Opinión

Lo que pasa en Las Vegas,
no siempre se queda ahí

 
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Las Vegas

Hace un par de meses estuve en Las Vegas y —después de ver el espectáculo de Cher— no pude sino pensar que esta es una ciudad en la que es posible todo: desde el pecado hasta los milagros. Porque pareciera que sólo ahí es factible presenciar el concierto de hora y media —claro, con grandes descansos— de una cantante que sobrepasa los setenta años de edad y que, además, se muestra en bikini, con gran dignidad y con un cuerpo muy bien conservado, esfuerzo que no demerita el trabajo de los cirujanos.

Las Vegas es una metrópoli bizarra, barroca y sorprendente, una enorme cantina cuajada de luces en la que se puede beber en la calle y donde la gente deja los vasos vacíos en cualquier acera, en cualquier barda. En este paraíso ficticio, donde reina el hedonismo, se vende felicidad y la gente la compra, porque cree eso es la felicidad: la posibilidad de vivir una fiesta de 24 horas al día, donde se pueden traspasar todos los límites sin problemas, pero con una sola restricción: el delito, que aquí parece haber muy pocos.

Con el anzuelo de los casinos, en esta urbe edificada con fines lúdicos en medio del desierto, los naipes, la ruleta y el sueño de hacerse rico con un golpe de suerte abren la puerta para penetrar en el mundo complementario de los grandes shows, los buenos restaurantes, las sicalípticas fiestas en las enormes albercas, las bodas de fantasía y disfraces y los divorcios rápidos, al gusto del cliente; los amores eternos que duran hasta que llega la cruda y el sexo como industria. En lo que se espera la luz verde del semáforo en una esquina de la Strip —su avenida más famosa—, es posible recibir en mano diez tarjetas de tables, casas de citas o agentes libres que dan servicio a domicilio.

Todo está permitido, por eso se autonombra con orgullo 'La ciudad del pecado', y ese es su principal atractivo como destino turístico. Por eso su mejor historia de amor llevada a la pantalla es el romance de una prostituta y un alcohólico que decide irse a esta ciudad de Nevada para morirse bebiendo. Y lo logra.

Por todo esto no es casual que sea una ciudad a donde llegan casi 43 millones de turistas al año, que en los últimos cinco años esté recibiendo inversiones por nueve mil millones de dólares, que reciba más de 22 mil reuniones, congresos y convenciones, que tenga más de 150 mil cuartos de hotel o que mantenga ocupaciones hoteleras por arriba de 90 por ciento. La ciudad donde no se recuerda lo que hizo la noche anterior es todo un éxito.

Sin embargo, esta semana alguien —no sabemos todavía por qué— traspasó los límites de lo permitido en este paraíso inventado y decidió, desde la comodidad de su habitación en el hotel Mandala Bay —en el hinduismo y budismo, mandala es un dibujo muy elaborado que se hace con polvos de colores, que lleva muchas horas realizar, para ser destruido a los pocos minutos que se concluye— y dotado con casi una veintena de armas de grueso calibre, que en Estados Unidos se pueden comprar con la misma dificultad que en México se adquiere un celular, disparar a mansalva sobre una multitud de 22 mil personas que, viviendo momentos de gozo, escuchaban un concierto de música country en una explanada.

Hasta ayer en la tarde, el saldo era de 59 muertos y alrededor de 500 heridos, muchos de ellos graves.

Según han dicho las autoridades, se trata del peor atentado registrado en su historia moderna. No obstante, que alguien en ese país tome un arma y salga a matar semejantes en la calle, un centro comercial, un restaurante o una escuela, no es nada nuevo, sucede con frecuencia.

Ante este peligro latente, resulta inevitable preguntarse: ¿este riesgo permanente es motivo para dejar de visitar esa ciudad? Últimamente hemos visto sucesos similares en París, Barcelona, Londres, por citar algunos casos. Las motivaciones que llevan a actuar a los asesinos son diferentes, pero el resultado es el mismo: muerte y terror en la sociedad que entierra a sus muertos.

Y la respuesta es no. Hemos aprendido que no existe lugar absolutamente seguro en el mundo. Ni la propia casa, que se nos puede venir encima en unos cuantos segundos. Así como hoy sabemos que el famoso slogan de “lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”, ya tampoco es tan cierto. La masacre ha roto esa secrecía.

Pero la única manera de enfrentar a esos dementes es demostrarles que no tenemos miedo, porque precisamente ese es su objetivo, llenar al mundo de terror y, si lo logran, entonces sí habrán ganado.

Correo: garmenta@elfinanciero.com.mx

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