Es común escuchar a la gente decir que es el tiempo de los jóvenes. Lo escuchamos en clases, en conferencias, en libros. Lo escuchamos de nuestros padres, de nuestros maestros, de nuestros jefes. Todo el mundo dice que es tiempo de que alcemos la voz, de que tomemos decisiones, de que podamos participar, sobre todo, en la vida política y económica de nuestro país.
Sin embargo, cuando revisamos quiénes nos gobiernan y quiénes dirigen las principales empresas, nos damos cuenta de que los espacios para los jóvenes están bastante reducidos.
Es por eso que cuando un joven tiene la oportunidad de participar en espacios de alto nivel, tiene una doble exigencia por hacerlo bien, debido al prejuicio de la inexperiencia y la inmadurez.
Hoy Nuevo León está en un laboratorio: en el laboratorio de jóvenes tomando decisiones por millones de ciudadanos. Tenemos en Samuel García (33) al gobernador más joven de la historia de Nuevo León, haciendo equipo con su esposa Mariana Rodríguez (26). En Monterrey, Luis Donaldo Colosio (36) encabeza un gobierno integrado por hombres y mujeres jóvenes en posiciones clave.
Además de los liderazgos jóvenes emanados de Movimiento Ciudadano, los principales partidos también tienen a sus representantes. El PRI, por ejemplo, tiene a Lorena de la Garza (34) como diputada local y a David de la Peña (32) como alcalde de Santiago. El PAN llevó a Eduardo Leal (29) al congreso local y a Patricio Lozano (23) a la presidencia municipal de Pesquería, por cierto, el alcalde más joven del país. Morena, por su parte, es representado por Anylú Bendición (28) como diputada local y por Mauricio Cantú (33) en el plano federal desde la Cámara de Diputados.
Nuevo León, más allá de partidos políticos e ideologías, tiene a un grupo de jóvenes definiendo el rumbo de nuestro estado, y en algunos casos, del país.
La pregunta es, ¿verdaderamente va a cambiar la forma de hacer política? O tendremos a políticos con apariencia de jóvenes pero que mantienen las mismas prácticas cuestionadas por la sociedad. La política de la corrupción y de la opacidad. La política que se hace detrás de los escritorios, muy lejos de la realidad de la gente.
Porque ¿qué diferencia hay entre los jóvenes políticos dinosaurios y los viejos políticos dinosaurios? Solamente la edad. Piensen en muchos de los jóvenes que forman parte de las juventudes de los partidos. Así que ¿para qué llegar si nada va a cambiar? ¿para qué buscar el poder si se hará lo mismo?
Necesitamos que nuestros representantes jóvenes sean diferentes: en lo que leen, en cómo hablan, en lo que proponen, en las causas que defienden.
Necesitamos a jóvenes que hablen sobre los verdaderos problemas de la gente: sobre lo que significa ser niño en un contexto de violencia, sobre la falta de espacios para estudiar, sobre lo que representa conseguir un trabajo digno en estos momentos. Hablar de todo aquello que verdaderamente impacta la calidad de vida de la gente. Hacerlo de frente, sin medias tintas.
Y esto requiere de mucho atrevimiento. De no tenerle miedo a cambiar las estructuras de la política tradicional para no convertirse en uno más de los que “tenían buenas intenciones, pero no pudieron con el sistema”.
Esta nueva forma de hacer política necesita de mucha humildad y diálogo. De hacer a un lado el ego que te otorga el poder y llevar la política al lenguaje de la gente. A antes de proponer, escuchar y entender, para que a partir de las necesidades ciudadanas se tomen las mejores decisiones.
Yo no creo que la gente odie la política. Creo que la gente odia la frivolidad, la corrupción y la impunidad. Está en las manos de nuestros jóvenes que regrese la esperanza en la política, y de esta manera, construir una sociedad de progreso y resultados.
La hoja está en blanco, que cada quien escriba su propia historia.
El autor es Maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por The George Washington University. Profesor universitario en el Tecnológico de Monterrey y socio de Poligrama.