la seguridad de la población, hasta el día de hoy.

Otro aspecto igualmente preocupante es que el reclutamiento de niños y adolescentes, por grupos delictivos como pandillas y crimen organizado, es una práctica que se ha vuelto cada vez más común, llevándose a cabo generalmente en escuelas o en zonas marginadas, con una alta tasa de infantes reclutados, donde por su edad y vulnerabilidad económica y social, son un blanco fácil para estas organizaciones.

Si bien, existe el interés de las autoridades en disminuir la incidencia de niños y adolescentes en el camino de la violencia, también es responsabilidad de la sociedad civil participar, conocer y entender el fenómeno, sus causas, sus efectos y su origen.

El hecho de disponer de información fidedigna que ayude a entender que los jóvenes delincuentes son víctimas de una dinámica social carente de oportunidades, nos permitirá realizar acciones que resuelvan las causas y no solo los efectos.

Artículo escrito en coautoría con Andrea M. Fernández y Andrés Ramos, estudiantes de licenciatura de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, donde Gabriela Monforte es Profesora de Tiempo Completo.

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