Opinión

El TLCAN de Trump

 
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Donald Trump durante el debate presidencial. Reuters

En la medida en que una victoria de Donald Trump se vuelve más probable, crecen las visiones apocalípticas de lo que eso significaría para el mundo y para México. Aquí el pánico se explica por la gran interdependencia de nuestras economías. Se piensa que, de cumplirse su amenaza de abrogar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, el país se iría a la quiebra y se sumiría en el caos. No entendemos cómo ese señor puede ofrecer eso y obtener apoyo de un segmento de los votantes, cuando algo tan drástico también afectaría a su país.

Por eso, conviene hacer algunas anotaciones que nos den contexto y una mejor perspectiva de lo que puede suceder.

Lo primero a considerar es que Estados Unidos casi siempre ha sido un país proteccionista y, de alguna forma, les ha funcionado. La popularidad de Ronald Reagan se fue a los cielos en 1987 cuando le impuso un arancel de 100 por ciento a los productos electrónicos japoneses.

La oposición al TLCAN ha sido constante desde que se comenzó a negociar. Recordemos que en 1992 la campaña presidencial del empresario Ross Perot giró alrededor del rechazo a la firma del Tratado y que obtuvo 19 por ciento de la votación. Tampoco olvidemos que en 2008 ambos, Barack Obama y Hillary Clinton, prometieron echarlo para abajo.

En esta elección, tanto Sanders como Trump y varios de los otros precandidatos republicanos se manifestaron contra el Tratado Trans-Pacífico. Hillary, que al principio lo defendía, acabo diciendo que no lo firmaría.

Y eso nos lleva a la segunda observación: exagerar diciendo que el TLCAN ha sido un desastre y calificarlo del peor tratado comercial de la historia, y prometer revocarlo en su primer día en la Casa Blanca, son posicionamientos redituables para Trump en la campaña, pero no necesariamente algo que tenga planeado. Basta leer su libro The Art Of The Deal para comprender que está blofeando.

El tercer punto es que juega con eso porque, efectivamente, lo puede hacer. Tiene esa carta y la puede aprovechar. El presidente tiene amplios poderes en materia comercial y, de acuerdo a la cláusula 2205, tiene la facultad de, unilateralmente, retirar a su país del Tratado. Desde luego, el Congreso se opondría y el tema se iría a la Suprema Corte, pero de que lo puede hacer, lo puede hacer. Esa es una cláusula que Estados Unidos siempre pone en lo que firma y que a George W. Bush le sirvió para abandonar el Tratado de Proyectiles Antibalísticos sin consultarle a la URSS.

La pregunta es si lo hará. Y la respuesta es que Trump estaría loco si permitiera que el precio al consumidor de los automóviles, las pantallas de televisión y el guacamole se fueran a la estratósfera, y si aceptara que las compañías americanas perdieran de la noche a la mañana su competitividad.

Precisamente esa sería la última circunstancia a tener en cuenta. Estados Unidos firmó el Tratado para tener acceso preferencial a nuestro creciente mercado, pero sobre todo para reducir sus costos de producción y poder competir con otras naciones. Esto se cumplió relativamente porque otros acuerdos firmados por los tres países redujeron las ventajas y porque las reglas de origen pactadas fueron insuficientes o transgredidas.

Eso afectó a Estados Unidos, porque su mercado se inundó de productos avanzados manufacturados afuera, pero también nos perjudicó a nosotros porque tuvimos que competir con países proveedores de bienes de bajo costo.

En Los Pinos, Trump muy claramente habló de “mejorar” y “actualizar” el Tratado y de mantener la industria “en el hemisferio”. Lo que quiere es corregir el déficit comercial. Para conseguirlo, no es necesario acabar con el TLCAN. Basta con elevar las tarifas de entrada a la región y condicionar el tratamiento preferencial para que el valor de los productos originados en Norteamérica sea mayor que el 50-60 por ciento actual.

Para apaciguar a sus sindicatos, seguramente demandará también mejoras salariales aquí, para que no se vengan tantos empleos. Y eso no sería tan malo, después de todo, porque nos obligará a mejorar la productividad.

El proteccionismo avanza en el mundo y más nos vale entender que el mercado global sólo se va a conseguir ensayando diferentes formas de obtener beneficios mutuos.

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