Opinión

En las manos del amor

     
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U2 durante su última presentación en México. (AP)

No se puede defender lo indefendible. Bono es el rey del filantrocapitalismo, esa actividad que practican muchos famosos millonarios con la única finalidad de incrementar su fortuna, organizando eventos de beneficencia o canalizando recursos para que a la larga sean sus empresas o las de sus amigos las beneficiadas de todo ello; empresas, por cierto, con sede en paraísos fiscales que les evitan cumplir con sus obligaciones en sus países de origen. Amparados en sus canciones críticas y combativas de los primeros años, y en la eterna fidelidad de sus fans a lo largo y ancho del mundo, desde hace mucho tiempo U2 pasó de ser la gran banda de sus primeros discos a una marca global, una empresa trasnacional, como cualquier otra, dedicada a hacer lo necesario para acrecentar sus ganancias. Eso es una realidad.

Aun así, la noche del 3 de octubre hubo magia en el Foro Sol. Tras las sacudidas que la naturaleza dio a la Ciudad de México y a muchos otros estados del país, llenándolos de muerte, destrucción y silencio, la banda irlandesa formada en 1976 por Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr. llenó de emoción los corazones de los miles de asistentes, que a grito pelado y por momentos con lágrimas en los ojos entonamos sus canciones. Y cómo no, si se celebraban 30 de un disco memorable: The Joshua Tree.

Tras la grata intervención de Noel Gallagher, quien acompañado por los Flying Birds nos permitió disfrutar de algunos éxitos de Oasis, junto con otras novedades de su repertorio, llegó el turno de U2, que arribó con los tambores de guerra de Sunday Bloody Sunday para transformar el Foro Sol en un verdadero manicomio. Minutos después, el bajo y el pianito de New Years Day organizaban en uno solo los latidos de la masa, como si ésta fuese un organismo vivo, despertado por todos esos sonidos armónicos y desgarradores, nobles y subversivos. Luego vino Bad, para después dar paso a Pride, todas interpretadas en la pasarela. No podían haber arrancado de mejor forma.

Para entonces ya estábamos allí, en el lugar donde las calles no tienen nombre, donde todos pudimos, aunque fuese por un par de horas, derribar las paredes que nos encierran y tocar el fuego encendido por su música, especialmente por las cuerdas de The Edge. Escalamos las más altas montañas, corrimos por los campos, trepamos por las paredes de la ciudad, besamos labios con sabor a miel, hablamos el lenguaje de los ángeles, estrechamos la mano del diablo incluso, pero jamás encontramos lo que buscábamos, quizás porque la vida es eso, una búsqueda constante de algo que jamás hallaremos. Una búsqueda obligada, contigo o sin ti. Sé que diste todo, y yo también, pero necesito más. No puedo vivir, contigo o sin ti. Vimos al miedo corriendo asustado por el valle. Escuchamos los quejidos de nuestra gran ciudad. Corrimos, pero sólo para mantenernos quietos. Cantamos: Ha La La La De Day. Ella estaba embravecida y la tormenta estalló en sus ojos. Nuestro amor se ha enfriado en las cavernas de la noche. Estamos heridos por el miedo, lastimados por la duda. No puedo perderme a mí mismo. Necesito nuevos sueños esta noche. Sueños que me permitan ver aquello que está en la otra orilla. Arderemos en el fuego del amor.

Había sido un Beautiful Day, sin duda. Una grandísima celebración para uno de los mejores álbumes en la historia del rock and roll —el número 27 según la clasificación de la revista Rolling Stone—.

Todos sentimos la Elevation y también el Vertigo al ir regresando a tierra. La masa siguió siendo One, cuidándose mutuamente en aquella noche ultravioleta que estaba por acabarse: Baby, baby, baby, light my way, cantábamos todos a coro, poniendo nuestras vidas, una vez más, en las manos del amor.

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