Monterrey

Jorge O. Moreno: ¿Por qué me vacuné? Una reflexión ex post

¿Por qué decidí voluntariamente acepar que inyectaran a mi organismo el contenido de esa jeringa?.

Si. Decidí vacunarme. Lo hice porque era mi derecho como mexicano, y porque a comparación de muchos otros compatriotas que la requieren y no tienen o tendrán esa oportunidad en el corto plazo, se me brindó esa opción como profesor universitario en el estado donde resido: Nuevo León.

Sin embargo, una duda surgió una vez que pasado el nerviosismo de la desmañanada, las muy largas filas, y los múltiples filtros de seguridad (al menos 5) entre el primer contacto en la fila y la silla donde me aplicaron la dosis. La realidad cayó cual cubeta de agua fría cuando la enfermera puso la jeringa vacía frente a mi y me dijo: “listo, como puede ver no hay nada, ya está vacunado”. En ese momento, rodeado de miles de personas, de manera instintiva me pregunté: ¿por qué me vacuné? ¿Por qué decidí voluntariamente acepar que inyectaran a mi organismo el contenido de esa jeringa?

Mientras caminaba con el brazo descubierto y cuidando el algodón que protegía el lugar de la inyección, en esos 15 minutos esperando una reacción adversa, surgió la idea de esta columna.

En un mundo polarizado, donde la realidad debe verse en opuestos en los cuales “debemos elegir una posición”, en la mente divisoria extrema la administración de una vacuna podría ser obligatoria (so-pena de cárcel) por un gobierno todopoderoso que no admite oposición o disidencia; en el extremo opuesto, la alternativa de administración de la vacuna sería que cada persona decidiera la marca y patente de vacuna que mejor convenga a su perfil de riesgo, en su farmacia de preferencia, para aplicársela en su centro médico de conveniencia o en la comodidad del hogar, como si se tratara de su bebida gaseosa favorita.

Sin embargo, como lo hemos descrito en otras ocasiones en este mismo espacio: la realidad frente a nosotros no es ninguna de las anteriores.

Pensé: ¿A caso conozco la a empresa que desarrolló la vacuna, Cansino? ¿Conozco la ubicación de su planta productiva? ¿Sé cuáles fueron los estándares de producción y calidad de la misma? ¿Los mecanismos de distribución? ¿Los canales de traslado a importación puerto a puerto? ¿Y los de almacenamiento y refrigeración hasta el lugar donde me administraron? ¿Confío en que el gobierno federal haya adquirido la mejor calidad de vacuna posible?¿Era esa la mejor opción de vacuna para mi perfil de riesgo? ¿Cuál fue el precio al que se compró esa vacuna?

Al desconocer tanta información, un tema era lo único seguro: yo sí tenía una opción, vacunarme o no. Y la decisión ya estaba tomada.

Mientras me hacia esas preguntas, mi organismo comenzaba a asimilar información genética nueva de manera irreversible. No sabía nada de lo anterior, pero aún así, sentado esperando, veía a mi alrededor a miles de profesores, cientos de personas asociadas a personal médico entre enfermeras y doctores, otra centena de personal administrativo que nos guiaban en cada proceso de la aplicación, y otras decenas vinculadas a personal militar, impecablemente uniformados y trabajando sin cesar: todos haciendo su labor, vacunando y dejándose vacunar.

Me pregunté: ¿qué mecanismo social hizo que todas esas voluntades se conjuntaran hoy, aquí, para cooperar, sin conocer nadie con seguridad la respuesta a todas mis preguntas anteriores?

Más allá del deseo de regresar a una normalidad que jamás recuperaremos, al margen de la información incompleta e imperfecta sobre la vacuna, pienso que la verdadera fuerza que nos hizo tomar la opción de vacunarnos a quienes decidimos hacerlo, fue el amor a nuestros semejantes, y el deseo de no ser un factor de riesgo para ellos, con un fuerte componente de esperanza y amor a uno mismo.

El altruismo es una fuerza económica muy poderosa, capaz de crear “demandas” con pendientes positivas o “costos de producción” que hacen socialmente rentable grandes proyectos que de otra manera serían impensables.

Cuando el altruismo de cada uno de nosotros se combina con la solidaridad y la responsabilidad colectiva, grandes hazañas son alcanzables; más allá del caos, surge un orden espontáneo que no dejaría de sorprender a los estudiosos de la sociedad, pero que otros como Adam Smith intuían como la capacidad de empatía, cualidad que desafortunadamente muchos de nuestros políticos carecen.

En conclusión, mi elección de vacunarme fue personal y racional, no porque confíe ciegamente en el gobierno que nos dirige o en la empresa que produjo la vacuna, sino porque pienso y estoy convencido que los pequeños actos de cada uno de nosotros, cuando se suman de forma colectiva, hacen la diferencia y nos acercan al ideal de sociedad a la que aspiramos.

Doctor en Economía por la Universidad de Chicago. Autor de diversos libros y artículos académicos. Ha recibido múltiples reconocimientos nacionales e internacionales. Actualmente es Profesor-Investigador de la Facultad de Economía UANL.

COLUMNAS ANTERIORES

José Luis Elizondo Cantú: Papá no es un patito de hule, feliz día del padre
Baja Moody’s a calificaciones de Nuevo León

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.