Opinión

Andanzas en el Colegio Nacional

06 noviembre 2017 5:0
 
1
 

 

Colegio Nacional

Uno. Era mi primera excursión capitalina después del pasado 19 de septiembre. Colonia Centro, Primer Cuadro, hoy por hoy Centro Histórico de la Ciudad de México (que, aclaro, seguirá llamándose Ciudad de México y no, Dios nos guarde, CDMX, y seguirá Distrito Federal en tanto sede de los Poderes Federales, hasta en tanto algún atolondrado Estado de la República no los reclame, con todo y lo que gastan manirrotos y dan que hablar). Colegio Nacional, con su doble entrada, por Donceles y González Obregón.

Dos. Atendía gustoso la invitación de Vicente Quirarte para disparar el primer tiro en “Juventud, poesía y revolución. Revistas Literarias mexicanas del Siglo XX”, que le tocó programar dentro del ciclo “Tiempo de Revoluciones” (en el marco del “2° Encuentro Libertad por el Saber”, que tanto me sonó a aquel encuentro que Octavio Paz le preparó, sin conseguir redimirla, a Televisa). Llegué al Antiguo Archivo de Notarías, remodelado por Teodoro González de León en la era salinista, como suelo hacerlo, con holgada antelación. Para “reportear”.

Tres. Alejandro Cruz me sugirió un café en Donceles, pero me ganó la ruta rumbo al remozado Templo Mayor, que aún no recorría. ¿Cómo no recordar aquel pasaje de las “memorias” de López Portillo, en el que, redescubierto el centro ceremonial, tuvo en su voluntad imperial decretar el perímetro de las excavaciones hasta la Alameda? ¿Cómo no evocar mis tiempos de “investigador” en el Archivo Judicial de la Federación, y de Secretario de Estudio y Cuenta, en la Suprema Corte de Justicia de la Nación? Mis rumbos sesenteros. En EDUCAL busqué el tomo de las obras de Guillermo Prieto, el de Memorias de mis tiempos, que por invitación de Eugenia Meyer, prologué tiempo ha. Inútil búsqueda. Título fundamental “descatalogado”. Habrá que reeditarlo (a ver cómo).

Cuatro. Compartí el escenario, jornada matutina, con Anuar Jalife, Anthony Stanton y Evodio Escalante. Auditorio colmado. Mi asunto: “Los muchos sa(v)ios de 1906”, vaya, la aventura de apenas 5 números pero fundacionales de la revista juvenil Savia Moderna. Tarjeta de presentación del futuro Ateneo de la Juventud. Hice explícito el tácito reconocimiento a José Luis Martínez, editor cuando dirigió el FCE de la serie “Revistas Literarias Modernas Mexicanas”, de súbito interrumpida al cambio de administración. Cumplimos a cabalidad nuestra misión de situar revistas y contexto de su historia (que es la de la literatura patria del siglo XX).

Cinco. De Savia Moderna destaqué sus episodios extra-literarios. Digamos la exposición que inventó la Nueva Pintura Mexicana. Digamos el agarrón con Manuel Caballero y su malhadada resurrección de la Revista Azul de Gutiérrez Nájera, intentado propagar una estética de los tiempos de María Castaña (si a usted le interesa, la tengo facsimilarmente editada, previo estudio introductorio, en Tarda necrofilia).

Seis. Gratísima la hora de la comida. Gratísimo palique con Sylvia Navarrete. Lamenté no poder quedarme a la sesión vespertina.
Siete. La sesión de preguntas tuvo su miga. Yo había adelantado que a fe mía el horno estaba para bollos, que repiqueteaba insistente la hora de una nueva gran revista, por encima de la enrevesada y burocrática vida cultural nuestra, y expresiva de la honda crisis que atraviesa a la sociedad mexicana (no sólo a los cárteles subvencionados, los partidos y partiditos políticos al mejor postor).

Siete. ¿Qué papel podría jugar el “millennial”, después de la reciente experiencia civil de rescate y organización entre los escombros que enlutaron la Roma, la Condesa, la del Valle, Xochimilco, la Portales? Lo indudable es que la economía para tejer redes, abrir blogs (sé de lo que hablo) y demás parafernalia en un tris de “viralizarse”, torna innecesaria la bendición y el apoyo material oficiales que marcaron a algunas de las generaciones intelectuales, hacedoras de revistas, del siglo XX. El punto es la interconexión entre las Galaxias Gutenberg y Gates. No basta, no, el soporte electrónico.

Ocho. Regresé al profundo sur convencido de que, como en todo areópago, podrá discutirse si en el Colegio Nacional están todos los que son (polémica impensable al momento de su apertura en 1943, y no olvidar la voluntad política que lo hizo posible, la de Manuel Ávila Camacho). Lo incuestionable, dicho con rigor, es su hotelería académica. Instalaciones, servicios, calidad humana.

También te puede interesar:
¡Pa’ su mecha!
Fondos removidos
Taxco: la hora de la verdad