Opinión

Democracia y economía redistributiva

 
1
 

 

México

Ubicados hasta el fondo del hit parade en términos de lealtad a la democracia, y a la cabeza del rencor social y el descrédito ciudadano hacia los gobiernos, sobre todo cuando se trata de protección y cuidado de los más débiles o de políticas contra la inequidad y la desigualdad. Así nos ven y nos vemos según la más reciente encuesta de Latinobarómetro.

También estamos mal parados en el desempeño económico, como lo reportan frecuentemente los poderes de la finanza y la economía. Cualquiera que sea la medición escogida; sea con los indicadores del crecimiento del PIB, en absolutos o por persona, o tratemos de evaluarlo conforme a lo que las estadísticas laborales nos informan, el resultado es coincidente: no hay tal crecimiento espectacular en el nivel del empleo ni mucho menos en su calidad o alejamiento de la precariedad o el subempleo. Ahora, además, según los consultores privados, nos asedian la incertidumbre política, el TLC, la inseguridad y, súmele usted.

Una y otra vez, las estimaciones sobre la “brecha laboral” nos hablan de grandes déficit cuando se suman el desempleo abierto, el subempleo y los millones de desempleados que han dejado de buscar empleos pero estarían dispuestos a trabajar si se les ofreciera lo que ellos consideran justo o adecuado.

En una palabra: la pésima calidad de la democracia mexicana, según la juzgan los encuestados, encuentra su contexto racional en una economía socialmente insatisfactoria porque no genera las ocupaciones suficientes por abundantes y dignas. Además, como consignara hace unos meses Gerardo Esquivel en su reporte sobre la desigualdad mexicana para OXFAM, nuestro mecanismo económico es excluyente: expulsa cuando cae y cuando se recupera no incluye, no al menos en la medida necesaria para merecer el calificativo de equitativo.

El sismo fue un inclemente y artero llover sobre mojado, pero no puede explicar el mal desempeño ni siquiera si nos constreñimos a la coyuntura actual. Tampoco puede argüirse que la incertidumbre generada por las gesticulaciones de Trump y su banda, expliquen el mal andar de la formación bruta de capital y su fehaciente insuficiencia para desatar procesos de recuperación con rumbo a un crecimiento alto y sostenido, como el que no hemos tenido en los últimos treinta años.
Las raíces del malestar mexicano del nuevo milenio están, no hay que seguir dando tantas vueltas, en las decisiones y estrategias puestas en acto en los últimos años del siglo anterior, así como en omisiones que se volvieron políticas de gobierno y hasta de Estado en la temporada inaugural del cambio estructural globalizador que se buscaría coronar con la firma del TLCAN, a fines de 1993 y hasta el presente.

Volver a la génesis ideológica y el despliegue de este paquete considerado en su momento como estratégico, es indispensable para trazar un nuevo curso de desenvolvimiento productivo, caracterizado por renovadas pautas redistributivas que den sustento a formas de crecer superiores a las que hemos seguido en estos “treinta dolorosos” años. Hay que reconocer y reconocernos y para ello no hay mejor maestro que la historia.

Un primer paso sería asumir que el Presupuesto de Egresos puede volver a ser un instrumento virtuoso para desatar procesos de recuperación y crecimiento con potencialidades ciertas de desarrollo. Lo que el Estado, y en particular el gobierno y el Congreso de la Unión, tienen enfrente no es una “recolocación” de los gastos propuestos sino un rediseño de las dimensiones, magnitudes y asignaciones del gasto público federal.

Y lo anterior con un propósito maestro y principal: modular el descontento popular y social exacerbado por la tragedia natural y las previsibles fallas de operación iniciales y encauzar este malestar hacia metas y propósitos reivindicativos no sólo de las comunidades dañadas sino de la sociedad en su conjunto.

Ésta sería la mejor y más promisoria manera de empezar a rescatar la democracia mexicana en beneficio de una economía que tiene que crecer y redistribuir mejor y más. Todo al alcance de una política que ya no debe admitir a la miopía ni como placebo. 

También te puede interesar:
Dilemas y trilemas, en medio del ocio
​De augurios y agoreros
Un México mejor pasa por ser igualitario y social (II)