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Ciudadanos emiten su voto en la Ciudad de México

Luego de la victoria de Vicente Fox en las elecciones de 2000 se cometieron, a mi juicio, tres errores muy graves. Los tres tienen que ver con la 'pedagogía democrática'. Ante la disyuntiva de romper o pactar con el pasado, se eligió la segunda opción. Jorge Castañeda y Adolfo Aguilar Zínser abogaron por la primera (perseguir y encarcelar a los notoriamente corruptos del sexenio anterior), y Santiago Creel por la segunda. Fox apeló por la prudencia. No se persiguió a ninguno de los 'peces gordos' que el contralor de la nación, Francisco Barrio, prometió. Operó la pedagogía negativa: la democracia pactó con la impunidad. A los ojos de todos quedó claro: puedes robar, defraudar, enriquecerte y jamás te veremos tras las rejas. La alternancia democrática habría sido clarísima de haber proyectado el mensaje: “desde ahora se acabó la impunidad, funcionario que robe será perseguido”. No ocurrió ni ocurrirá próximamente. Hasta nuestro opositor perpetuo, López Obrador, ha ofrecido impunidad a los integrantes de la supuesta 'mafia del poder'. La democracia no se construye con perdón y olvido, sino con justicia y memoria.

El segundo error consistió en no explicar suficientemente el tránsito a la democracia. No se explicó entonces, y no se comprende bien ahora, que México vivió un largo e intenso proceso que desembocó en la alternancia. Esa obra de intelectuales y medios de comunicación no se llevó a cabo. “Nuestra transición –ha escrito José Woldenberg– resulta incomprensible para la mayoría de las personas.” En España, por ejemplo, tras la muerte de Franco, a todos quedó claro que vivieron una transición democrática. No ocurrió lo mismo tras la victoria de Fox. Es común escuchar que en México no hay democracia, que no hubo cambio, que se trató de un vil gatopardismo, un cambio para que todo siguiera igual. Nuestra transición fue infravalorada, en muchos casos incomprendida e incluso negada. No importa que nuestro sistema electoral y que el ejercicio de “nuestras libertades sea –como dice Woldenberg– más amplio y extendido que en el pasado”. (La democracia como problema, El Colegio de México, 2015). La pedagogía democrática fue, también en este caso, deficitaria.

El tercer gran yerro explica el marcado desencanto de los jóvenes con la política. En todos los niveles educativos –desde la escuela primaria hasta la universidad– se debió incluir una materia llamada “Ciudadanía”, encargada de explicar y fomentar que la democracia es un proceso cotidiano y no sólo de tiempos electorales; que la democracia es siempre conflictiva y que no tiene ganadores ni perdedores permanentes; que la democracia se fortalece y vive con la constante crítica y transformación de las instituciones; que esta transformación se consigue con el voto, pero también con la presión sobre los políticos y con la participación en todos los foros. No enseñamos a los más jóvenes que “la democracia es un instrumento para luchar por las ideas que nos gustan y para oponernos a las que no nos convienen” (Fernando Savater, Ética de urgencia, Ariel, 2012). No creamos ciudadanos con valores, con capacidad de intervenir y decidir. Por eso no debe sorprendernos hoy que los jóvenes digan que “la democracia es un asco”, que todos los partidos y todos los políticos “son una porquería”. No se han dado cuenta aún de que su alejamiento de la política lo aprovechan los políticos venales para seguir medrando.

Nuestra sociedad civil es débil. Nuestra prensa escasamente investiga. El nivel del debate público es ínfimo. Se ha reforzado la impunidad. Lo común es decir ahora ante los errores de los políticos: “no se gana nada con destituirlos”. Nos vamos así conformando con sus incapacidades. Lo mejor es presionar para que se vayan.

Para dar el ejemplo: ¿cómo vamos a subir el nivel de eficiencia gubernamental si no se va depurando el cuerpo político a través de despidos por incompetencia? Luis Videgaray debió marcharse inmediatamente después de la fallida visita de Trump. Pasó una semana y por fin se fue. ¡Pero regresó al lugar donde más daño hizo, en las relaciones exteriores! En México el premio a la torpeza es el ascenso. O la impunidad, como en el caso de Emilio Lozoya. La corrupción, léase Barrales, se premia con el regreso al Senado.

“Si no pueden solucionarlo, que se vayan”, sentenció Alejandro Martí. Toda la sociedad lo celebró. Pero nadie se va. Y no se van porque no presionamos de forma contundente para que se marchen. La presión pública y los despidos son una muestra clara de pedagogía democrática. No vamos a soportar más corruptos, debemos decir. Ya no más ineficientes, y empujar y presionar y volver a empujar, para que los jóvenes –y la sociedad en su conjunto– vean que la política no es un asco. Que si participan pueden cambiar las cosas. Que pueden tomar, cuando así lo decidan, la democracia en sus manos. O los educamos, o los padecemos.

Twitter: @Fernandogr

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