Quiero comenzar aclarando que la presente columna nada tiene que ver con las compras que ha realizado el gobierno federal con fines de proteger la soberanía nacional. Sin entrar en detalle, seguramente sabe a lo que me refiero. Más bien, el espacio de hoy quiero aprovecharlo para compartir una idea que ha venido rondando por mi cabeza desde hace unos meses. Espero poder ser claro en la explicación.
Todos hemos sido testigo de las presiones inflacionarias que por cierto ayer el dato de INEGI volvió a sorprender a analistas y personas en general, ya que, al cierre de la primera quincena de agosto del presente año, el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) se ubicó en 8.62 por ciento, siguiendo su tendencia al alza.
(Véase: https://public.flourish.studio/visualisation/10997167/)
Lo anterior ha traído como consecuencia que Banco de México (Banxico) haya ido incrementando la tasa de interés de referencia en 75 puntos base en cada una de sus dos últimas reuniones de política monetaria y el consenso de analistas pronostica otro incremento de 50 puntos base para el próximo 29 de septiembre.
En este contexto, me puse a analizar el crecimiento anual de saldos en tarjetas de crédito, según información del propio Banxico. Al cierre de junio de 2022, la variación anual nominal ha sido del 11 por ciento, aunque paradójicamente, la confianza del consumidor (variación anual) para los próximos 12 meses muestra una marcada tendencia a la baja.
(Véase: https://public.flourish.studio/visualisation/11003914/)
¿Acaso este hallazgo hace sentido? Me queda claro que cada uno tiene sus propias expectativas, pero cuando estas parecen ser nada halagadoras, se podría esperar que los consumidores fueran más cautelosos al momento de realizar compras y sobre todo considerando que el Costo Anual Total (CAT) de tarjetas de crédito puede ser superior al 100 por ciento. Precisamente de aquí se deriva el título de la columna de hoy.
Es importante subrayar que el crecimiento de saldos todavía no alcanza su máximo del pasado reciente, concretamente durante 2012, año que cerró con una inflación anual de 3.57 por ciento y para el cierre de 2022 se tiene una proyección entre 7.96 por ciento y 8.53 por ciento con el supuesto de que se alcance el punto máximo en septiembre y comience su punto de inflexión a la baja. ¡Ojalá y no haya que modificar las proyecciones más recientes!
Ante esta situación, me pregunto si a la larga podría generarse un incremento en las carteras vencidas de tarjetas de crédito. No obstante, quiero compartir que en ocasiones el porcentaje de cartera vencida [también conocido como índice de morosidad (IMOR)] en ocasiones puede estar beneficiado por un crecimiento acelerado y pueda distorsionar la realidad.
En esos casos es recomendable esperar a que dicha cartera madure de 6 a 12 meses para ver efectivamente el comportamiento y tener una visión más clara del índice de morosidad. Sin embargo, existe otro tipo de cálculo denominado pérdida esperada, que puede evitar este sesgo aritmético y que no es otra cosa que un método estadístico que sirve para proyectar la cartera vencida que se espera generalmente en los próximo 12 meses.
A continuación, un claro ejemplo. De acuerdo con el Boletín Estadístico de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) del cierre de junio 2022, el IMOR de tarjetas de crédito registró 2.55 por cien (JUN-21: 4.53%). Esta disminución puede ser explicada debido al crecimiento del saldo en dicho producto. No obstante, la perdida esperada se colocó en 10.26 por ciento (JUN-21: 10.59%). Si bien este último indicador también disminuyó, su variación fue marginal. Al respecto, se podría inferir que, por cada peso gastado en tarjeta de crédito, se esperaría que 10 centavos cayeran en cartera vencida.
Habiendo expuesto esta idea, sólo espero que en esta ocasión mi hipótesis sea incorrecta. ¡Ya veremos que nos depara el futuro previsible! De cualquier manera, me resulta complicado entender el incremento en el gasto de tarjetas de crédito cuando las expectativas de crecimiento económico y confianza del consumidor se han venido ajustando a la baja. Insisto, sólo espero que la pérdida del poder adquisitivo no trate de ser compensada a través del crédito.
El autor es economista por el Tecnológico de Monterrey (Campus Monterrey) con máster en finanzas y administración, ambos grados por EGADE. Actualmente es Director de Estudios Económicos y Relación con Inversionistas de Grupo Unicco, aunque las opiniones aquí plasmadas son a título personal