Un día en el campo, más de cuatro horas de convivencia amena entre ocho adultos sin que alguien tocara temas de política. La tensión llegó en cuanto alguien recordó las elecciones: Yo creo que voy a votar por… ¡Cómo crees!… Es un ratero, conozco a su familia… No, no estoy de acuerdo... Está aliado con el narco... A ver, ¿por qué (no)fue al debate?
Así se siguieron las respuestas, la del profeta, el mesías y el predicador. No pararon hasta que por fin ese alguien replanteó: ¿Entonces por quién voto? Y conforme aparecían nombres llovían las descalificaciones, la información privada de primera mano. No se llegó a un consenso, ni siquiera compartimos información útil para razonar el voto. Se agotó la plática y la convivencia amable porque a cada tema se anteponían la propia opinión, ya no sólo del voto sino del gobierno, de transparencia, de la auditoria, de la seguridad o de la pandemia.
Así nadie aguanta mucho hablando de política. Acabé fastidiada y con dolor de cabeza un día que pintaba espléndido. Todo el fin de semana lo pasé reflexionando, siempre hablamos de política, estudio la Política, hacen y leen política y ese día, primero lo evitamos y luego lo reventamos. ¿Qué fue diferente en este grupo que suele deliberar sobre política?
Tal vez la incertidumbre del regreso a clases, de los jóvenes enfermándose de COVID, las dudas sobre vacacionar o no, los riesgos del escarnio entre grupos sociales, élites y facciones partidistas o gobernando y la debilidad de muchas instituciones. Factores externos, extremos que seguramente agravaron la dinámica.
Las respuestas desacreditaban, los comentarios incrementaban las dudas, las afirmaciones eran genéricas no daban lugar al diálogo, el todo y la nada gobernaron los argumentos y muchos fueron dichos de lo privado. La maestra de prepa de X me dijo muy en confianza, el compadre que es vecino del abuelo de Y lo vio en su calle, una amiga de un científico lo contó, salió el Facebook, lo vi en Twitter, le hicieron hasta Tiktok.
No se deliberó, se peleó y se repeló sobre asuntos políticos. Más que propuestas se exigían certezas para elegir lo menos peor, la necesidad de encontrar algo a qué aferrarse en esta guerra de desacreditaciones mutuas en cualquier foro público. Pocos los conocen y si sí, no creen en los planes de gobierno después de casi 50 días de campañas, los mensajes se han adaptado a cada situación hasta hacer inoperantes los planes. Todos los candidatos/candidatas niegan sus orígenes políticos como si hubieran nacido ayer a la política, esconden sus alianzas por ser del viejo régimen como si negarlo implicara que algo nuevo y bueno está por llegar.
¿Qué pasa? ¿Cabe la deliberación en medio de una larga pandemia arropada de polarización? Y si no cabe, habrá que hacerle espacio porque el hartazgo nada resuelve y en dos semanas habrá que hacer una elección.