Este año, los pasillos de ZⓈONAMACO, la feria de arte más importante de América Latina, se vieron inesperadamente habitados por conchas de pan multicolor provenientes de la panaderia Rosetta, el proyecto de la chef Elena Reygadas. Dispuestas en largas mesas de estricta simetría, estas piezas comestibles acompañaron el recorrido matutino de los asistentes, quienes, desde las primeras horas del día, pudimos probar un pan elaborado con la precisión y la sensibilidad que distinguen su trabajo. Comer mientras se caminaba entre los stands introdujo una experiencia sensorial superpuesta: el acto íntimo del buen comer dialogó con el despliegue monumental del arte contemporáneo que ocupaba miles de metros de mamparas. La gastronomía dejó de ser un servicio periférico para convertirse en una presencia silenciosa que activó el cuerpo del espectador.
En estos días, mientras la Ciudad de México se transforma con la llegada de ZⓈONAMACO 2026, el arte contemporáneo vuelve a ocupar museos, ferias, galerías y conversaciones. Se habla de precios, tendencias, materiales y discursos. Sin embargo, entre tanto objeto destinado a ser contemplado, hay una pregunta que merece atención: ¿qué sucede cuando el arte deja de mirarse y empieza a comerse?
La relación entre arte y cocina no es una ocurrencia reciente ni una excentricidad contemporánea. Desde hace siglos, el alimento ha sido un vehículo simbólico fundamental. En la pintura clásica, la cocina y la mesa funcionaron como escenarios donde se cruzaban la vida cotidiana, la jerarquía social y el paso del tiempo. En las escenas domésticas de Velázquez, los alimentos no son simple decorado, son protagonistas silenciosos de una dignidad cotidiana. Los bodegones barrocos, cargados de frutas, panes y carnes, hablaban tanto de abundancia como de caducidad; eran ejercicios de belleza, pero también recordatorios de lo efímero.
Con el paso del tiempo, artistas como Paul Cézanne convirtieron los alimentos en problemas formales, sus manzanas no apelan al apetito, sino a la estructura y al modo de mirar. Picasso, desde el cubismo, descompuso mesas y naturalezas muertas para replantear la percepción. Salvador Dalí, obsesionado con el pan y los rituales culinarios, entendió la cocina como un territorio tan simbólico y surreal como cualquier lienzo.
El verdadero giro ocurre cuando el arte deja de representar la comida y comienza a trabajar con ella directamente. En los años sesenta, Daniel Spoerri fija mesas con platos sucios y restos de comida, congelando el instante posterior al acto de comer. La cocina se convierte en archivo, en huella del cuerpo ausente. Poco después, Gordon Matta-Clark abre un restaurante experimental donde cocinar y comer juntos forman parte de una obra colectiva. La comida deja de ser imagen para convertirse en experiencia compartida.
Este desplazamiento se radicaliza en el arte contemporáneo. Rirkrit Tiravanija cocina y sirve platillos dentro de museos y ferias; la obra no es el curry verde, sino la conversación que se genera alrededor de la mesa. El espectador se transforma en comensal y el museo, en comedor. El arte ya no se contempla a distancia, se vive.
Otros artistas han utilizado la cocina para señalar tensiones políticas, sociales y culturales. Martha Rosler desmonta el lenguaje de la cocina doméstica para evidenciar las estructuras de género que la atraviesan. Subodh Gupta utiliza utensilios de cocina tradicionales para hablar de migración, consumo y desigualdad en un mundo globalizado. En América Latina, Gabriel Orozco y Francis Alÿs recurren a frutas, mercados, acciones mínimas y rituales alimentarios para observar cómo se organiza la vida común.
Incluso fuera del circuito artístico tradicional, la frontera se ha vuelto porosa. Ferran Adrià, uno de los chefs más influyentes del mundo, fue invitado a una gran exposición internacional de arte contemporáneo no para decorar un espacio, sino para pensar la cocina como proceso conceptual. Su presencia confirmó algo que ya era evidente: cocinar implica técnica, intuición, investigación y creatividad, del mismo modo que cualquier disciplina artística.
En el contexto de ZⓈONAMACO, esta conversación resulta especialmente pertinente. Frente a obras que aspiran a la permanencia, la cocina introduce una pregunta incómoda: ¿puede el arte ser efímero, desaparecer en el acto mismo de ser compartido, y aun así tener valor?
La gastronomía nos recuerda que no toda creación está destinada a durar, pero sí a significar. Comer es un acto profundamente cultural, ya que involucra memoria, identidad, territorio y comunidad. Tal vez por eso tantos artistas recurren hoy a la cocina. Porque conecta con el cuerpo, con los sentidos y con el otro.
Así, este año, el arte contemporáneo supo a una concha de Elena.