Opinión

¿Hay ahora más corrupción que antes?

22 agosto 2017 5:0
 
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Corrupto

La corrupción, fenómeno complejo y multifactorial, se resiste a ser atrapada en parámetros que midan su frecuencia, impacto y dimensión. Sabemos que hay corrupción por el descubrimiento de los hechos –a veces fortuito– y por sus consecuencias, que se revelan en la degradación de la capacidad de los gobiernos para promover el bien común.

Pero si el descubrimiento de los hechos de corrupción suele ser accidental y nunca tendremos un conocimiento completo de lo que pasa, y si la cuantificación del daño es una valoración relativa sobre la devaluación de la capacidad y legitimidad de los gobiernos, entonces estamos incapacitados para hacer estimaciones concretas que nos permitan contar una historia congruente sobre el antes y el después de la corrupción en México y, sobre todo, si el proceso de transición a la democracia tuvo algún efecto –positivo o no– sobre la capacidad del Estado para controlarla.

En teoría, la democracia y la ampliación de los derechos cívicos –como el derecho de acceso a la información, por ejemplo– vendrían acompañados de menor corrupción; pensábamos que la democracia es la condición natural para que funcionen los pesos y contrapesos institucionales y los mecanismos de rendición de cuentas.

El derecho de acceso a la información, por su parte, permitiría una participación ciudadana y un debate público más informado, sometería a los gobiernos al escrutinio público, convertiría a las instituciones en “cajas de cristal” y generaría un ambiente de mayor transparencia.

Frente a la categórica evidencia a la mano sobre casos de corrupción recientes, podríamos considerar que la transparencia ha sido una promesa incumplida de la democracia. Algunos han propuesto que ha sido precisamente la democracia mexicana la que, en lugar de limitar la corrupción, la ha promovido.

Luis Carlos Ugalde desarrolla una interesante hipótesis (http://www.nexos.com.mx/?p=24049) en la que propone que la democracia precisamente generó más corrupción, al traducirse en una dispersión del poder político y la multiplicación de los “puntos de venta” de la corrupción en los estados y el Congreso, sin la creación de instituciones que pudieran asegurar la rendición de cuentas.

Pero también se podría decir que la transición a la democracia ha venido acompañada del acceso a la información, de la proliferación de nuevas fuentes de in-formación –Internet, redes sociales–, una mayor libertad de expresión de los medios tradicionales y un debate político más animado, que han logrado quitarnos la “venda de los ojos”, por lo que los casos de corrupción que vemos hoy es el reflejo –en parte– de un mejor conocimiento de lo que realmente sucede, y no necesariamente que exista más corrupción que antes.

El cineasta Everardo González, en entrevista de Hugo Hernández sobre su más reciente documental, La libertad del diablo (http://confabulario.eluniversal.com.mx/todos-somos-capaces-de-cometer-atrocidades/), hablando sobre la violencia en México, dice algo que tiene fuertes resonancias en el debate actual sobre la corrupción.

Cuando se le pregunta cuándo surgió el diablo (la violencia, libre y desatada) de la que trata su documental, responde: “Yo creo que llegó cuando se desató la impunidad, cuando todo se volvió impune y cuando la persecución del poder tenía que ver con eso, con el indulto inmediato”. Llevo este comentario al debate sobre corrupción:

En el régimen anterior a la transición no contábamos con una narrativa sobre la corrupción; el enriquecimiento de los políticos era algo dado, parte del ejercicio del poder; no había mediciones de la corrupción, no había debate académico sobre el tema ni un discurso sobre las bondades de la transparencia y la rendición de cuentas; no existía un edificio conceptual ni un debate crítico en medios sobre la corrupción, sus causas, consecuencias y costos.

La transición generó precisa-mente ese debate, colocó al combate a la corrupción como una de las metas y propósitos de la construcción de mecanismos de rendición de cuentas. Ese debate se alimentó de estudios, índices y de nuevas evidencias académicas sobre los costos y consecuencias de la corrupción. La democracia –decía la nueva narrativa–, traerá consigo una mayor transparencia, un Estado que será imparcial en sus decisiones y una ética pública universal.

Las expectativas generadas por esa narrativa se vieron estrelladas en la realidad de nuestras débiles instituciones, en su incapacidad para generar una auténtica rendición de cuentas y su corolario más evidente, la impunidad de la que habla Everardo González como causa del desencadenamiento de la violencia. La búsqueda del poder como garantía de indulto. Eso mismo ha pasado con la corrupción.

* El autor es licenciado en Ciencia Política por el ITAM y maestro en administración pública por la Universidad de Harvard.

Twitter: @benxhill

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