Opinión

Peña-Trump, primer encuentro

    
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ME Peña y Trump. (Especial)

Es correcta la llamada del canciller Luis Videgaray para bajar las expectativas a la reunión de ambos mandatarios en el escenario de la cumbre del Grupo de los 20 (G-20) en Hamburgo, Alemania. No se espera nada sustantivo. Bien podría ser que Trump le dé un descolón a Peña –mala actitud, de plano una grosería o un tuit traicionero–. No es confiable el presidente número 45 de Estados Unidos.

La diplomacia mexicana llegó a perfeccionar el mecanismo de consulta bilateral —las entrevistas presidenciales— a tal punto que, en los últimos 25 años, se convirtió en el foro por excelencia para realizar las grandes transformaciones y avances en la relación México-Estados Unidos.
¿De dónde surgió este énfasis en las entrevistas presidenciales?.

El primer encuentro presidencial fue el de Porfirio Díaz y William Taft en 1909.

Ahora bien, después de la entrevista en 1943 entre Franklin D. Roosevelt y Manuel Ávila Camacho, en que el primero viajó en su pullman a Monterrey en plena Segunda Guerra Mundial, los encuentros prácticamente se regularizaron. A partir de Miguel Alemán (1946-1952) y en especial de Adolfo López Mateos (1958-1964) habría encuentros continuos entre quienes despachaban en Los Pinos y la Casa Blanca.

Con un sistema político mexicano altamente concentrado en la figura presidencial, la diplomacia mexicana desde la mitad del Siglo XX buscó, en una especie de acto espejo, hacer de las entrevistas entre los mandatarios el gran mecanismo de consulta y decisión de la relación con Estados Unidos.

Recuerdo muy bien que hacía mis “pininos” en 1991 como funcionario de la cancillería mexicana, cuando me encargaron preparar “la carpeta” de contenidos para uno de los encuentros Salinas-Bush. --Prepáralo como si fuera para Dios-- me exigió el entonces director general para América del Norte, un político de cepa, José Antonio González Fernández. La historia reciente demuestra que los tlatoanis mexicanos lograron que los poderosos presidentes estadounidenses se involucraran personalmente en la relación con el vecino del sur.

Centralizar el manejo de la relación bilateral en el mecanismo de entrevistas presidenciales llegó a convertirse en un éxito rotundo. Los cuatro últimos presidentes antes de Trump —George H. W. Bush (41), Bill Clinton (42), George W. Bush (43) y Barack Obama (44)— mantuvieron una cercana y fructífera relación con sus contrapartes mexicanos. Por ejemplo, Carlos Salinas se reunió en diez ocasiones con Bush (41) en los cuatro años que coincidieron en el poder. También Felipe Calderón se entrevistó en nueve ocasiones con Barack Obama durante el primer cuatrienio del segundo.

Más allá de la frecuencia, las entrevistas presidenciales se convirtieron en el escenario por excelencia de las decisiones sobre la relación México-Estados Unidos. En la entrevista como presidentes electos Salinas-Bush (41), se sembró la semilla del TLCAN. En noviembre de 1988 en Houston, Texas, Bush le dijo a Salinas que estaba abierto a negociar un tratado de libre comercio. El mandatario mexicano respondió que México no estaba listo en ese momento, pero un año después cambio de idea y el libre comercio ha sido la transformación más importante en la relación bilateral en el último cuarto de siglo.

Bush (43) no pudo cumplir su palabra de encontrarse con Fox como presidentes electos al final del 2000. La elección de Florida alargó la decisión electoral y por ende, recortó el de por sí breve período de presidencia electa en el vecino país. Pero en cuanto pudo cumplió. Con sólo tres semanas en la Casa Blanca, realizó su primer viaje internacional a San Cristóbal, Guanajuato. En su rancho, Fox propuso negociar un acuerdo migratorio integral (“la enchilada completa” del canciller Jorge Castañeda). A Bush, para sorpresa de muchos, le agradó el tema y le pidió a su secretario de Estado Colin Powell y a su procurador de justicia John Ashcroft se encargaran del asunto.

El logro bilateral más importante de Felipe Calderón se tramó en el primer encuentro con Bush (43), en Mérida, en marzo del 2007. En la preparación para ver a Bush, Calderón y su equipo, entre ellos el brillante Carlos Rico, subsecretario para América del Norte (en paz descanse), idearon subirle varios decibeles a la cooperación de Estados Unidos en materia de seguridad, la Iniciativa Mérida.

La personalidad de Trump y carencia total de preparación y escrúpulos literalmente rompe por la mitad el mecanismo sigilosamente elaborado por la diplomacia mexicana.

No queda otra. Es tan importante la relación con Estados Unidos que Peña tiene que insistir en llevar una relación respetuosa con Trump. Pero la estrategia de fondo debe ser aprovechar la descentralización de la toma de decisiones en el vecino país y acudir a los distintos centros de poder —el Congreso, el gabinete, las cortes y los principales gobernadores. Habrá que acercarse a los aliados naturales de México, como los empresarios que hacen negocio con nosotros y a la cúpula México-Americana.

Afortunadamente, hay muchos líderes tanto republicanos como demócratas que entienden que México y Estados Unidos tienen un presente y un futuro compartido.
Con ellos hay que darle la pelea a Trump.

Twitter: @RafaelFdeC

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