El año 2025 cerró como el mejor para el capital de riesgo mundial desde 2021: más de 400 mil millones de dólares invertidos en startups, según la OCDE. Dentro de esa cifra hay otra que define la época: 61 de cada 100 dólares fueron a parar a compañías de inteligencia artificial, 258.7 mil millones en total, el doble de la proporción de hace apenas tres años. Y dentro de ella, rondas individuales que desafían la imaginación: OpenAI levantó 40 mil millones de dólares en una sola operación, a una valuación de 300 mil millones; Anthropic cerró una Serie F de 13 mil millones. Hay rondas de financiamiento privado que superan el producto anual de países enteros. Conviene entender lo que estos números significan de fondo: el venture capital no es una moda financiera ni un casino de Silicon Valley. Es el mecanismo con el que el mundo decide, hoy, qué industrias existirán dentro de veinte años. Quien participa de ese flujo participa del diseño del futuro; quien no, lo compra hecho.
México tiene en este terreno una historia mejor de la que solemos contarnos. Desde 2018, y a veces sin que el país lo valorara en su justa dimensión, este sector ha funcionado como una verdadera palanca de inversión extranjera: los fondos globales de mayor prestigio voltearon a ver a las startups mexicanas y trajeron capital fresco que no costó un peso de presupuesto público. SoftBank creó un fondo de cinco mil millones de dólares dedicado a América Latina y lo estrenó en México invirtiendo en empresas de pagos, crédito y comercio digital; detrás llegaron General Atlantic, DST Global, Tiger Global, Coatue, QED, Kaszek, y hasta casas como Goldman Sachs financiando fintechs mexicanas. Y la historia no es pasado: este mismo año, Andreessen Horowitz —una de las firmas más legendarias de Silicon Valley— realizó la mayor inversión de su historia en una sola compañía de América Latina, 200 millones de dólares dentro de una ronda de 300, y la hizo en un unicornio mexicano. Los resultados agregados están a la vista: somos el segundo mercado de capital de riesgo de la región; nuestro ticket promedio —11.4 millones de dólares por ronda en 2025— es el más alto de Latinoamérica; las tres mayores operaciones latinoamericanas del año pasado fueron protagonizadas por fintechs mexicanas; el país acumula una decena de unicornios, y los gestores locales han demostrado que aquí se generan retornos de clase mundial: hay fondos mexicanos que devolvieron a sus inversionistas tres veces el capital. En 2025, México captó cerca de 980 millones de dólares en 86 rondas, dentro de un total regional de 4.5 mil millones registrado por LAVCA. La palanca existe y ha probado su fuerza. La pregunta correcta no es si funciona, sino cuánto más puede dar.
Porque la lección de fondo rebasa a la tecnología. El venture capital es apenas la puerta de entrada de un universo mucho mayor: el del capital institucional privado que hoy recorre el mundo buscando dónde construir. En ese universo conviven los fondos de venture y de growth que financian startups, los fondos de private equity que consolidan empresas medianas, y —el eslabón que más debería interesarnos en esta hora— los grandes fondos de infraestructura que financian puertos, parques industriales, plantas de energía, agua, centros de datos e infraestructura en todo el planeta. Todos esos vehículos responden a la misma lógica y exigen las mismas condiciones. Un país que se vuelve atractivo para el capital de riesgo —el más exigente y el más impaciente de todos— se vuelve, casi por definición, atractivo para todo lo demás. Por eso la conversación sobre startups no es una conversación de nicho: es el laboratorio donde un país demuestra si sabe recibir capital productivo de largo plazo. Y esa capacidad, en un mundo donde el presupuesto público de todas las naciones está bajo presión, es la gran palanca de inversión disponible: no solo para crear tecnología, sino para desarrollar industria.
¿Qué significa, en términos generales, volverse más atractivo? Tres cosas que la experiencia internacional ha destilado con claridad. Primero, certidumbre jurídica operativa: reglas societarias y contractuales estandarizadas que permitan a un inversionista global entrar, gobernar su inversión y salir con previsibilidad, porque ningún fondo invierte donde no puede vender. Segundo, capital doméstico movilizado: la reforma más rentable de la historia financiera moderna ocurrió en Estados Unidos en 1979, cuando una reinterpretación de la regla del “hombre prudente” de la ley de pensiones permitió a los fondos de retiro invertir una fracción de sus portafolios en capital de riesgo; no costó un dólar de gasto público y construyó, en buena medida, el Silicon Valley que hoy conocemos. Tercero, un Estado catalizador que sabe salirse: Israel lo demostró en 1993 con el programa Yozma, cien millones de dólares públicos en un fondo de fondos que coinvertía con gestores privados internacionales, con la cláusula decisiva de que los socios podían comprar la participación estatal si el fondo triunfaba; en una década, Israel pasó de no tener industria de venture capital a ser la “nación startup”.
México no parte de cero; parte de la mitad. Tenemos desde hace dos décadas un vehículo societario flexible pensado para recibir inversión institucional, una Ley Fintech que fue pionera regional y —el paralelo exacto con la lección de 1979— los CKDs y CERPIs, instrumentos que ya permiten a las Afores invertir en capital privado e infraestructura, con billones de pesos bajo administración y una asignación todavía modesta frente a su potencial. La industria estima que el capital privado podría canalizar hasta 28 mil millones de dólares anuales al país. La distancia entre esa cifra y la actual no se cierra con discursos: se cierra afinando estándares, liberando gradualmente y con prudencia el capital de pensiones, y construyendo vehículos catalizadores modernos que aprendan de las experiencias que funcionaron.
La conexión final es la que importa. Un país que ha decidido apostar por la relocalización de cadenas productivas, por polos de desarrollo, por puertos, trenes e infraestructura energética, necesita todos los motores encendidos: el presupuesto público y la banca son dos; el capital institucional privado —del venture capital a los fondos de infraestructura— es el tercero, y el mundo lo tiene funcionando a máxima potencia como nunca en su historia. México ya demostró, con sus startups, que sabe atraerlo. La tarea de esta década es escalar esa palanca del tamaño de un sector al tamaño del país.
