Mientras que la estrategia de negocios establece el qué; la cultura empresarial, determina el cómo. La cultura define la forma de ser y hacer de nuestro negocio; es ese intangible que precisa lo que es aceptable y lo que no; los comportamientos y actitudes que se incentivan y los que se castigan.
La cultura empresarial puede ser un reflejo de los valores que se pregonan de viva voz y en la página web, o un claro ejemplo de una gran hipocresía de marketing. ¿Cómo lo sabemos? Evaluando la coherencia entre lo que dicen y hacen los dueños del negocio. Al final, la cultura se cristaliza en actitudes, mentalidades y comportamientos.
De hecho, tan es así, que son esencialmente los líderes de empresa quienes, con su ejemplo, crean, moldean y transmiten una cultura empresarial sana o tóxica. Lamentablemente, a veces, ni se dan cuenta. Y es que, están tan preocupados por construir una empresa competitiva y de alto rendimiento, que no se interesan en forjar la cultura—la dejan “suelta”—, o en el mejor de los casos, se la delegan al departamento de recursos humanos, donde pasa a ser la última prioridad. “Yo no pierdo tiempo en temas emocionales, hay que hacer dinero”.
Irónicamente, son estos mismos líderes los que a título individual o en petit comité, se involucran considerablemente en desarrollar planes estratégicos “perfectos”. No obstante, al no entender cómo funciona la cultura—y el poder que ésta tiene—, su estrategia tiende a no ser implementada. La “nueva estrategia” se anuncia con bombo y platillo, se invierte dinero, se dan capacitaciones y crean grupos de trabajo, pero al final “no pasa nada”—o pasa muy poco (todos están muy ocupados para el seguimiento). En efecto, de nada sirve la estrategia, si la inercia de cómo se hacen las cosas, la aplasta o la vuelve “conformista”.
Que quede claro, la cultura empresarial y el liderazgo están conectados. De hecho, la cultura que una empresa posee, tiende a ser el reflejo de las acciones, comportamientos, diálogos y órdenes de sus líderes. Todo lo que hacemos y decimos (o no); así como el cómo lo hacemos y decimos, impacta—i.e. historias, anécdotas, mitos, radio-pasillo, etc.
Administrar la construcción de una cultura empresarial positiva; que impulse un sentido de logro y conexión, actúe como “pegamento emocional” (pertenencia e integración) e impacte el rendimiento y bienestar de la gente, empieza por darnos cuenta de cómo nosotros, influimos en ella. ¡Los dueños lideran con el ejemplo!
La cultura es un intangible que está implícito—se transmite, comparte y permea. Nuestro comportamiento, ideas preconcebidas, expectativas y reglas no escritas la robustecen. La propensión a confiar (o a desconfiar), el espíritu de equipo (o la individualidad), la orientación de largo plazo (o la falta de ella) y el uso (o abuso) de poder se aprenden en base a las interacciones. Por ello, la coherencia es básica—es un indicio de estabilidad y trascendencia.
En pocas palabras: La cultura empresarial es un elemento clave para analizar y evaluar la salud y el potencial futuro de un negocio. Y es que, ante los desafíos, la cultura aplasta a la estrategia. Por eso, cada cierto tiempo, es útil reflexionar acerca de ella, definir cómo es y si es prudente (o no) mantenerla…
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La autora es Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Petrolero y de Retail.