Opinión

Crisis de liderazgo empresarial


 
Molesto y decepcionado por la reforma hacendaria, Francisco Funtanet, dirigente empresarial de la Concamin, dijo la semana pasada que su sector requiere diputados “empresarios” que los defiendan en el Congreso de la Unión, algo así como “delegados” del sector empresarial.
 
Dijo que buscarán crear una corriente en 2015 porque “está convencido de que el sector industrial debe estar representado en el Congreso de la Unión y en los congresos locales, donde las leyes son, a veces, muy duras para la inversión”. En su argumento el problema serían los diputados ignorantes o “izquierdosos” que no entienden de economía y empresa porque han sido siempre asalariados. Si hubiera más diputados empresarios, habría mejor política hacendaria, energética y todas las demás.
 
 
El problema es más complejo. Por una parte, efectivamente la mayoría de los legisladores nunca han sido empresarios y desconocen los requerimientos reales para fomentar una sociedad emprendedora. Pero el otro problema, más grave aún, es que el sector empresarial carece de vocación política no para ser diputado o senador, sino para construir una narrativa atractiva para persuadir a los mexicanos de los valores del emprendedurismo y de la productividad. Su falta de vocación para hacer política en todo momento y lugar —hacerla no requiere de actos con el presidente de la República— ha permitido que permanezcan y se acrecienten males como el clientelismo y la retórica estatista que sigue permeando el discurso político en México.
 
 
El sector empresarial mexicano ha perdido liderazgo en los últimos 30 años. Es preocupante que prevalezca en segmentos de la clase política la idea de que los empresarios son por definición abusivos y que sólo velan por sus intereses egoístas. Que se asegure que sus opiniones son ilegítimas por ser ellos y que incluso se menosprecie y denoste su participación en política. Que su voz esté desautorizada a priori en amplios segmentos universitarios, políticos e intelectuales. Que así sea es fruto de la retórica de la Revolución mexicana, pero también de la falta de acción, creatividad y liderazgo del sector empresarial que ha hecho poco por cambiar estas percepciones y valores sociales.
 
 
Aunque México tiene cada vez más empresarios con éxito global, hay pocos líderes empresariales con el arrojo para jugar un rol social y político en beneficio del desarrollo de México. Aunque hay algunos empresarios mexicanos en la lista Forbes 500, la mayoría de ellos cuidan sus intereses, se acomodan para tener buenas relaciones con el gobierno y salen a la luz de manera reactiva sólo cuando decisiones del gobierno afectan sus intereses económicos inmediatos, como fue el caso de la reforma hacendaria.
 
 
La Coparmex ha sido tradicionalmente un organismo activo, propositivo y combativo. El Consejo Coordinador Empresarial (CCE) ha retomado presencia pública con su actual presidente, pero durante mucho tiempo estuvo en la penumbra. El G-10, organismo que reúne a la cúpula de Nuevo León, ha optado en los hechos por fomentar la filantropía comunitaria en Monterrey lejos de entrometerse de forma organizada y sistemática en asuntos nacionales. Y el presunto organismo cúpula de cúpulas, el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (CMHN), brilla por su ausencia pública aunque se sabe del cabildeo que realiza con el gobierno.
 
 
Hace pocos meses platicaba con un grupo de empresarios de una entidad del país. Se quejaban del hermano del gobernador quien decían pedía una comisión cada vez mayor para otorgarles contratos de gobierno. Les pregunte qué habían hecho para combatir tal abuso y su respuesta fue una mirada al suelo. Los exhorté, como miembros de la Coparmex de esa entidad, a que denunciaran ese agravio en una rueda de prensa y su respuesta fue el silencio. Al final uno de ellos dijo: “Nadie iría. Todos prefieren cuidar su relación con el gobernador, a veces de manera cómplice, que dar la cara y luchar por un mejor clima de negocios”.
 
La anécdota es reflejo de un confort mediocre que en ocasiones asumen algunos empresarios en México. Después de haber perdido la batalla política de la reforma hacendaria, el hecho debería detonar una reflexión crítica del papel de los organismos empresariales. Como mexicano que creo en los valores de la innovación, el libre mercado y el emprendedurismo, quisiera que los organismos empresariales fueran eficaces en delinear una visión de país que ayude a detonar la iniciativa ciudadana y su vocación empresarial; que promuevan empresarios innovadores más que trepadores al amparo de contratos de gobierno. Que denuncien la corrupción del gobierno, pero también la de sus colegas empresarios.
 
 
La experiencia de 2013 debería ser un punto de inflexión para construir un nuevo liderazgo empresarial. México requiere no sólo que sus empresarios generen empleos; requiere de sus ideas, talento y participación política, no para ser diputados como pide Funtanet, sino para cambiar el alma estatista de México.