Opinión

Vivir peligrosamente


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Meade

Con los recientes movimientos, en particular la designación del doctor Meade como su candidato a la presidencia de la República, la cúpula priista bajo el mando absoluto del presidente Peña Nieto despliega sus propias expectativas y limitaciones sin dejar de tocar las de la angustiada ciudadanía que no milita en ningún lado.

Tanto la espera priista como del resto del país, serán articuladas por el riesgoso desiderátum que el presidente Peña ha hecho su divisa imperturbable: ganar al costo que sea la disputa por la presidencia y, de esa manera, zanjar de una vez por todas la añeja disputa por el rumbo de la nación.

El presidente, contra lo que esperaban de él sus simpatizantes más conscientes y preocupados por el estado que guardaba el país al inicio de su mandato, optó sin explicación alguna por mantener al Estado y al país en la ruta abierta a fines del siglo XX por el cambio estructural globalizador.

Profundizó el curso de absoluta dependencia económica respecto de un mercado cada día más abierto y alejado de las necesidades esenciales, cuya insatisfacción ha llegado en estos años a magnitudes inauditas.

Así, México se adentra en la etapa sucesoria sin mecanismos adecuados que pudiesen aliviar tanta carencia, ahora agravadas por los impactos mayores de la inseguridad y la violencia desatadas y, desde luego, los derrumbes de los terribles sismos de septiembre.

Atrás queda ya, en el imaginario nacional y en el priista, la convocatoria y el compromiso a hacer de la reconstrucción una gesta transformadora de proyectos, inercias y rutinas. Frente a todos, el gobierno buscará más bien transmutarse en máquina implacable de imposición de voluntades, nunca transparentes, pero claramente articuladas por la referida decisión de dominar al costo que sea, como si en efecto la emergencia que vivimos reclamara una suerte de estado de excepción no proclamado y mucho menos discutido y aprobado en el Congreso de la Unión.

Las cuentas que la administración entrega de la economía, llamarla conducción es un exceso, no son buenas y eso lo saben bien sus artífices. El doctor Carstens se va a las nieves sin dejar a buen resguardo los famosos 'fundamentales' resumidos en la absurda consigna del 'déficit cero'. Por su parte, el ahora abanderado del otrora partido 'casi único', nos deja un presupuesto encogido al máximo, con una inversión pública reducida a su mínima expresión y unos recortes injustificados e injustificables en áreas, esas sí que fundamentales.

Ahí están la educación superior y la investigación científica, los servicios de salud y hasta la reconstrucción de la infraestructura educativa, dañada de antaño por el descuido sistemático y los despropósitos gremiales y ahora con decenas de miles de aulas e instalaciones en estado de auténtico desastre.

La desigualdad es y seguirá siendo la cuestión decisiva de nuestro tiempo, como la describió con crudeza y dramatismo el presidente Obama. Al empalmarse con la pobreza y el empobrecimiento masivos, la desigualdad conforma un caldo de cultivo aterrador de los peores extremos y profundidades de una cultura horadada por las convulsiones globales y las veleidades del ciclo económico internacional.

Vivir peligrosamente será metáfora light cuando el malestar irrumpa y tengamos que descubrir que no sólo es con la política y los políticos, sino con la democracia y la cultura. Entonces sí que se pondrá a prueba la sagacidad arcana del Estado posrevolucionario, cuya corrosiva involución ha marcado el ritmo y ahora el rumbo de nuestra endeble formación democrática.

Reconstrucción quiere decir siempre transformación y política, pero sobre todo reformas terrenales y humanas, comunitarias, capaces de forjar ambientes y entornos incluyentes, pedagógicos para una democracia mejor y madura. Nada de eso está hoy en oferta en este mercado de pulgas en que se ha convertido la formación nacional, con su economía destartalada y sus tejidos básicos hechos añicos.

Aquí y ahora, los fantasmas que nos recorren no son el populismo o el comunismo. Son el olvido y la amnesia que alimentan una prepotencia ignominiosa que no podremos corregir si no tomamos nota clara de que lo que está en juego es el juego mismo. En la economía y la política y más allá, como diría el gran Albert Hirschman.

Mal momento para hablar de renovación de la política. Nos quedan la resistencia y la exigencia, el reclamo de honestidad y congruencia a los que mandan o quieren hacerlo. Antes de que nos las expropien y las vuelvan mercancías.

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