Visión Compartida

El territorio como actor. Las Representaciones estatales en la CDMX

El territorio que quiere atraer inversión, construir alianzas y posicionarse estratégicamente necesita su propia voz, su propia presencia y su propia capacidad de gestión en los espacios donde se toman las decisiones que lo afectan directamente.

Hay una transformación que lleva décadas ocurriendo en el sistema internacional y que México apenas comienza a procesar plenamente: los territorios subnacionales han dejado de ser unidades administrativas pasivas para convertirse en actores con agenda propia, con capacidad de interlocución directa y con algo concreto que ofrecer al mundo. Esta realidad tiene nombre en la teoría de las relaciones internacionales — paradiplomacia — y su expansión global no es un accidente ni una anomalía. Es la consecuencia lógica de un mundo donde las decisiones de inversión, los flujos de capital, las cadenas de suministro y los acuerdos de cooperación se negocian cada vez más con precisión territorial.

Lo que cambió en las últimas cuatro décadas no fue la voluntad de los territorios de proyectarse hacia afuera, sino el contexto que hace esa proyección no solo posible sino necesaria. La globalización fragmentó las cadenas productivas y las distribuyó geográficamente. El capital institucional — fondos de infraestructura, inversión extranjera directa, fondos de pensiones — aprendió a evaluar territorios con la misma sofisticación con que evalúa empresas: buscando activos verificables, marcos jurídicos predecibles, capacidad de ejecución demostrada y visión de largo plazo.

En ese entorno, la pregunta relevante para un inversionista que considera relocalizarse ya no es únicamente en qué país invertir, es en qué territorio específico dentro de ese país. Y esa pregunta requiere interlocutores que conozcan el territorio, que puedan hablar de sus ventajas con datos y no con retórica, y que tengan presencia activa en los espacios donde esas decisiones se discuten.

Ahí es donde la paradiplomacia adquiere su sentido práctico más concreto y su justificación más clara. No como tensión con el poder central — la paradiplomacia que funciona opera en coordinación plena con la visión nacional — sino como el instrumento mediante el cual un territorio con agenda real, con proyectos en marcha y con modelo de desarrollo probado, se hace presente en las conversaciones que importan.

Los Länder alemanes en Bruselas, las provincias canadienses en Asia, las comunidades autónomas españolas en múltiples capitales del mundo, todos comparten una lógica común: el territorio que quiere atraer inversión, construir alianzas y posicionarse estratégicamente necesita su propia voz, su propia presencia y su propia capacidad de gestión en los espacios donde se toman las decisiones que lo afectan directamente.

En México, esta realidad llegó más lento que en otros contextos. El federalismo mexicano operó durante décadas como una arquitectura más nominal que real: los estados ejecutaban programas federales, recibían transferencias y tenían escasa capacidad de interlocución estratégica propia más allá del protocolo político. Pero hay una dimensión de este problema que suele pasar desapercibida en el debate público y que merece atención específica: la presencia de los estados en la Ciudad de México.

La Ciudad de México no es solo la capital administrativa del país, es el espacio donde se toman las decisiones que definen el destino de cada entidad federativa. Ahí se negocia el presupuesto, se define la prioridad de los proyectos de inversión federal, se acuerdan los esquemas de coinversión, se establece el diálogo con el sector privado nacional e internacional, se articulan los organismos multilaterales y se construyen las alianzas estratégicas que determinan qué territorios capturan los recursos y las oportunidades que el país genera.

Un estado que no tiene presencia activa, articulada y estratégica en ese espacio no solo pierde información, pierde posición. Pierde la capacidad de incidir en las decisiones que lo afectan, de gestionar directamente los proyectos que requieren coordinación federal, de posicionarse ante los actores que evalúan dónde invertir, y de articularse con los instrumentos que el gobierno central pone a disposición de los territorios con agenda probada.

Esa es la razón de fondo por la cual las representaciones estatales en la Ciudad de México tienen hoy una relevancia estratégica que durante mucho tiempo no se les reconoció. Cuando funcionan como simples oficinas de enlace administrativo, cumplen una función limitada. Cuando operan como plataformas activas de diplomacia territorial — gestionando proyectos, construyendo alianzas, articulando al territorio con los espacios de decisión — se convierten en un multiplicador del desarrollo regional.

La distancia entre el territorio y el poder ya no se mide en kilómetros: se mide en la calidad, la consistencia y la profundidad de la presencia institucional que ese territorio mantiene en la capital donde las grandes decisiones se toman.

Yucatán entiende esta lógica y la practica. El gobernador Joaquín Díaz Mena tomó desde el inicio de su administración una decisión estratégica que va más allá del protocolo: convertir la Representación del Gobierno del Estado en la Ciudad de México en una plataforma activa de diplomacia territorial, no en una extensión burocrática. Bajo esa visión, la oficina opera como articuladora permanente entre el gobierno estatal y las dependencias federales en los proyectos del Renacimiento Maya, como interlocutora con el capital privado nacional e internacional que evalúa oportunidades en el sureste, como presencia activa en los foros donde México construye su agenda de competitividad regional, como plataforma de posicionamiento de Yucatán ante organismos multilaterales y del sector social que siguen de cerca el modelo de desarrollo territorial del estado y como enlace con la gran comunidad de yucatecas y yucatecos que radican en la capital del país.

Haber tomado esa decisión estratégica, es la diferencia entre un territorio que espera que el desarrollo le llegue y un territorio que sale a construirlo. Y en un federalismo que madura — donde la nueva arquitectura del desarrollo premia a los territorios con proyectos verificables y presencia institucional activa — la presencia en la capital del país debe de traducirse en recursos, en alianzas y en posición estratégica. En el mundo que viene, donde las oportunidades eligen territorios y no solo países, la presencia en la capital no es un gasto administrativo. Es una necesidad de posición, interlocución y promoción.

Víctor José López Martínez

Víctor José López Martínez

Abogado internacional mexicano, socio fundador de Sánchez- Labrador & López Martínez S.C. (SLLM) y actualmente Representante del Gobierno del Estado de Yucatán en la Ciudad de México.

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