Opinión

A mis “followers”

UNO. La Gaceta de la Universidad Nacional Autónoma de México, correspondiente al lunes 20 de octubre de 2014, publicó la aguardada lista de Premios Universidad Nacional, máxima presea. Me cuento en su número. Disparo, no al ego, tan rebuscado, sino al primitivo corazón.

DOS. Claro me queda que el reconocimiento es autorreconocimiento: a las condiciones afortunadas, excepcionales diría, que me autorizaron tocar todas las teclas del instrumento unameño. Escolapio en licenciatura, que me hizo por no poco tiempo abogado penalista (época en la que la asociación delictuosa, hoy común delincuencia organizada, era prietito en el arroz); en la maestría, ocasión de “amarrar” la irrefrenable inclinación a las patrias letras, una de sus más intensas lumbres, del siglo XX (siglo, me temo, desaprovechado, perdido); en el doctorado, ocasión a su vez de fijar mis “temas”: las historias, tan compenetradas, del Porfiriato (que Alfonso Reyes nos enseñó a distinguir de Porfirista y Porfiriano) y la Revolución Mexicana absurdamente menospreciada por la, de otra suerte brillantísima, Generación de Medio Siglo. Insuficiencia crítica que cundió.

La formación preparatoria, luego de recorrer, constante expulsado, las primarias de Taxco, Guerrero (estado a la fecha de los mil demonios), en una institución de la ciudad de México ahora impensable: la Universidad Militar Latinoamericana. Recuerdos: visita, de paisano a paisano, al rector Ignacio Chávez y a la muestra de su colección de íconos de la Galería Aristos; examen de admisión, primera camada.

A la formación escolarizada agrego, la no menos decisiva expo cátedra que, en el diario fragor de la vida universitaria me brindara una extensa lista de jefes, colegas, compañeros de oficina, colaboradores. Esto, universidad abierta, en el transcurso de seis décadas. Se dice fácil.

TRES. Alumno, académico, administrador, político; difusión, investigación, docencia; programador, editor, conferencista, radiodifusor, representante, miembro de comisiones y cuerpos colegiados (ambos, lo sé, todavía de inexplorado futuro); directivo, jefe de departamento, director, director general, coordinador. “Creativa esquizofrenia”, suelo afirmar, a la que nos conduce una de las más avanzadas legislaciones de hispanoamérica; mezcla perfecta de aprendizaje histórico (de 1898 a 1944); utopía, brillantes fórmulas jurídicas y técnicas; deber ser, promesa en marcha. Legislación, es verdad, que algunos juzgan no por su contenido, soluciones y posibilidades, sino por el número de cumpleaños. Los milenaristas, los de empezar de cero, los (en mi personal glosario) “abracadabrantes”.

CUATRO. Premio que traduce deudas, tónicos agradecimientos, intra y extramuros. Listado que pone en aprietos a la memoria, hoguera encendida cada 24 horas. Mario de la Cueva, César Sepúlveda y Fernando Castellanos Tena, Manuel Rivera Silva, Alfredo Ruiseco Avellaneda y Alejandro Gómez Arias, Luis Guillermo Piazza, Emmanuel Carballo, Luis Mario Schneider, Fernando Tola, Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez, Alejandro Jorodowsky, Juan José Arreola, Tito Monterroso, Carlos Illescas, Luis Cardoza y Aragón y su Lya, Beatriz de la Fuente, Miguel León Portilla, José Luis Cuevas, José Emilio Pacheco en breve pero intensa y aleccionadora amistad (si yo llegara a escribir “Inventarios”). Y, señaladamente, el trío que me guía en el campus: Henrique González Casanova (inmediato flechazo), Rubén Bonifaz Nuño (por años, juego de “vencidas”), Gastón García Cantú (animada historia cultural).

¿Y los equipos de que formé parte? Guillermo Soberón, Diego Valadés, Jorge Carpizo, Hugo Gutiérrez Vega, Gerardo Ferrando, Jorge Fernández Varela. ¿Y los equipos que yo formé, orgullo de mi paternalismo? ¿Tanta tertulia? ¿Y, maravillosamente, los hijos tan amados como admirados? ¿Y, no menos maravillosa, la bolerística, tanguera, tormentosa vida sentimental hoy por hoy serena?

CINCO. Se abisma la memoria en el capítulo 'principales satisfacciones'. Intramuros: incluirme entre quienes, a la acción política y administrativa, la sazonaron el permanente estudio de la UNAM, hazaña intelectual; y el empeño de echar abajo una de las tesis que decidieron, en 1833, el cierre de la Real y Pontificia Universidad de México, organismo irreformable. Y, extramuros, mantenerme de ideología anarcoliberal; no haber tomado partido (antes oponerme) en la guerra sucia cultural que siguió a los 60. Hora de facciones, de lealtades juramentadas, facciones, contratismo, tlatoanis, beatificaciones; deprimente panorama si se le compara con la escena cultural de los 40 y los 50, escasa de recursos (hablo de presupuestos). Esto, mientras descendía el lectorado, desaparecían las librerías y las editoriales alternativa.

Invita el rector Narro Robles, en su preciado comunicado, a seguir dándole. No hay de “ostras” diría el tocayo Del Paso.