Opinión

¡Que viva Ana Mendieta! (I)

08 septiembre 2016 12:13
 
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Ana Mendieta. (Cortesía)

Hoy hace 31 años murió en Nueva York la artista cubano-estadounidense Ana Mendieta. Su muerte fue trágica; las circunstancias, lamentables e irresueltas hasta la fecha.

Dedicaré dos columnas a esta gran mujer-artista. La primera, a su vida, a lo que produjo y nos dejó como legado —intelectual, espiritual y sensible—, a su pasión y a su ira, a su cuerpo de obra multidisciplinario (performance, escultura, cine y dibujo). Y la segunda, a aquello que la sucede, aquello que su muerte engendró y sigue desencadenando en el mundo de la cultura.

Nada más peligroso que el esencialismo místico que asimila y asigna lugares dentro del panorama multicultural globalizado. El cuerpo de obra de Ana Mendieta no es la ilustración de traumas vividos, aun cuando sea esclarecedor conocer algunos datos biográficos: su educación en el seno de una familia aristocrática, comprometida políticamente con Fidel Castro; su exilio y el de su hermana, en 1961, siendo niñas, cuando la alianza antes mencionada se rompió; su arribo en Iowa, Estados Unidos, y sus estudios de arte en la Universidad de aquel estado, así como su matrimonio con el escultor estadounidense Carl André. Tampoco sería adecuado hacer de su vocabulario y su paleta un presagio de su muerte.

Querido
Bird Transformation, 1972
Vintage black and white photograph
22.2 x 16.2 cms

Para entender y situar su trabajo es necesario ponerla en relación a las búsquedas del panorama de producción artística del momento en el que creaba: la desmaterialización de la obra de arte, el cuerpo como material de trabajo, el trabajo efímero en el paisaje, el feminismo de color.

Sin duda se le puede considerar una figura de transición, del minimalismo purista hacia una práctica mucho más expresiva, feminista y sitio-específica. Entendió pronto que el cuerpo femenino (la imagen de él) era y es el territorio de representación —y lucha— por antonomasia, enfrentó con ímpetu los retos de su representación, y a la par de Adrian Piper, Suzanne Lacy y Leslie Labowitz, entre otras, encontró su manera pensando y presentando un cuerpo que no es ni esencialista ni abyecto.

Además, su trabajo muestra un entendimiento de las posibilidades del mestizaje cultural (las críticas radicales estadounidenses de la época se encuentran con la mitología de las Antillas y rituales de la santería).

Las imágenes de Ana Mendieta (fotografías y películas de acciones) son potentes diagramas —dibujos que muestran relaciones— del ciclo de vida del cuerpo humano con respecto al tiempo del mundo y de la tierra.

Vemos vulvas que son a su vez ataúdes, y dentro de ellos el cuerpo humano presente, muchas de las veces, a partir de su ausencia. Se da entonces un parpadeo vital e inquietante entre presencia y ausencia.

Vemos el cuerpo de una mujer totalmente cubierto de plumas blancas dejando a la vista únicamente el vello púbico de su sexo. Convertida en un ave, todo su cuerpo emite un grito. Las imágenes de Ana Mendieta son expiaciones, expía a la imagen del cuerpo femenino de la mirada que lo convirtió en objeto durante tanto tiempo, lo regresa a la acción y lo convierte en sujeto, lo empodera; al cuerpo migrante de su pérdida de cultura por la necesidad de integrarse o adaptarse; al objeto de arte de su limpieza o pulcritud, hace su cuerpo suyo a través de estas obras/rituales y se apropia de cómo ser mirada. ¡Que viva Ana Mendieta!

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