Opinión

Líbano, fin de la crisis institucional

  
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El recién elegido presidente libanés Michel Aoun se sienta en la silla del presidente en el palacio presidencial en Baabda. (Cuartoscuro)

Después de dos años y medio Líbano vuelve a tener presidente. El lunes, la Cámara de diputados de ese país votó por fin el nombramiento del general Michel Aoun como jefe de Estado. Es la segunda vez consecutiva en que las principales fuerzas políticas libanesas tienen desavenencias para acordar quién ocupará el cargo. En 2008, el Legislativo tardó ocho meses en elegir como jefe de Estado a Michel Suleiman.

La crisis regional hizo aún más difícil lograr acuerdos en esta ocasión, pero el origen de la parálisis está en que el sistema político libanés se ancla en identidades sectarias. Líbano, en un territorio del tamaño de Querétaro (casi 11 mil kilómetros cuadrados) alberga una población pequeña (4.5 millones), dividida entre múltiples denominaciones cristianas y musulmanas. El pacto nacional de 1943 buscó que todos los credos estuvieran representados de manera más o menos proporcional en los cargos políticos. Este acuerdo informal, que se respeta hasta hoy, establece que el presidente debe ser maronita, el primer ministro chiita, el presidente de la Cámara sunita y el viceprimer ministro ortodoxo. También deben negociarse puestos políticos o diplomáticos a otros grupos étnicos/religiosos, como los drusos.

Como parte de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil libanesa (1975-1989) se acordó la representación paritaria entre cristianos y musulmanes en la Cámara de diputados (conformada por 128 miembros). Este legislativo unicameral es el responsable de nombrar al presidente, cuyo papel es esencialmente ceremonial, pero que posee dos facultades relevantes: nombrar al primer ministro y conducir la política exterior. Su elección es también el primer paso para convocar a elecciones legislativas –las últimas se celebraron en 2009– y formar un nuevo gobierno que responda a las necesidades cada vez más apremiantes de los libaneses.

Para lograr el nombramiento del presidente, se enfrentaron en la asamblea los dos principales grupos parlamentarios. Por una parte, la coalición del 14 de marzo, que encabeza el partido “Movimiento del Futuro”, cuyo líder Saad Hariri (sunita), anti-sirio y con alianzas personales con el régimen saudí. Por otra, la coalición del 8 de marzo, que dirige Hezbolá, aliado de Irán y del presidente sirio Al Assad. Entre 2014 y 2016, ninguna de las dos facciones consiguió el respaldo suficiente de la Cámara (dos terceras partes) para ungir a su candidato. Fue hasta el 20 de octubre de este año que Hariri rompió el nudo gordiano al anunciar que respaldaría la aspiración del general Michel Aoun, candidato de la coalición opositora. Como parte de esa negociación, Aoun lo nombrará primer ministro, superando el veto del líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah.

El presidente electo tiene un pasado controvertido por sus alianzas políticas con sus otrora enemigos. Como jefe de las fuerzas armadas al concluir la guerra civil libanesa (1975-1989), Aoun fue el principal opositor a que se mantuviera el ejército sirio en Líbano y por esa razón debió exiliarse en Francia por casi dos décadas. Al regresar al país, después de reconciliarse con el régimen de Al Assad, nunca ocultó su intención de ocupar la presidencia. Fundó el partido “Movimiento Libre Patriótico” –el principal partido cristiano en Líbano– y de manera asombrosa se alió con Hezbolá, un partido-movimiento islamista cercano a Al Assad, que Estados Unidos, Israel y otros países árabes y occidentales consideran una organización terrorista.

Este entendimiento es quizá la prueba de que el sistema político libanés permite alianzas pragmáticas para facilitar la coexistencia armónica de las distintas comunidades religiosas. A pesar de sus conflictos, Líbano vive en relativa paz, en medio de la violencia que padecen países a escasos kilómetros de su frontera.

Sin embargo el sistema político libanés ya dio muestras de agotamiento ante los cambios demográficos recientes. La llegada de refugiados palestinos primero y de sirios después ha aumentado la ventaja numérica de los musulmanes sobre los cristianos, lo que les provoca gran ansiedad a estos últimos. De ahí que no sea viable adaptar las cuotas según las características actuales de la población sin reavivar tensiones entre confesiones.

La investidura de Aoun y el nombramiento de Hariri es un arreglo que podría traer de regreso una normalidad institucional a Líbano sin precedente en muchos años. El reto de esta dupla será equilibrar a los diferentes grupos religiosos-políticos del país y a sus alianzas internacionales. En caso contrario, Líbano podría volver a ser uno de los principales escenarios de los enfrentamientos regionales, en un contexto adverso, y a costa de la estabilidad y la soberanía del país.



Twitter: @lourdesaranda

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