Una de las características fundamentales del mundo actual son los cambios disruptivos en la ciencia, las tecnologías de la información y comunicación, la educación, el comercio, el mercado laboral y la política, entre muchas áreas más.
La llamada cuarta revolución industrial, iniciada a principios de este siglo, fue definida hace años por el economista Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, como “una revolución tecnológica que modificará la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos... su impacto afectará el mercado del empleo, la desigualdad, la geopolítica y los marcos éticos”.
En este sentido, la llamada revolución industrial 4.0 se caracteriza por cambios tecnológicos exponenciales, transformación digital, el internet de las cosas, la inteligencia artificial, la realidad virtual y el Big Data, entre otros aspectos.
Sin embargo, ante los cambios disruptivos y exponenciales, los principios y leyes básicas científicas siguen siendo válidas, como por las leyes de gravedad y del movimiento de Newton (1687); y la teoría de la relatividad de Einstein (1905).
En la ciencia económica sucede lo mismo, por ejemplo, con la ley de la oferta y la demanda y los rendimientos decrecientes.
Lo mismo en la política en la que vemos derrocamiento de algunas ideologías y resurgimiento, o reciclamiento, de otras. Una nueva geopolítica, una participación más equitativa de la mujer e innovadoras herramientas y estrategias que impactan en los sistemas políticos. Han surgido también nuevos estilos de liderazgo entre los que predominan el populismo y el carisma.
Sin embargo, también en la teoría política, y en la praxis, hay leyes inmutables. Al respecto me permito compartir algunos ejemplos, conocidos por muchos, de principios, axiomas, máximas o preceptos que siguen siendo ciertos y merecedores de tenerlos presentes, tanto para quienes buscamos entender, como para quienes son, o pretenden ser, protagonistas en la política.
Sun Tzu, en el siglo V a.C., en: “El arte de la guerra”, estableció que: Todo el arte de la guerra está basado en el engaño. Si el general del ejército enemigo es obstinado y propenso a la cólera, insúltale y haz que se enfurezca, de manera que no vea claro y se lance atolondradamente sobre ti.
Asimismo, señaló la importancia de las, ahora populares, alianzas políticas: No permitas que tue enemigos se unan. Examina la cuestión de sus alizanzas y provoca su ruptura y dislocación. Si un enemigo tiene aliados el problema es grave.
Por su parte, Epicteto, en el siglo I de nuestra, era nos alertó sobre solo pelear las batallas que podemos ganar: Puedes ser invencible si nunca emprendes combate de cuyo resultado no estés seguro y solo cuando sepas que está en tu mano la victoria.
También nos previene sobre los riesgos de la incontinencia verbal: Guarda silencio cuanto te fuere posible. Nunca digas sino lo absolutamente necesario y, en ello, emplea las menos palabras que pudieres.
Por su parte el emperador Marco Aurelio, siglo II, considerado como ejemplo de congruencia entre la acción y el pensamiento y quien continuamente hacia un alto en sus tareas para evaluar sus progresos en la virtud, consideraba alto el riesgo de empecinarse en un error : Si alguien pudiera convencerme y hacerme patente que yo no pienso con rectitud, con gusto cambiaría de “dictamen y de conducta”, porque yo busco la verdad… siendo así que quien se obstina en su error e ignorancia queda malamente burlado.
Fortalece esta última idea el padre Baltasar Gracián, siglo XVII, en: “El arte de la prudencia”, quien nos comparte, entre muchas otras, esta perla de sabiduría. No te hagas odiar, no provoques la aversión. Los hombres respetan a los juiciosos, aborrecen a los vulgares, detestan a los presumidos abominan a los burlistas, pero dejan en paz a los excepcionales.
Por su parte, Julio Mazarino en: “Breviario de los políticos”, siglo XV, establece cinco principios básicos : Simula; disimula; no confíes en nadie; habla bien de todo el mundo y ; prevé los resultados antes de actuar o hablar.
Asimismo apunta que: El signo de la maldad de un hombre es que se contradice facilmente. No tengas confianza en un hombre que promete facilmente: es un embustero o un bribón.
Comparte con Epicteto, el valor del silencio y del arte de saber escuchar: Permanece silencioso la mayor parte del tiempo, escucha los consejos de otro y medítalos largamente.
Mazarino también señaló, hace más de 600 años, la cruda realidad de que en política los amigos son de mentiras y los enemigos de verdad: Ten la seguridad de que todas las muestras de odio que te manifiesten son auténticas, porque en el odio, a diferencia del amor, no se conoce la hipocresía.
En esta obra, encontramos su pensamiento sobre la trascendencia de la discreción y la sencillez: Cuando te hablan bien de ti, ten la seguridad de que se están burlando; deja a los demás la gloria y la fama; tú busca la realidad del poder.
En este sentido, Stefan Zweig (siglo XX), quien consideró a José Fouché (siglo XVIII): “uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos”. En su libro “Fouché : el genio tenebroso”, señala que: “el verdadero secreto de la fuerza de Fouché fue que deseando todo el poder, se conformaba con la conciencia de su posición; no necesitaba de glamour o investidura, tenía un amor propio desmesurado pero no ansias de gloria, era ambicioso sin vanidad. Cedía gustoso el brillo y la dicha dudosa de la popularidad. A él le bastaba con tener influencia, con mandar sobre quien tenía la apariencia de mando y así, sin exponerse, hacer el juego de la política”.
En esta modesta y breve recopilación no podía faltar un clásico, el muy citado y poco leído, Nicolas Maquiavelo, quien en “El Princípe”, siglo XV, nos ofrece una gran riqueza de principios para el quehacer político. Por ejemplo:
Lo peor que el príncipe tiene que temer de un pueblo que no le ama es el ser abandonado por él; pero si le son contrarios los grandes, debe temer no solamente verse abandonado por ellos, si no también atacado y destruído por ellos.
El príncipe , para conservar su Estado, muchas veces se ve obligado a actuar contra su propia palabra… debe tener los sentidos preparados para virar según lo ordenen los vientos de la fortuna y las variaciones de las cosas.
Sobre este tema, faltar a la palabra podemos agregar la frase del político francés (siglo XX) Edgar Faure: No es la veleta que gira sino el viento que cambia de dirección.
En relación con la traición a la palabra empeñada, Denis Jeambar e Yves Roucaute, señalan en: “Elogio de la traición” (siglo XX). En el baile del poder, el traidor encabeza la danza. La calidad de su paso revela la de su espíritu. Traicionar es la exquisita cortesía del político. Porque en política, para el hombre que elige el camino de la libertad, el pragmatismo es la única religión, y la traición, la única perspectiva.
Finalmente, Max Weber, en El político y el científico, siglo XX, destaca que: son tres las cualidades decisivas de una personalidad política : pasión (a una causa, no una excitación estéril); sentido de la responsabilidad y mesura. Para Weber: La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma y el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo demasiado humano, la vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura.
Estos son solo algunos ejemplos seleccionados subjetiva, y rápidamente, entre muchos más. Sin duda los lectores y los estudiosos de la materia podrían ampliarlos en una magnitud enciclopédica.
Solo pretendemos ilustrar otro precepto que señalaba un gran maestro universitario, “por más que avancemos y profundicemos en el conocimiento y en la práctica, siempre debemos regresar a lo básico, revisarlo y de ahí partir.”
El autor es economista, demógrafo y politólogo. Profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León.