Se habló sobre la urna electrónica que es un dispositivo que hace el cálculo de las votaciones desde las diferentes perspectivas considerando el voto de representación que suman los partidos políticos en coalición, utilizando al mismo candidato. El siguiente artículo fue sobre la votación a distancia, la implementada para el voto en el extranjero, la cual requiere de la presencialidad de la ciudadanía para hacerse con el derecho de votar.
Ahora se plantea la posibilidad de votar sin tener que asistir a una casilla, esa que puede darse como si se tratara de una transferencia electrónica a través de una aplicación y no requiere de la vista al banco ni al cajero. Por supuesto es necesario el proceso de identificación y de eventuales autenticaciones -anglicismo horrible, pero preciso-.
Esta forma de votación sería la más cómoda para la ciudadanía. Lo que hasta ahora se propuesto en México no reduce los traslados ni la talacha de los trámites a la persona que decide votar. Hasta hoy, las TICs se han utilizado para cumplir con la ley, con los procedimientos establecidos y para agilizar el trabajo que realizan las instituciones. Esto no tiene nada de malo, es en rigor la legalidad, pero falta a las instituciones públicas empatizar con la ciudadanía y generar condiciones que también faciliten los procesos a la ciudadanía.
Si a través de una aplicación se pueden hacer transferencias bancarias con saldos importantes, si se puede pedir un taxi o una comida de manera segura, ¿por qué no se puede votar de esta manera? De esta manera se garantizan condiciones para que las personas con acceso a Internet y a dispositivos digitales voten aun cuando se encuentren lejos de su casilla (residencia en el extranjero, viajes, hospitalizaciones o condiciones de movilidad reducida, por ejemplo).
Es cierto que no todo puede ser en línea y a distancia, la brecha digital es grave ya sea por la falta de conectividad, por el desconocimiento de las tecnologías o la desconfianza hacia estas. Aun así, es una opción potencialmente atractiva a ese segmento poblacional urbano, joven con marcada tendencia al abstencionismo.
Otra consideración es la ponderación del costo de las boletas físicas para emitir el voto, a estas alturas deben estar costando alrededor de $25 pesos cada una. No es imposible crear un registro de votación en donde la ciudadanía pueda elegir oportunamente de qué forma puede/quiere votar. Además del ahorro en boletas, el número de casillas se reduciría y se resolvería también el cálculo complejo del cómputo de votos.
Sí, es completamente diferente y sí requiere de creatividad, más que nada vocación de servicio, empatía con la ciudadanía y voluntad política… a ver si algo de esto aparece en las discusiones sobre la futura reforma electoral.
