Opinión

Tercer Informe

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Enrique Peña Nieto antes de iniciar el Tercer Informe. (Cuartoscuro)

El 1 de septiembre, antes, era el día en que el presidente informaba al Congreso del estado de la administración. Es una copia del State of the Union Address del presidente estadounidense frente a su Congreso porque, al final, los latinoamericanos tomamos como referencia para nuestro sistema político al de Estados Unidos, país que se independizó algunas décadas antes, y sobre todo creó figuras hasta entonces inexistentes, como el presidente y el federalismo (en la versión norteamericana).

La idea es que en un régimen presidencial los poderes no platican entre ellos, ni mucho menos debaten. Cada uno tiene su ámbito de acción, y sus comunicaciones son indirectas a través de la sociedad. Acá se ha querido cambiar eso para transformarlo en algo parecido a lo que ocurre en los regímenes parlamentarios, en donde, por definición, el primer ministro es a la vez cabeza del Ejecutivo y parte del Legislativo.

Esta idea inició con las interpelaciones de Porfirio Muñoz Ledo al presidente De la Madrid en el Informe de 1988, que no sólo era el último de ese presidente, sino el primero después de la elección de ese año, de la que nunca supimos con certeza los resultados, y que abrió el Senado a la oposición (Porfirio era precisamente uno de esos senadores).

Tres sexenios después, se impidió a Vicente Fox presentar su último Informe frente al Congreso, precisamente porque la elección, a ojos de los derrotados, había sido fraudulenta. Así, quienes habían intentado convertir un evento presidencial en uno parlamentario terminaron de plano con él. Los seis informes de Felipe Calderón y los tres que van de Peña Nieto han sido entregados por escrito al Congreso, y se han acompañado de mensajes públicos en eventos controlados por el Ejecutivo. Un ejemplo más de que las consecuencias de las acciones no son siempre las que se buscaban.

Enrique Peña Nieto llega a su tercer Informe en su peor momento, porque después de un buen primer año, y un segundo regular, en este tercero ha sufrido golpes continuos, en muchas ocasiones por asuntos que no le corresponden, como el caso de Iguala, y en otras por cosas que sí están bajo su responsabilidad, como Tlatlaya, o las famosas casas. De acuerdo con Buendía&Laredo, hay dos mexicanos que reprueban al presidente por cada uno que lo apoya, que no es muy diferente de las proporciones de la elección de 2012, aunque sí contra el inicio del gobierno actual. Lo más interesante en esa encuesta es que la aprobación de Peña Nieto no sufre cambio significativo entre los mexicanos que se identifican con PAN y PRD, sino sobre todo entre priistas e independientes. Entre ellos, pasa de 87 a 60 por ciento de aprobación, mientras que entre independientes pasa de 37 a 27 por ciento. En ambos casos ha perdido a uno de cada tres ciudadanos.

Ya hacía notar EL FINANCIERO que Peña Nieto llega a la mitad de su gobierno en mejores condiciones económicas que los dos presidentes anteriores, y ayer mismo le decía en estas líneas el carácter histórico de la Legislatura que cubrió la primera mitad de su gobierno. Visto así, las malas calificaciones habría que atribuirlas a tres elementos, me parece: Primero, a la corrupción, que si bien fue omnipresente durante el siglo XX, parece que ya no estamos dispuestos a soportarla; segundo, la inseguridad, que venía disminuyendo desde fines del sexenio anterior, pero ahora está repuntando; tercero, la ingobernabilidad en el sur del país, que cada día es más evidente que vive una realidad diferente al resto de la nación. Frente a ello, creo, hay que leer el mensaje político emitido ayer, y eso haremos mañana mismo.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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