Opinión

Navidad: la Paz y la “tregua de Dios”

 
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Desde la Gran Depresión, el árbol de Rockefeller Center ha sido el símbolo de la Navidad en la ciudad de Nueva York.

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

La paz es uno de los grandes valores humanos y ha sido objeto de reflexión y de aspiración, desde los tiempos más antiguos de la humanidad hasta los más recientes.

En Homero la palabra eirene (paz) expresaba no sólo lo contrario a la guerra, sino también la situación basada en el orden y en el Derecho e implicaba prosperidad y bendiciones. En Platón y Epicteto designaba el comportamiento pacífico emparentado con la amistad y el amor, la concordia y la unión.

En Hesiodo la paz estaba relacionada con la edad de oro, a la que posteriormente Ovidio daría forma poética. Sin embargo, va a ser Virgilio el que en su Égloga cuarta va a “profetizar” una edad de oro anunciada por el nacimiento de un niño divino, y con ello de modo inaudito, se insinúa la relación con el acontecimiento navideño.

Ahora bien, el concepto y las expectativas de paz del mundo greco-romano fueron trascendidos por el mensaje de la Biblia hebrea. En efecto, la paz romana exaltada por muchos escritores, ha sido juzgada por el gran historiador Tácito de modo negativo y lapidario: “hacen el desierto y lo llaman paz”. La Buena Nueva de Navidad anuncia un talante todavía más trascendente, el de la reconciliación de la divinidad con todo el universo.

Sin embargo, la paz está siempre amenazada, es un anhelo que hay que consolidar en el futuro y que requiere una continua restauración. Con el fin de temperar la violencia surgió en la Edad media la llamada “tregua de Dios”, en el Concilio regional de Toulouse (1027). Más tarde el Concilio ecuménico tercero de Letrán (1179) proclamaba “la tregua de Dios” de modo más universal e incluía específicamente la época navideña. Más recientemente durante la primera guerra mundial, el 24 de diciembre de 1914 se dio de modo no planeado la “tregua de Navidad” entre las tropas inglesas y alemanas. Por consiguiente, consolidar la paz requiere un combate pacífico, un continuo esfuerzo para superar las tensiones en todos los campos: en el económico, en el político, en todas las relaciones humanas: en la jungla del asfalto, en el acoso laboral y en la vida familiar.

La paz en el seno de la familia no es fácil, pero puede ser restaurada con el dar y pedir perdón, y cultivada con el espíritu de concordia, de confianza, de tolerancia y de solidaridad.

Unos días antes de la Navidad Martin Luther King Jr. pronunció el notable discurso “Yo tuve un sueño”. Su reflexión sigue siendo de gran actualidad: “Es una raza humana desorientada la que va a festejar la Navidad este año. No tenemos paz ni exterior ni interior. Por todos lados el miedo acosa a los hombres durante el día y los obsesiona durante la noche. Nuestro mundo está enfermo de guerra, a donde quiera que volvemos la cabeza percibimos su presencia densa de amenazas. Y, sin embargo, mis amigos, la esperanza de paz y de buena voluntad no puede ser barrida como un sueño piadoso de una utopía”.

¿Cómo aspirar a este anhelado ideal? Hay que partir del nivel personal, del corazón del ser humano, que lejos de un estado de indiferencia o pasividad, se preocupa por el otro, más allá del simple compartir fomenta la unión y la comunión de los ánimos. Para esto es necesario educar desde la primera infancia en el respeto a los demás, en la tolerancia y en el perdón, y en el amor cívico (filia politiqué) de que habla Aristóteles.
Lo anterior nos lleva a varios cuestionamientos: a hacer una sana crítica de los medios de comunicación, y a preguntarnos a fondo si el combatir la violencia con la violencia conduce a la paz. Por último, no hay que olvidar que el mensaje de paz navideño brota del corazón de la fe, en la comunidad de los creyentes.

Ojalá en esta Navidad vivamos el espíritu de la “tregua de Dios” y que ésta se extienda a lo largo del año que comienza. La paz en vez de utopía, algo que no tiene lugar, puede convertirse en eutopía, un lugar de bienser y de bien estar.

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