Opinión

Enfrentando el pasado

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Pemex

Por 35 años, vivimos del petróleo. No porque fuera el único producto exportable (que casi lo fue durante los años ochenta), sino porque el gobierno pudo sobrevivir, a duras penas, de los ingresos que el crudo le daba. Pero, comentábamos la semana pasada, eso ya se acabó, y no parece que vaya a regresar en al menos una década. Tal vez nunca.

México, como muchos otros países en el mundo, y destacadamente en América Latina, apostó por un esquema de desarrollo económico que resultó equivocado. Se trataba de mantener una economía esencialmente cerrada, con una gran presencia del gobierno. No funcionó, y el derrumbe ocurrió en los años ochenta. Empezando por nosotros en 1982 y terminando con la URSS en 1989-1991. El proceso de transformación de esa economía no ha sido sencillo, porque precisamente el petróleo nos hizo posponer decisiones muy difíciles, incrementando con ello los costos.

Mire usted lo que tenemos hoy: 1) las muy grandes fortunas nacionales son, casi por completo, producto del capitalismo de compadrazgo. Políticos, o socios de políticos, que se enriquecieron con empresas protegidas en una economía cerrada, vendiendo lo que fuera al precio que querían; 2) los sindicatos del gobierno convertidos en lastres terribles: en educación, como ya es sabido; en Pemex y CFE, con pasivos que valen casi lo mismo que la empresa (o más, en el caso de Pemex); en el IMSS, en donde pagamos el doble en pensiones a trabajadores de lo que se paga a trabajadores en activo; 3) grandes grupos de población convertidos en clientes políticos, que reclaman cada año cantidades importantes de dinero; 4) destrucción de recursos, cuellos de botella, infraestructura muy deficiente.

Eso es lo que heredamos, y todo ello ya se había construido desde antes de 1982. Lo que se hizo mal después de ese año fue posponer las correcciones porque el petróleo nos lo permitía. Por eso las reformas no inician sino hasta diez años después, muy suavemente (salvo el TLCAN), y la reacción a ellas es muy violenta. Y luego hubo que esperar otros 15 años para hacer la segunda ronda de reformas, que nuevamente tiene una reacción dura: sindicatos defendiéndose, grandes empresarios financiando políticos y medios en contra, y muchos mexicanos muy confundidos por el proceso.

Terminar con la transformación y convertir a México en un país desarrollado no es imposible, pero sí muy difícil todavía porque implica resolver esos problemas construidos en cinco décadas y pospuestos por casi cuatro más. Es decir, son problemas seculares.

Los enumero, aunque los revisaremos con detalle en próximas entregas: un gasto importante en educación, pero muy mal controlado; un gasto en salud insuficiente, y capturado por los sindicatos; un gasto en seguridad interna miserable, sin mecanismos de control ni confianza; el menor gasto en defensa en prácticamente cualquier país comparable; inversión pública muy pequeña, y casi toda ella destinada al barril sin fondo de Pemex.

Algunos de estos problemas, y otros que no mencioné, ya se han empezado a resolver con las reformas; lo que falta es ya un tema de presupuesto y políticas públicas. Pero precisamente en materia presupuestal necesitamos tomar decisiones muy duras, que no hemos querido enfrentar antes. El pasado nos está costando mucho y ha llegado el momento de enfrentarlo. Aquí lo platicaremos.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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