El interminable debate sobre la Conquista del actual México ha subido de intensidad en los últimos años, generando posiciones polarizadas de uno y otro lado del mar. En este, me llama poderosamente la atención que desde España se alcen voces defendiendo, reivindicando y exaltando la Conquista y a los conquistadores. Un poco menos sorprendente es que en México se asuman posiciones que también parten de suponer a los españoles contemporáneos como herederos de aquellos invasores.
El hecho histórico fundamental que estos planteamientos olvidan es que la descendencia de los conquistadores y posteriormente colonizadores se quedó principalísimamente en México. Una proporción muy importante de los españoles que llegaron transitaron de conquistadores a colonizadores, permaneciendo en territorio americano y dejando en él su descendencia. Incluso, la gran mayoría de los que regresaron a España teniendo hijos hispanoamericanos, dejó a sus hijos en las tierras conquistadas. De manera inmediata, además, se produjo una continua llegada de colonos que buscaban oportunidades económicas y sociales.
Esto significa dos cosas:
1. Que los conquistadores, con sus imaginarias virtudes, son antepasados de los mexicanos de hoy, no de los españoles que los exaltan.
2. Que esas personas, con sus auténticas atrocidades, son antepasados de los mexicanos que las repudiamos, no de los españoles que las justifican.
En este contexto, no pueden dejar de destacar las versiones idílicas del mestizaje, por su oposición a la realidad evidente. El mestizaje, en sus primeros momentos, desde la Malinche, resultó directamente de violaciones. La Malinche no fue mujer de Cortés porque cayera rendida a sus pies, enamorada por sus románticas serenatas. Fue entregada a este en calidad de esclava, como parte del botín de una batalla. Él se la entregó provisionalmente a uno de sus capitanes para posteriormente recuperarla, al tiempo que la utilizaba como intérprete y, finalmente, la casaría con otro de sus subordinados. Y por supuesto que esta mujer, viviendo esa espantosa situación, hizo lo que pudo para sobrevivir, incluyendo sus tareas como intérprete lingüística y cultural. Ese dominio, primero físico y después, sobre todo, socialmente violento de los hombres del país invasor sobre las mujeres del país invadido, arquetípico, por cierto, de las relaciones de subordinación social, dejó un indeleble rastro genético y patronímico, vivo en la población actual de México. Así, el ADN mitocondrial del grueso de la población del centro, sur y sureste de México corresponde a mujeres indígenas, principalmente, y solo minoritariamente a europeas. Hasta el día de hoy, el apellido más frecuente en México es Hernández, hijo de Hernán, por generalización, hijo del conquistador.
Celebrar entonces este tipo de brutalidades, la referida es solo una entre muchas, me parece inaceptable en cualquier contexto; pero tomarlas prestadas de los actos del hermano del tatarabuelo del tatarabuelo que se fue a hacer las Américas, y presumirlas como propias me parece del todo absurdo.
En el sentir mexicano, por el contrario, hay una tarea dura que realizar. Entender que somos una sociedad que resultó de la violencia sistemática y prolongada, iniciada por nuestros antepasados. Por ese tatarabuelo del tatarabuelo que llegó a la rapiña y al abuso de los pueblos conquistados, y cuyos descendientes somos los de acá, no dejó hijos en España. Ese reconocimiento no obliga de ninguna manera a celebrar o justificar los abusos del pasado “porque sin eso no estaríamos acá”. Acá estamos y no debemos ignorar la violencia de la Conquista. El hijo de un violador no tiene ninguna obligación de justificar el acto que lo gestó, mucho menos de honrar a su padre.
Por otro lado, es curioso cuando quien esgrime la versión épica de la Conquista no desciende del conquistador, sino del hermano que no tuvo ni el “arrojo” ni la “gallardía” para hacerse conquistador; es doloroso cuando la versión mexicanista sirve para ignorar que descendemos de forajidos, y acusar de ello a los españoles que descienden de los hermanos que se quedaron por allá y no fueron parte de la violencia de la invasión.
El debate sobre la Conquista y el mestizaje es legítimo y hasta necesario, pero es indispensable que se asiente en la realidad y no en creencias divorciadas de esta.
