El proceso de construcción de nuestro sistema democrático ha sido largo y costoso y en el han participado muchas mujeres y hombres de todos los partidos políticos y de todas la corrientes ideológicas.
La libertad, desde la lucha por la independencia de 1810; la justicia, desde las Leyes de Reforma; y la democracia, desde la revolución de 1910, están arraigadas en la cultura y la política mexicana. Desafortunadamente, quizás no seamos referente internacional en ninguna de las tres pero sin duda son principios con los que estamos comprometidos como individuos y como sociedad.
México pasó por un largo periodo de 70 años gobernado por un partido hegemónico y un sistema presidencialista caracterizado por la concentración del poder en el Ejecutivo y la ausencia de elecciones democráticas.
Lejos de extinguirse, durante ese periodo la aspiración, la convicción y la lucha pacífica por la democracia fueron creciendo. Particularmente, a partir de 1990, se lograron avances significativos al realizarse reformas para promover autoridades electorales autónomas e imparciales y procesos electorales libres, equitativos, confiables y transparentes.
Entre las principales destacan: la creación del IFE y del TRIFE (ahora Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación), en 1990; la autonomía del IFE en 1996; la creación del Instituto Nacional Electoral en 2014; la aprobación de candidaturas independientes en ese mismo año y; la Revocación de mandato, en 2021.
El fortalecimiento de la democracia permitió la alternancia en el poder: en el 2000 llegó el PAN a la presidencia de la República para ocuparla por dos periodos seguidos; en 2012 retornó el PRI y; en el 2018, triunfó Morena.
El proceso de construcción del sistema democrático mexicano se va perfeccionando y adecuando, como en la mayoría de las democracias del mundo, de acuerdo con la evolución de aspectos políticos, sociales, legales, culturales y hasta tecnológicos.
El fortalecimiento de este proceso requieren de la participación y compromiso de: una ciudadanía bien informada; de las y los integrantes de los tres Poderes de Gobierno, de las instituciones electorales y de los partidos políticos y; de los académicos, intelectuales y sociedad en general.
En este contexto, para Norberto Bobbio la democracia, implica valores como:
1) Tolerancia, que define como lo contrario al fanatismo que es la creencia ciega en la propia verdad;
2) No violencia, que significa que en un sistema democrático los ciudadanos pueden cambiar a sus gobernantes sin violencia. Solamente donde el disenso es libre de manifestarse el consenso es real y solamente donde el consenso es real, el sistema puede llamarse democrático y ;
3) Fraternidad, (afecto, confianza), que une a los seres humanos en un destino común.
La presencia de estos valores fortalece a la democracia; su ausencia, la debilita.
Al respecto, Juan Linz, en " La quiebra de las democracias” (1978), y Levitsky y Ziblatt, en “Cómo mueren las democracias” (2018), destacan que las democracias se ven amenazadas cuando el líder político:
1) Rechaza, mediante palabras o acciones, las leyes e instituciones democráticas;
2) Niega la legitimidad de sus oponentes;
3) Tolera o alienta la violencia y;
4) Ejerce represión al restringir, o intentar restringir, las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación.
Por su parte, Hannah Arendt señala en “Los orígenes del totalitarismo”, (1967):
El sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido si no el individuo para quien la distinción entre hechos y ficción y la distinción entre lo verdadero y lo falso han dejado de existir.
Pareciera que en nuestro País se están gestando las condiciones para poner en jaque a nuestro incipiente sistema democrático bajo la antigua premisa de que el fin justifica los medios; premisa bajo la cual se han cometido atropellos, crímenes y afrentas contra la sociedad en México y el mundo entero.
En este contexto, alertan los signos que nos perfilan hacia un sistema 2T, Totalitario Tropicalizado, que atenta contra la libertad, las leyes y la división de poderes y promueve la polarización, la descalificación, la política del resentimiento, las teorías conspiracionistas, la desinformación y la imposición ideológica a través del sistema educativo.
La amenaza a la democracia no es un tema ideológico entre la izquierda y la derecha o entre el comunismo y el neoliberalismo. En México hay muchas mentes brillantes, experimentadas y patriotas, de todas las corrientes ideológicas, que pueden proponer nuevas ideas, estrategias y acciones para erradicar los graves problemas que enfrentamos; solo es cuestión de escucharlas.
Tampoco es un tema de popularidad: Mao, Mussolini y Kim II Sung, por cierto Presidente Eterno de la República, fueron, en su momento, muy populares.
Es un tema de la lucha por preservar el poder para imponer una visión de Estado que amenaza el esfuerzo democrático de las últimas décadas. Es una visión que no contempla un México unido, ni la tolerancia ni la inclusión ni el disenso; es una visión totalitaria.
Pareciera que en un país como el nuestro que enfrenta problemas crónicos de pobreza, desigualdad, inseguridad pública, contaminación ambiental y grandes retos en materia educativa, de salud y desarrollo sostenible, la democracia no es un tema crucial.
Sí lo es. La historia nos ha enseñado que la democracia es un valor y aspiración permanente de las y los mexicanos que implica libertad, instituciones autónomas e imparciales y procesos electorales competitivos, equitativos, confiables y transparentes.
Por ella se ha luchado con armas o ideas; activa o pasivamente; desde dentro y desde fuera del sistema político; con la participación de los intelectuales, los empresarios, la sociedad civil y el pueblo sabio.
Porque la democracia, que es el gobierno de las leyes, significa para nosotros la esperanza de vivir en paz, en libertad y en plenitud para desarrollar todo nuestro potencial y cumplir la aspiración de heredar un México mejor a las futuras generaciones.