Opinión

La propuesta

Amanecí sintiéndome vieja. Todas las mañanas descubro una arruga nueva, dolores nuevos que viajan del cuello al coxis y se desplazan hasta las rodillas. Hoy sentí en mi cuerpo el peso de los años y de mi historia. Hace más de 40 años dejé de ser una niña, torpemente me volví mujer, inicié mi vida sexual, me enamoré enloquecidamente, elegí carrera y después profesión, viví en pareja, fui madre y cumplí con mis responsabilidades: amamantar, criar, acompañar, regañar, consolar, aconsejar, soltar, despedirse.

He vivido creyendo que nos haríamos viejos juntos. No me di cuenta de la profunda erosión de su amor por mí. No quise darme cuenta porque me duele demasiado reconocer que tantos años compartidos han terminado en una apacible indiferencia.

Todavía me acuerdo cuando lo vi por primera vez. La memoria ha estado jugándome trampas crueles. Cuando se ausenta durante varios días, sólo puedo recordarlo joven, inteligente, lleno de sueños por cumplir. Lo comencé a amar porque tenía una alegría contagiosa, la energía de un toro salvaje y porque creía que el mundo podía ser mejor mientras yo lo amara. Comenzamos rentando un departamento, después compramos la casa, tuvimos a nuestras hijas, enfrentamos cientos de dificultades, nos quisimos, dormimos abrazados muchas noches. Pero un día mientras estábamos de vacaciones en la playa, lo descubrí mirando con tristeza mi vientre abultado, la celulitis en mis piernas, el cuerpo que había perdido la belleza de la juventud.

También lo descubrí mirando a otras mujeres, mucho más jóvenes que yo. Lo hizo con discreción, pero no pudo evitar sugerirme que me pusiera a dieta, por un tema de salud, por cuidar mis niveles de colesterol…

Se enamoró de ella unos meses después de las vacaciones. Nuestras hijas estaban entrando a la universidad y comenzaron a estar cada vez menos tiempo en la casa. Yo por primera vez en años, me sentí sola y comencé a preguntarme qué haría con el resto de vida que me quedara.

Él cada vez más ausente, más distante, poniendo al trabajo como pretexto para no estar. Una noche insistí tanto, que por fin logré que me confesara que amaba a otra mujer. Yo la conocía porque había trabajado con él tiempo atrás. Incluso la criticamos con crueldad. Él dijo que lo más interesante que tenía esa mujer, eran sus zapatos y ahora viene a decirme que la ama y que quiere intentar algo con ella.

Pero también me dice que no quiere irse de la casa, me pide tolerancia, porque quizá es algo pasajero, pero prefiere transparentarse y decírmelo porque no le gusta mentir. Es un perfecto imbécil y modelo de egoísmo. Ha preferido romperme en pedazos para no cargar con la culpa de sus mentiras. Me descubro frágil, confundida, devaluada. Lo único digno sería decirle que es inaceptable que intente una relación mientras seguimos juntos, esperando que recapacite y que me elija a mí a pesar de mis kilos y de mis arrugas. Me humilla que elija a otra sólo porque tiene el cuerpo firme. Pensé que era un hombre más sofisticado.

Hago un resumen de mi vida de mujer casada y madre de dos. Perdida sobre el futuro, sin saber hacia dónde quiero ir, muerta de vergüenza por haber generado esta dependencia que me ata a él. Creo que me tiene lástima, teme que me desmorone, quiere aparentar con nuestras hijas que todo está bien y que yo sea su cómplice.

Me levanto y veo en el espejo a una mujer cansada, con arrugas y sobrepeso. Lo veo a él casi feliz, cantando en la regadera, enamorado, pidiéndome que entienda y que sea paciente porque tal vez decida quedarse conmigo si las cosas no resultan.

Somos un buen ejemplo de que la realidad siempre supera cualquier ficción.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag