Sonya Santos

Ormuz: antes del petróleo, el camino de las especias

Por el estrecho circulaban productos que hoy nos parecen cotidianos, pero que entonces eran símbolo de lujo y poder: pimienta, canela, clavo y otras especias; seda china; marfil africano; maderas aromáticas; así como las célebres perlas del Golfo, apreciadas en las cortes de Oriente y Occidente.

El Estrecho de Ormuz es hoy un punto donde la geografía se convierte en poder. Se sitúa entre las costas de Irán al norte y Omán —a través de la península de Musandam— al sur, lo que significa que su control inmediato recae en estos dos países. Sin embargo, su verdadera relevancia trasciende lo territorial: por sus aguas transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, lo que lo convierte en una arteria crítica del comercio global. Por ello, además de la vigilancia regional, potencias como Estados Unidos mantienen una presencia estratégica para garantizar la libre navegación, mientras que otras economías dependientes de la energía del Golfo siguen de cerca cualquier tensión. Así, el estrecho no pertenece del todo a nadie y, al mismo tiempo, importa a todos.

Desde mucho antes del petróleo, fue un umbral por donde transitaban no solo mercancías, sino formas de vida, gustos y culturas enteras. Durante la Antigüedad y la Edad Media, su importancia no residía en lo que producía, sino en lo que conectaba: las ricas tierras de Mesopotamia y Persia con los puertos de la India y las costas del África oriental.

Desde al menos el primer milenio antes de nuestra era, embarcaciones cargadas de bienes recorrían estas aguas impulsadas por los vientos monzónicos. Gracias a ellos, el comercio entre el Golfo Pérsico y el océano Índico adquirió una cadencia casi previsible. Por el estrecho circulaban productos que hoy nos parecen cotidianos, pero que entonces eran símbolo de lujo y poder: pimienta, canela, clavo y otras especias; seda china; marfil africano; maderas aromáticas; así como las célebres perlas del Golfo, apreciadas en las cortes de Oriente y Occidente.

La isla de Ormuz, situada estratégicamente a la entrada del golfo, se convirtió entre los siglos XIII y XV en uno de los enclaves comerciales más prósperos del mundo islámico. Allí, los cronistas dejaron testimonio no solo de la riqueza, sino también de los sabores que definían ese intercambio.

El viajero veneciano Marco Polo, que pasó por la región a finales del siglo XIII, describió la abundancia de productos que llegaban por mar, destacando especialmente el comercio de caballos y especias. Sobre estas últimas, observaba que eran transportadas en grandes cantidades hacia Persia y más allá, formando parte de un circuito que conectaba Asia con Europa.

Más evocador aún resulta el testimonio de Ibn Battuta, quien en el siglo XIV recorrió extensamente el mundo islámico. Al describir los mercados del Golfo, habla de la riqueza de los alimentos disponibles y de la intensidad del comercio:

“En estos puertos se encuentran dátiles en abundancia, pescados de gran tamaño y toda clase de provisiones que llegan de la India y de otras regiones por mar.”

No eran solo productos de lujo los que circulaban por el estrecho. También lo hacían bienes esenciales que sostenían la vida cotidiana y daban forma a las cocinas regionales: dátiles, base de la alimentación en Arabia; arroz y azúcar provenientes del subcontinente indio; tejidos de algodón; y especias que transformaban platos enteros con apenas una pizca.

Otro testimonio relevante proviene del médico y viajero persa Abu Zayd al-Sirafi, quien en sus relatos sobre el comercio marítimo en el océano Índico menciona cómo los barcos transportaban “maderas fragantes, especias y otros bienes raros”, muchos de los cuales eran destinados tanto al consumo como al intercambio en los mercados del Golfo.

El comercio de caballos árabes y persas merece una mención especial. Eran altamente valorados en la India, donde no se criaban ejemplares de igual calidad. A cambio, los mercaderes traían pimienta, piedras preciosas y textiles finos, estableciendo un circuito económico que atravesaba inevitablemente el estrecho.

Durante la Edad Media, bajo el dominio de dinastías islámicas, estas rutas alcanzaron un notable grado de organización. Los puertos del Golfo funcionaban como nodos dentro de una vasta red comercial. El estrecho no era un destino, sino un tránsito obligado: una aduana natural donde las mercancías se concentraban, se tasaban y se redistribuían.

Así, mucho antes de que los petroleros y conflictos bélicos definieran su fama contemporánea, el Estrecho de Ormuz ya era una arteria vital del comercio global. Por sus aguas no solo viajaban bienes, sino también técnicas, sabores y costumbres. En cada saco de especias, en cada cargamento de arroz o azúcar, iba también la historia de un mundo interconectado que, aunque distante en el tiempo, ya anticipaba el nuestro.

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