Opinión

Cataluña, ¿una tragicomedia de errores?

    
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Cataluña

“Ni sí, ni no, sino todo lo contrario”, ha sido la respuesta de Carles Puigdemont desde que el gobierno de España lo ha urgido a confirmar si declaró –o no– la independencia de Cataluña el 10 de octubre. Ese día, Puigdemont proclamó en el Pleno del Parlamento regional la república catalana, para luego suspender inmediatamente los efectos de ese acto y solicitar la mediación internacional con el Estado español. La Generalitat catalana afirma que esta decisión parte de la voluntad de la abrumadora mayoría que votó a favor de la independencia en el referéndum del 1º de octubre (1-O). No obstante, esa jornada electoral se realizó sin apego a la legalidad.

Como resultado, España vive la crisis política más grave que ha enfrentado en tiempos democráticos. En las últimas semanas, se han visto concentraciones multitudinarias, tanto a favor de la unidad española –en las que ha participado gente que se había mantenido al margen–, como otras para sostener la voluntad 'soberana' del colectivo catalán. El rey, en su inoportuno mensaje a los españoles, instó a mantener el orden constitucional de una manera que ayudó poco a la reconciliación.

La inusual atención internacional antes del referéndum y los días posteriores fue sorprendente. Por una parte, varios gobiernos extranjeros y medios internacionales expresaron su preocupación por los enfrentamientos del 1-O. Varias ONG acusaron al gobierno de responder con una acción policiaca desproporcionada. Al mismo tiempo, numerosos países han rechazado una declaración unilateral de independencia y ninguno ha mostrado interés de mediar en un conflicto interno. La Unión Europea y sus principales líderes han respaldado la indivisibilidad de España.

Además de esta crisis política y social, las consecuencias también han sido costosas para Cataluña en lo económico. Más de 500 empresas
–entre ellas algunas emblemáticas como La Caixa y Freixenet– se han trasladado de Barcelona a otras ciudades. Podrían no volver, como ocurrió en los años 1990, cuando Montreal dejó de ser la capital financiera de Canadá por el movimiento independentista de Quebec. El turismo, una de las principales actividades económicas de la región, ha caído 30 por ciento.

Ha habido algunos efectos positivos, notablemente la discusión abierta sobre la necesidad de reformar la Constitución, que era impensable hasta hace algunos meses. La Carta Magna de 1978 ha sido intocable y sus reformas son escasas, tanto que mantienen un anacronismo como la preferencia del hombre sobre la mujer para acceder al trono. Por eso llama la atención que la reforma constitucional –y la de las autonomías– cobre fuerza como la solución preferida para la crisis. Al gobierno (PP) y a sus aliados (Ciudadanos) le ofrece una imagen de apertura a las transformaciones del país y a la oposición moderada (PSOE) le da la oportunidad de jugar un papel central en una controversia nacional.

Puigdemont está atrapado. Al mismo tiempo que responde con ambigüedad al gobierno nacional, se aparta de sus aliados más radicales de la coalición independentista –su vicepresidente Oriol Junqueras de la Esquerra Republicana de Catalunya y la CUP– al no proclamar de manera contundente el Estado catalán. En estas condiciones es insostenible que siga como presidente de la Generalitat. El gobierno y las cortes pueden obligarlo a celebrar elecciones autonómicas anticipadas o sus antiguos aliados podrían empujar su salida.

Después de los incidentes bochornosos del 1-O, el gobierno nacional ha sido más cauto al referirse a la aplicación del artículo 155 constitucional, que podría llevar a suspender el estatuto de autonomía. Rajoy, en gran medida por torpeza –a semejanza de sus predecesores–, no tomó medidas oportunas y adecuadas para evitar la radicalización de las aspiraciones catalanas. También es incomprensible porque el presidente tomó la decisión de impedir la votación de un ejercicio que claramente no tenía ningún sostén legal. Del otro lado de la moneda, el gobierno catalán se empecina en un laberinto sin salida. Exige un Estado exclusivo, que no respalda la comunidad internacional, y que parece cada vez más inviable. En suma, estamos frente a una verdadera tragicomedia de errores, cuyo desenlace aún desconocemos, pero que pone contra la pared a la democracia española.

Twitter: @lourdesaranda

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