Opinión

"El llanto del diablo"

El subgénero de terror que aborda la temática de los pueblos habitados por seres endemoniados, tuvo una fructífera vertiente con las historias protagonizadas en su momento por esas criaturas salidas -y replicadas hasta el cansancio- de Masacre en cadena (1973, Tobe Hooper). O sea, aquellas consideradas humanas y que se dedican a matar prójimos sin más razón que una maldad inherente. Este tipo de cine exige la creación de una atmósfera opresora en la que debe producirse la sensación de que la tragedia es algo por completo ineludible. Siempre se trata de una tragedia cósmica, pues. Al menos esa intención es fundamental manifestarla para que el espectador esté atento sobre un destino imposible de eludir.

En consecuencia, se experimenta así el miedo más cerval. El resultado exige que el film oscile entre lo posible y lo increíble. Se busca con ello que la noción demoniaca cobre rasgos realistas, naturales, próximos. Pero el tema diabólico exige también la aparición del Señor de las tinieblas, que en los tiempos actuales basta y sobra con que sea una masa informe que se posesiona de las personas para que ejecuten su maldad.

Basándose ligeramente en lo propuesto por Lucio Fulci en su clásico serie Z Las siete puertas del infierno (1981), el film del debutante Anthony Leonardi III, El llanto del diablo (2013), propone la existencia de una de dichas puertas, que se abre cada cierto tiempo, en un lejano pueblito del sur profundo estadounidense. Para cerrarla hay que hacer un sacrificio humano. En este caso toda la familia del pastor Dan (James Tupper) debe inmolarse, empezando por su hija adolescente Mary (Jennifer Stone). El demonio hace acto de presencia con la posesión de rigor. Mary, completamente despojada de alma, da cuenta de su familia. Sólo sobrevive la perceptiva hermana mayor Rebecca (Rebekah Brandes) en compañía de su galán Noah (Ethan Peck).

La noche de la expiación está pensada como un acto de fanatismo religioso para un vistoso demonio hecho con lápiz y aerógrafo. Pero nada más. Nunca se muestra una tensión desquiciante o un suspenso aterrador. Ni siquiera existe una exhibición gráfica que represente a esa posesión por encima de un sobrecargado maquillaje y una locación sin atmósfera casi concebida entre sombras demasiado deslavadas y realizadas por el también debutante fotógrafo Martin Coppen.

En consecuencia, la aterradora premisa de un pueblo demoniaco queda reducida a la fantasía psicótica del predecible pastor fanático Kigsman (Clancy Brown), que a saber por qué requiere colegas con familia para realizar el sacrificio. Es así que en el pueblo el infierno resulta más diminuto que la lógica del argumento. Sin ir más allá de lo obvio, la historia que se supone ultra audaz en su concepto de relato circular, concluye con Noah pasándole la estafeta a Rebecca.

Cine de fórmula desgastada -a pesar de su factura independiente-, evidentemente está hecho para lanzar la empresa Slasher Films del exguitarrista Slash de Guns’n’Roses, productor del film y autor de la insípida banda sonora que le acompaña. Así, este Llanto del diablo es un recuento de los lugares comunes que hay en el cine de pueblos poseídos, con sus pueblerinos ignorantes que actúan criminalmente en masa; con situaciones que abarcan una sola temática sin profundizar nunca en la sustancia de sus miedos ni mucho menos en cómo se producen sus representaciones simbólicas. En consecuencia, si el tema era el del pueblo llevado al extremo para sobrevivir utilizando la religión como escudo, el resultado es un simple sacrificio pensado con toda su miseria, sin tocarse el corazón (“ayúdeme, por favor”; “no puedes quedarte aquí”). Además, si la nostalgia por la familia perdida era una de las claves para proponer una revuelta en contra de la aparición demoniaca, tema por demás socorrido en el subgénero, lo mostrado por Leonardi III renuncia a cualquier revuelta, novedad o propuesta para resignarse ante las tediosas evidencias de su argumento. En esencia El llanto del diablo es un film de matiné que en vez de poner los pelos de punta apenas provoca un simple bostezo.