En estos meses invité a unas personas a hablar de la cultura empresarial de su empresa. Mientras explicaban en que consistía su cultura y los valores que la definían, la expositora comentó como estaban teniendo en este momento un debate. Un debate del valor de la felicidad. O más bien, acerca de si ese debía ser uno de sus valores o por el contrario debía serlo el del bienestar.
En un principio, puede parecer un debate absurdo, casi una discusión bizantina, que no lleve a ninguna parte. Sin embargo, tiene más hondo calado del que parece. En el libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, los autores Eva Illouz y Edgar Cabanas, hablan de cómo se ha ido infiltrando en todos los ámbitos de la vida el imperativo de la felicidad. Una felicidad entendida como la alegría continuada, fruto de la auto-superación, el optimismo y la constancia. Una felicidad que depende 100% de uno mismo y qué si no se consigue es porque no se quiere. Incluso, una felicidad que contribuye al éxito profesional y personal, dónde según algunos teóricos de la psicología positiva, el “ser felices” es lo que lleva el éxito. De tal manera se ha extendió el discurso de la felicidad, que se nos niega el derecho a tener un mal día o no estar alegres en un determinado momento, lo que hace que incluso tengamos que dejar de sentir o experimentar emociones que no conduzcan a la “felicidad”. Siendo incluso un filtro inconsciente a la hora de contratar, dónde se puede llegar a valer más la actitud positiva, resistente a todo mal, que la cualificación profesional o experiencia. Es tal el auge que la psicología positiva y la felicidad tienen en el ámbito laboral que algunas empresas han creado puestos específicos para promoverla en la organización, a través de los Chief Happiness Officer (CHO).
Sin embargo, ¿es tan feliz todo como parece? Empiezan a surgir estudios y voces que cuestionan la cientificidad de la psicología positiva y de su propuesta de felicidad auto-elegida. Unas críticas que coinciden con una nueva tendencia en el ámbito del capital humano, como es la preocupación por el bienestar. Un bienestar, que a raíz de la pandemia de la covid-19 declarada en 2020, ha tomado mayor relevancia. Los cambios laborales derivados de ella, los impactos psicológicos que ha provocado, de los que no veremos sus efectos hasta tiempo después, han puesto sobre la mesa la preocupación por las personas que participan de nuestras organizaciones, empezando por los aspectos físicos y emocionales, hasta el desarrollo de distintos modelos de bienestar.
El bienestar es una corresponsabilidad entre la organización y las personas que la conforman, tanto a nivel individual, como colectivo. La Universidad de Monterrey, por ejemplo, lo entiende como “un estado de satisfacción y plenitud que se alcanza mediante el desarrollo armónico del ser humano” [1]. Un desarrollo que además de ser una elección personal es también una corresponsabilidad organizacional, que se concreta en la creación de contextos y culturas organizacionales saludables que abonen a ese bienestar. Un bienestar que se expresa en la dimensión emocional, física, económica, social, espiritual e intelectual, entre otras. Y que no niega la parte dura de la vida, ya que no aspira a cubrir todo con un manto de positividad, si no más bien a integrar lo bueno y lo malo, las luces y las sombras de la vida, en el desarrollo pleno del ser humano.
Así que quizá, en vez de desearnos feliz Navidad, tenemos que desearnos una Navidad en plenitud.
El autor es catedrático de la Escuela de Negocios de la UDEM, es Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad de Deusto en San Sebastián, España y cuenta con certificaciones como coach ejecutivo y de valores.
[1] https://www.udem.edu.mx/es/institucional/modelo-de-bienestar-udem