El 12 de febrero de 1809 nació Charles Darwin, el naturalista que transformó nuestra manera de entender la vida en la Tierra. Lo que pocas veces se cuenta es que, además de observar especies, Darwin también las probó. Su viaje a bordo del HMS Beagle (1831–1836) no solo fue una expedición científica decisiva, sino también una experiencia gastronómica insólita que revela otra faceta del espíritu explorador del siglo XIX: conocer el mundo implicaba, literalmente, llevárselo a la boca.
En la Inglaterra victoriana, la mesa estaba marcada por la sobriedad protestante y la regularidad doméstica. Pero en altamar, la dieta cambiaba radicalmente. En el Beagle, como en la mayoría de los barcos de la época, los marineros sobrevivían a base de carne salada —principalmente res y cerdo—, galletas duras conocidas como hardtack, legumbres secas y cerveza o ron. El agua potable se deterioraba con rapidez, de modo que las bebidas alcohólicas eran más seguras que el líquido almacenado. La monotonía era parte del viaje.
Darwin, sin embargo, no se limitó a la ración naval. Desde sus años en Cambridge había pertenecido a un grupo informal conocido como el “Club del Gourmet”, cuyos miembros se proponían probar animales poco comunes. Esa curiosidad culinaria lo acompañó en América del Sur. En sus diarios registra con sorprendente franqueza que degustó armadillos, iguanas, pumas e incluso avestruces sudamericanas, conocidas como ñandúes. De uno de estos episodios surge una anécdota memorable: mientras comía un ejemplar joven de ñandú en la Patagonia, descubrió que pertenecía a una especie distinta de la ya conocida. El hallazgo científico ocurrió, literalmente, a mitad del almuerzo.
También probó tortugas gigantes en las islas Galápagos, cuyo sabor describió como particularmente agradable. En aquella época, las tortugas eran alimento habitual para las tripulaciones, pues podían mantenerse vivas durante semanas en la bodega del barco sin necesidad de alimentación especial. Hoy la idea resulta inquietante, pero en el siglo XIX era práctica común en viajes largos. La conservación y disponibilidad determinaban el menú tanto como la curiosidad.
En Argentina y Uruguay, Darwin quedó impresionado por la abundancia de carne vacuna. Observó la destreza de los gauchos para asar grandes piezas al fuego abierto, una técnica que hoy asociamos con la tradición del asado rioplatense. En sus escritos menciona con admiración la sencillez y contundencia de esas comidas al aire libre. La carne fresca, en contraste con la salada del barco, era un lujo inesperado.
La alimentación en expediciones científicas tenía un doble filo, por un lado, la necesidad de subsistir en condiciones adversas; por otro, la oportunidad de experimentar sabores desconocidos. Para los naturalistas del siglo XIX, probar animales era parte del proceso de clasificación. La línea entre observación y consumo era difusa. Comer una especie no era necesariamente un acto de exotismo, sino una forma de comprender su textura, su grasa, su adaptación al entorno. El cuerpo del explorador también era instrumento de conocimiento.
Mirar la dieta de Darwin nos recuerda que la ciencia no ocurre en abstracto, sino en contextos materiales concretos. El viaje del Beagle no solo transformó la biología con la teoría de la evolución; también fue una experiencia atravesada por el hambre, la conservación precaria y el asombro ante la diversidad, incluso en el plato.
Quizá haya algo profundamente humano en esa mezcla de curiosidad y apetito. Darwin buscaba comprender la vida en todas sus formas. Y, en el camino, aprendió que el conocimiento también puede tener sabor.