Opinión

Todo es mi culpa

Le resulta inevitable pensar obsesivamente en todo lo que ha hecho mal en la vida. Su memoria privilegiada es un pequeño infierno de errores, torpezas y defectos, acumulados en su cabeza y convertidos en una voz punzante que no le da descanso. Por razones oscuras siempre se siente culpable; se atormenta días enteros después de una equivocación sin importancia; si algo sale mal siempre cree que él es responsable.

Recuerdos de vergüenza y culpa: el rubor que le quema la cara cuando su padre le dice estoy decepcionado de ti. Las ganas de correr a esconderse al ver llorar a su madre porque está cansada y él no mantiene su recámara en perfecto orden.

Un estudio longitudinal de la Universidad de Washington-St.Louis y otros más compilados en 2010 por Rakow, Forehand y McKee (et ál), han encontrado una correlación entre sentimientos excesivos de culpa durante la infancia y trastornos del afecto en la vida adulta (depresión, ansiedad, trastorno obsesivo compulsivo, bipolaridad). Los estudios concluyen que las experiencias infantiles influyen en el desarrollo de las regiones del cerebro encargadas de regular las emociones.

“Mis padres siempre estaban muy cansados y angustiados. No creo que fuera producto de la maldad o de algún impulso sádico, pero nos hacían saber a mis hermanos y a mí lo difícil que era mantenernos, sacarnos adelante. Siempre me sentí en deuda con ellos. Mi padre, sobre todo, tenía un halo de melancolía profunda que jamás comprendí. Me sentía mal cuando no era un hijo modelo, cuando causaba algún problema, cuando sin querer rompía algo con mi pelota de futbol. Pensaba que la tristeza de mi padre era mi culpa, que si no me gustaba la comida era un malagradecido, que si no tenía las mejores calificaciones estaba defraudando los esfuerzos depositados en mí.”

Algunos padres no encuentran formas sanas de educar y utilizan estrategias que producen culpa. Se quejan constantemente de la carga que sus hijos representan, se enojan y castigan en exceso, considerando como graves hasta las pequeñas faltas. Prohíben la libre expresión de los sentimientos, orillando a los niños a internalizar sus problemas, aislándose y tragándose el enojo y la tristeza. La culpa como método de formación puede ser un síntoma de padres deprimidos, rebasados por los retos de la paternidad y de existir.

Lo asalta la sensación de no haber sido amado. Le falta la certeza de ser importante. A veces sueña despierto y se va al pasado: deseando un poco de ayuda con la tarea, un monitoreo cariñoso para marcarle límites, comprensión, comunicación clara y directa sobre lo que esperaban de él. Intenta recuperar –sin lograrlo– recuerdos alegres de sus padres. Cuando regresa al presente, se observa: 38 años, nerviosismo inexplicable, ataques de tristeza sin razón aparente, melancolía. Y dudas esenciales: no ser digno de amor y aceptación; carecer de las cualidades necesarias para que alguien lo ame; el sentimiento permanente de estar en deuda; el miedo a cometer un error fatal que lo lanzará al vacío del rechazo.

Los adultos que han crecido sintiéndose culpables padecen trastornos de ansiedad y depresión. El reto en el presente es aprender a relacionarse diferente con el mundo, con los otros: expresando sentimientos, evitando el aislamiento cuando están tristes, construyendo confianza, combatiendo la culpa como emoción dominante, asumiendo la responsabilidad con menos gravedad. Los niños exigidos, culpados, castigados, que se sintieron una carga pesada para sus padres, pueden lograr ser adultos que se tratan compasivamente, que se aceptan, capaces de disfrutar y de sentir la alegría de existir.

Psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag