Opinión

Vida privada, espionaje, impunidad y diversión

 
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 [Cortesía] WhatsApp Inc recibiría una multa si no hace cambios en la forma de proteger los datos.

A todos parece divertirnos lo privado cuando se hace público.

Qué gran placer este de reírnos o indignarnos (real o aparentemente) de lo que se dice en tal conversación, del lenguaje de los interlocutores, del tremendo cinismo (entre más, mejor), de la insólita revelación.

Esto de disponer de tema para el café, el desayuno o la sobremesa, gracias a los grabadores y espías clandestinos, es una gran ventaja. Las pláticas son menos áridas y uno puede pasarse muy buen rato disfrutando de la sana práctica del canibalismo verbal.

Si tanta gratitud sentimos por los espías ¿por qué no quitamos de la Constitución eso de que grabar sin mandato judicial es delito?

Así expresaríamos de manera aún más abierta nuestro reconocimiento a sus autores intelectuales y materiales y los liberaríamos de las normas que injustamente los oprimen y les dificultan sus heroicas maniobras.

El Pacto por México podría darnos una satisfacción póstuma agregando esta reforma a las ya hechas. De paso, podríamos aprovechar el proceso legislativo para ir más allá de autorizar sabrosas grabaciones. Por ejemplo, se podría dar carta abierta a los espías profesionales al servicio de los gobiernos, de los partidos políticos, o de cualquier organización o grupo, a introducirse en los domicilios particulares y hurgar en muebles y cajones, escritorios y burós y extraer de allí cartas, pagarés, estados de cuenta y correos electrónicos, así como SMD, WhatsApp, papelitos o lo que sea.

Si la publicación de poca privacidad nos divierte tanto, la difusión de mucha nos haría felices.

La vida sería una fiesta continua. Juan le dice Trompita a su mujer; Pedro toma pastillitas rejuvenecedoras; Roberto ve telenovelas; Luisa es una cursi en sus correos amorosos; Ramiro se lleva a palabrotas con su esposa. Mientras más conocido sea el personaje, mejor.

Pasaríamos la vida riéndonos, jolgorio sobre vasto territorio.

Todos los candidatos y servidores públicos, ministros, gobernadores, legisladores y cualquier persona pública llevarían al extremo sus precauciones. Por ejemplo, la o el funcionario llegaría a su casa y en lugar de decirle a su cónyuge o a sus hijos, refiriéndose a su jefe: “a veces no le entiendo a Carlos”, diría: “esta mañana Enrique ha estado indescifrable, no sé si de deba a un hermetismo intencional o si ello es resultado de una tendencia inconsciente hacia lo críptico”.

Y el que quisiera decir, en la intimidad de su casa y a manera de desahogo personalísimo: “ya estoy hasta la madre de la gente que tengo que atender”, dirá: “me parece que me estoy acercando a un nivel de intolerancia inversamente proporcional a mi inicial voluntad de escucharlos a todos”.

Sí, mejor legalizar el espionaje, lo que nos llevaría a extremos inéditos de dicha.

La cima de tal experiencia se alcanzaría cuando nos tocara a nosotros, a usted o a mí, ser el éxito del momento. ¿Se imagina la satisfacción de estar en todas las redes sociales, en todos los medios, hablando de que no nos alcanza para el coche que quisiéramos o tratando de convencer a un hijo de que por favor nos haga caso?

Todo mundo podría llegar a la conclusión de su gusto, algo así como: “es evidente que tal funcionario, a pesar de ser el responsable del desarrollo social, tiene serios problemas psicológicos al aspirar a un auto que lo rebasa”. O: “¿cómo quiere tal gobernador conducir el estado si su hijo no le hace caso?”

Viva, pues, el espionaje, la intromisión a la vida privada, el derrumbamiento del derecho a ser.

Que los espías no se escondan más, que se paseen por las calles como las estrellas que son. Que abandonen la clandestinidad, que vean la luz, pobrecillos. Ha de ser terrible vivir oculto, sabiéndose perseguido por una justicia que siempre termina por atraparlos. Porque, eso sí, de acuerdo con los términos de la actual ley, nadie queda impune.

Acabemos con la vida privada. Ya está. La verdadera fiesta está por comenzar.

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