Opinión

Aires del Sur


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Aires del Sur

En muchas ocasiones estar de viaje me permite reflexionar sobre lo que soy y sobre la vida que vivo. Te alejas de tu rutina y realidad, valoras lo que has logrado y afianzas o rectificas el camino trazado para conseguir metas de tiempo atrás.

Mi afición a los toros últimamente ha tenido como nubarrón la necesidad de contar con argumentos para defenderla, lo cual visto a la distancia es un total atropello para la libertad que tanta sangre ha costado a la humanidad y que desgraciadamente está lejos de quedar en plena función.

La fiesta nacional, como bien se le conoce en España a la fiesta de los toros, es sin duda una de las imágenes más reales y fuertes que tiene este país ante el mundo. La historia de España está llena de conquistas y derrotas; su espíritu indomable junto con su enorme riqueza religiosa, cultural, gastronómica y turística, confluyen en algún punto con el toro, con su veneración y pasión en la forma de vivir y entender la vida.

Andalucía es un mundo aparte. Esta comunidad autónoma al sur de España es una región en el planeta donde la cultura del toro y el toreo está manifiesta en cada rincón y en la forma de ser de su gente, incluso de la no aficionada. Su arquitectura impregnada de la cultura mora es una clara manifestación artística que muestra la aceptación de la historia y las tradiciones de un pueblo, para formar su identidad muchos años después. Lo podemos observar en Córdoba y su maravillosa Mezquita, construida a lo largo de cientos de años, bajo diferentes califatos, mismos que el toreo adoptó para nombrar a sus cinco califas cordobeses, encabezados por Lagartijo, Guerrita, Machaquito, Manolete y el más reciente abonado en 2002, Manuel Benítez El Cordobés. Cuenta la ciudad cordobesa con un magnífico museo taurino, sobrio, elegante, sin alardes, con buen gusto, y cuyo honor muestra a los miles de turistas como una parte de la identidad de esta cultura.

Sevilla es, como ciudad, quizá el mejor argumento para defender la cultura del toro, no de la corrida de toros, sino de la forma de vivir la vida entendiéndola como filosofía bajo el profundo amor al toro, a la pasión; pasión que en Semana Santa se desborda con saetas y lágrimas de emoción ante el Paso del Cristo del Gran Poder; pasión por sus toreos, como hace ya una pila de años pude vivir y sentir en carne propia al presenciar un paseíllo, dos lances eternos y una media verónica formidable de Curro Romero en aquella triunfal Feria de abril de 1997.

El agravio a mi pasión y forma de entender la vida, por políticos que pretenden por un movimiento, no por una convicción, prohibir lo que a cientos de miles de personas nos une, que es la fiesta de los toros, es un atentado. Podremos los aficionados no ponernos nunca de acuerdo en cuanto a lo que sucede en el ruedo, pero en lo que sí estamos de acuerdo es en que la emoción y pasión que nos despierta el mundo del toro debe ser respetada y protegida por aquellos por quienes votamos para que ejerzan la política, lo cual es distinto a mandar sobre nosotros.

Los políticos son una pieza dentro de la sociedad, esta pieza lleva años ya devaluada, desgastada y sin funcionar; no tienen claro que están ahí por los ciudadanos, por muchas células de una sociedad que conforma un gran núcleo de seres que estamos para ser atendidos y no para ser acorralados; malgastan nuestros impuestos; no tienen en la mayoría de los casos la convicción de servicio ni mucho menos la preparación para hacerlo; improvisados, oportunistas e incapaces, la mayoría de ellos adopta banderas y proyectos de los cuales desconoce lo elemental. No pretendo que sean aficionados, exijo que por lo menos conozcan y entiendan este mundo que pretenden de un plumazo prohibir. Es un atentado atroz a la historia y a la libertad.

Esta oportunidad de estar lejos de México no hace sino reivindicar el orgullo hacia nuestro gran país, hacia nuestra historia y cultura, impregnadas en todo el mundo con nuestro sentir mestizo, cimentado en tierras tan lejanas como Córdoba o Sevilla, que comparten esta forma de ser bajo su particular interpretación, pero que en esencia es la misma.

Apreciar una corrida de toros no es para todos, se necesita sensibilidad y capacidad de vivir bajo las emociones, con el corazón. No es necesario conocer y dominar la amplia terminología, ni los múltiples matices del toro en su comportamiento; es necesario abrir el alma a las sensaciones y a la expresividad de un arte rico en tradiciones, que por sí mismo es capaz de despertar muchas otras manifestaciones artísticas. Por algo será.

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