Con los cortes de agua no solamente en el área metropolitana de Monterrey, sino por ejemplo en California, donde seis millones de personas ya están experimentando racionamiento, debiéramos entender que el cambio climático no es una remota posibilidad. Ya nos alcanzó, y se puede poner bastante peor. Seguimos actuando con mentalidad de hace treinta o cuarenta años. Seguimos haciendo traslados innecesarios: El Consejo Internacional de Transporte Limpio (ICCT, por sus siglas en inglés), indica que 25 por ciento de los gases de efecto invernadero antropogénicos vienen del sector transporte.
Seguimos ilusamente creyendo que la solución son los autos eléctricos: Ya estamos pensando en si compraremos un Tesla, un Rivian, o ya “de perdida” un Zacua. Creemos en publicidad engañosa como “0 emisiones”, sin especificar que eso debe ser “0 emisiones de escape”, sin considerar la manufactura, ni como se generó la energía eléctrica. Un reporte del ICCT muestra que los vehículos eléctricos tienen menores emisiones de ciclo de vida (una medida más completa) que los de combustión interna, pero sí tienen. La reducción puede variar. Así, puede ser hasta 69 por ciento en Europa, o solo 19 por ciento en China.
En 1980, Nuevo León tenía 265,806 vehículos motorizados, de acuerdo con el INEGI. Esa cifra era de 2,476,062 en el 2020, o sea, el parque vehicular se multiplicó por más de nueve, un incremento de más de 830 por ciento. La población pasó en ese lapso de 2,513,044 a 5,784,442 habitantes, un crecimiento de “apenas” 130 por ciento. En 1980 teníamos un vehículo por cada 9.45 habitantes; en el 2020, esa cifra llegó a 2.34. Aunque lográramos el 69 por ciento de reducción que se da en Europa, tendríamos casi el triple de emisiones de ciclo que vida que, en 1980, en el mejor de los casos. Aun así estaríamos contaminando bastante más per cápita. Desafortunadamente, esto es un reflejo de la mala calidad del transporte colectivo; tan mala, que la población opta por hacerse de un automóvil: En 2020 hay 143 automóviles por cada transporte colectivo, mientras que en 1980 eran 72.
A lo anterior hay que sumar que las redes eléctricas todavía no están listas para aprovisionar a los autos eléctricos. Con información de Reuters, vemos que la capacidad de generación de energía eléctrica en Estados Unidos en el 2022 es 1,139 GW, y se estima que necesita ser más del doble para el 2050, con todavía 34% de vehículos a combustión interna. El Washington Post lo resume diciendo que “Los autos eléctricos son el futuro. La red no está lista”.
Aunque la red fuera suficiente, todavía no es limpia, y está lejos de serlo. Según la propia U.S. Energy Information Administration, en Estados Unidos, algo poco más de la quinta parte de la energía generada viene de fuentes renovables. Si hemos de creer en las cifras oficiales, el monto correspondiente en México es poco más que la cuarta parte (25.5 por ciento).
Más vehículos no es una solución tampoco porque requieren calles, y sean de asfalto o de cemento, implican problemas adicionales: El asfalto genera PM2.5, uno de los contaminantes más peligrosos, especialmente en lugares con alta radiación solar y altas temperaturas. El cemento es la tercera fuente de contaminación industrial a nivel mundial.
Como mejores soluciones debemos considerar por lo menos 1) reducir drásticamente los traslados. Ya aprendimos que muchas actividades se pueden hacer con base en tecnología, y quizá hasta mejor, y más eficientemente. No seamos tan irresponsables como para privilegiar caprichos o paradigmas ya superados. Y 2) impulsar el transporte colectivo, ampliando rutas, y mejorando la calidad, entendida como confiabilidad en todos sentidos, no nada más en camiones de modelo reciente, por ejemplo, como lo entienden quienes jamás han puesto pie en transporte colectivo (por lo menos terrestre).
Aun suponiendo que el cambio climático no es antropogénico, el tráfico es detestable. El sitio tomtom indica que en el 2019, se perdieron más de ocho días completos (194 horas) en el tráfico de horas pico, en la ciudad de México. Hay costos en productividad y salud, tanto mental como física, que nuestras autoridades prefieren ignorar.
Sigamos pensando en nuestro Tesla, a ver con qué agua lo lavamos, a ver qué tan rápido acelera en los embotellamientos, y a ver si hay energía para cargarlo.
Homero Zambrano es profesor del Departamento Académico de Contabilidad y Finanzas del Tecnológico de Monterrey. Su correo es: hzambranom@tec.mx