Opinión

La mala rendición de cuentas

 
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Enrique Peña Nieto anunció  los ejes de su agenda para la segunda parte del sexenio. (Cuartoscuro)

César Velázquez Guadarrama.

La rendición de cuentas es un elemento necesario para inhibir la corrupción, para incentivar un uso eficiente de los recursos públicos y en general para legitimar la acción gubernamental. Sin embargo, no toda la rendición de cuentas es buena para que cumpla su cometido. Dos buenos ejemplos de la mala rendición de cuentas son los informes de gobierno del presidente y de los gobernadores por un lado y los de los diputados y senadores por el otro.

Los informes de gobierno del poder ejecutivo no están cumpliendo con la finalidad de informar a la población sobre el estado que guarda el país o alguna entidad, ni tampoco están creando un debate público que se traduzca en mejores políticas públicas y por tanto en beneficios para la sociedad. Los informes son, ante todo, un espacio de tiempo en los que el presidente o los gobernadores presumen de lo que han hecho y de lo que no han hecho sin ser cuestionados y en el que se gastan millones de pesos en publicidad.

Además, estos informes y la publicidad alrededor de ellos, están basados principalmente en acciones y no en resultados. Por ejemplo, en un anuncio a propósito del 3er Informe de Gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, se presume que se han entregado millones de tabletas a alumnos de educación básica pero más allá del placer que puedan sentir las niñas y niños al recibir un dispositivo de este tipo, esta acción sólo tiene sentido si la calidad de la educación mejora y eso aún no lo sabemos. De hecho, algunas investigaciones alrededor del mundo han encontrado que no necesariamente la calidad de la educación se incrementa a partir de que cada alumno cuente con una tableta o computadora. De la misma forma, lo más importante a saber con relación a la construcción de un puente no es si se construyó sino saber si el tráfico disminuyó gracias a esa obra y si se realizó de la mejor forma y de la manera más barata posible pero eso casi nunca se dice.

En el caso de los diputados y senadores el mal empieza desde el hecho que por alguna razón que no entiendo se les suele calificar por cuantas veces han subido a tribuna o bien cuantas propuestas de ley han presentado. Lo anterior quizá puede ser un indicador de su actividad pero no puede ser una medida de la calidad de su desempeño. La función de los congresistas es votar a favor o en contra de leyes que busquen mejorar el bienestar social de acuerdo a su punto de vista y más importante de acuerdo a los intereses del grupo poblacional que representan. Y por eso deben ser calificados. El problema de rendir cuentas con indicadores o mediciones equivocadas es que se pueden generar distorsiones no deseadas en el comportamiento de las personas. Por ejemplo, ahora todos o una gran mayoría de los legisladores quieren subir a tribuna y/o bien generar una propuesta de ley que lo único que ocasiona es que haya más archivos almacenados en el Congreso. Así, en los informes de los diputados y senadores podemos observar mucha información sobre sus actividades pero casi nunca un análisis de cómo votaron y por qué.

¿Qué hacer? La respuesta no es sencilla, pero lo que si podemos empezar a hacer es prohibir la publicidad asociada a los informes de los ejecutivos, eliminar los informes de los legisladores y pedirles a los medios de comunicación que en lugar de difundir las declaraciones de los funcionarios públicos generen debate a partir de investigaciones y de reportajes de mayor profundidad. En estas épocas de vacas flacas creo que no podemos permitirnos utilizar los recursos públicos en una mala rendición de cuentas.

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