Opinión

Los cuates y la trampa

    
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México

México es un país de ingreso medio. Lo hemos sido desde fines del siglo XIX, aunque estuvimos cerca de entrar al grupo de países ricos hacia fines del Porfiriato. Hay muchos estudios acerca de por qué no hemos logrado salir de esa 'trampa', como muchos la llaman. En realidad, pocos países lo han logrado, y ninguno de América Latina, salvo por breves instantes.

De todas las explicaciones que conozco, me parece que la más importante es que nunca hemos abrazado de lleno el libre mercado. Aunque a muchos les llena de escozor esa idea, resulta que todos los países ricos, o desarrollados, lo han hecho. Pueden haber construido su base productiva con mercados controlados, pero ha sido la liberación de éstos lo que les ha permitido alcanzar niveles elevados de riqueza para la mayoría de sus habitantes.

En América Latina no hemos sabido, o podido, hacer eso. En El fin de la confusión argumenté que hay una explicación histórica para ello. Mientras que el capitalismo (es decir, el camino hacia el libre mercado) tuvo su origen en Europa, su expansión hacia otros lugares se encontró con estructuras ya establecidas. En Asia, las potencias centrales colonizaron o controlaron la gran mayoría del territorio, que administraron a través de 'compañías'. En África fue colonización plena. En América Latina, en cambio, ya había naciones, y el arreglo fue negociar con las élites de esas naciones para que ellas fuesen las que explotaran los recursos que Europa les compraba. Por eso la inmensa desigualdad que tenemos todavía hoy, la más grande del mundo.

La gran diferencia entre el libre mercado y el capitalismo de cuates (crony) es precisamente la persistencia de la desigualdad y la imposibilidad de crecer de manera estable y rápida. En algunos países, un gobierno muy fuerte ha mandado sobre ese capitalismo concentrado para dar lugar a un crecimiento acelerado, especialmente en Asia. Pero acá, en donde las élites han sido más poderosas que los gobiernos desde lo que llamamos 'independencia', no ha sido igual.

Eso ha favorecido la aparición de líderes populistas, que dicen que romperán con las élites, pero que en realidad construyen una base social para sostener una élite ampliada: no sólo los empresarios, sino los líderes sindicales y campesinos, amén de la clase política, conforman el grupo parasitario que acumula grandes riquezas, mientras la economía no puede crecer a buen ritmo.

Así ha sido la historia de América Latina, y especialmente la de México. La guerra civil que siguió al Porfiriato (que llamamos con mucho ánimo 'Revolución Mexicana') no cambió en nada las estructuras extractivas. A los oligarcas porfiristas se sumaron los generales revolucionarios, y con Cárdenas, los líderes sindicales y campesinos. Crecimos durante la posguerra porque todo el mundo creció, y no porque produjéramos más, sino porque fuimos destruyendo lo que teníamos. Crecimiento agotador, le he llamado en otras ocasiones.

Y de verdad fue agotador: destruimos el ambiente, el capital, el recurso humano, y este sistema llegó a su fin en los años ochenta. Por eso la 'década perdida' de América Latina, que acá en México llegó a la escasez de azúcar, leche, dentífrico, etcétera. Por eso la importancia de romper con ese camino e intentar otro, abriendo el país al mundo.

Pero la ruptura fue incompleta. Parte del proceso consistió en, otra vez, ampliar las élites, repartiendo empresas a cuates. Por eso, a pesar del claro avance que hoy tenemos frente a los años 80, la desigualdad no se reduce significativamente, ni crecemos a buen ritmo. Y por eso hubo que hacer una segunda ronda de reformas, ahora sí destinada a golpear las estructuras extractivas; es decir, a quienes viven de cobrarnos de más. Pero los rentistas se defienden, como le platicaré mañana.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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