Opinión

Cerrar la herida

¿Hay dolor más grande que perder a un hijo, una hija? Sí, la de que esa pérdida no haya sido natural ni accidental, sino producto de la voluntad de otro.

Pero hay otro dolor aún mayor: perder a una hija, un hijo, sin saber dónde está, si está vivo o no, qué padece y qué necesita.

Por eso la reducción de cuerpos a ceniza de ceniza, la intención de borrar rastros, de desaparecer a un ser humano, es una crueldad mayúscula. Violencia sobre violencia.

De corresponder los hechos a las investigaciones de la Procuraduría General de la República, cabe preguntarse si quienes así actuaron en Iguala lo hicieron para no dejar huella de su crimen o con el fin de dejar una herida abierta para siempre.

Ojalá la ciencia forense sea capaz de arrojar luz acerca de los restos encontrados, porque el hacerlo arrojará luz a una sociedad atónita y, especialmente, a los padres y familiares de los normalistas de Ayotzinapa.

Ver morir a un hijo es otra forma de morir; extraviarlo es otra forma de agonía, larga y a todas horas; agonía que carcome la vida.

Debe de ser terrible recibir el cuerpo sin vida de una hija, de un hijo, pero al menos la herida, a partir de ese momento y lentamente, empieza a cicatrizar. Se puede llorar libremente, hasta el agotamiento, pero serán lágrimas que sanan.

No volver a saber, no tener la oportunidad del último beso, de poner la mano en la frente del hijo que se ha ido, es sobrevivir cada día sin sabores, sin colores, sin ánimo para enfrentar el día.

Por ello las autoridades deben seguir y seguir, hasta que la verdad sea incontrovertible, hasta que al menos la certidumbre nos envuelva en su consuelo.

Es alto el riego que implica una herida abierta. Porque mientras unos no dejarán de padecer, otros intentarán lucrar con el dolor.

Desentrañar el misterio será otra forma de recuperar la libertad y la vida.

Que tengamos certezas.

Que los padres y familiares de los estudiantes puedan poner encima de su dolor -enorme tarea- su capacidad de valorar con lucidez las pruebas que se les ofrezcan respecto de lo que de sus hijos determinen las indagaciones.

Que no haya impunidad.

Que sigamos siendo solidarios.

Que no haya quienes, arropados alegremente por una tragedia que no sienten y que nos les importa, sigan generando miedo y zozobra y ejerciendo violencia.

Que no demos cabida ni credibilidad a quienes celebran cada fallecimiento de nuestro difícil tiempo como trampolín y amparo de su afán destructivo.

Que no haya más personas o grupos que ven en el drama colectivo un botín para romper, incendiar y destrozar edificios y ánimos.

Que nadie, de buena o mala fe, crea que la violencia nos devolverá la paz.

Que los 43 jóvenes estén vivos y que, en todo caso y si así es, tengamos la certeza de su fallecimiento.

Que cerremos la herida.

Que de la tierra, que cobija siempre, renazca la flor de la vida.