Sonya Santos

Redes antiguas: la pesca prehispánica en México

Volver la mirada a estos saberes es reconocernos parte de un legado vivo, capaz aún de enseñarnos a habitar el mundo con humildad y sentido.

Desde épocas muy antiguas, los egipcios, hebreos, asirios y fenicios practicaron la pesca en el Mediterráneo. En América, y en particular en México, los códices ancestrales muestran que la pesca ya se realizaba mucho antes de la llegada de los españoles.

Se trataba de una actividad inherente al quehacer cotidiano de los pueblos originarios, incluidos los del actual territorio sinaloense. Existen reportes arqueológicos que confirman la presencia de prácticas pesqueras antes del contacto europeo. Un ejemplo son las muestras cerámicas halladas en la fase Tierra del Padre (250/300 al 500 d. C.), en la región sur de Sinaloa. Esta etapa corresponde al Periodo Clásico Temprano de Mesoamérica y toma su nombre de un sitio arqueológico específico. Forma parte del sistema de clasificación utilizado por los arqueólogos para entender la evolución cultural de los asentamientos prehispánicos en la región.

Según la historia arqueológica de Sinaloa, la posibilidad de que la ocupación más temprana de la zona se remonta hasta el periodo Formativo Temprano (hacia el 2000 a. C.). Esta etapa, también conocida como Preclásico Temprano, marca el paso de sociedades seminómadas de cazadores-recolectores a comunidades agrícolas sedentarias, no obstante, los datos disponibles sobre este periodo son escasos y poco concluyentes.

Más adelante, hacia el año 300 d. C., estudios de asentamientos en zonas estuarinas revelan un notable incremento en la explotación de moluscos, y se sugiere que esto se debió al arribo de grupos con nuevas técnicas de pesca y un gusto marcado por la carne de molusco. Si bien desde el periodo Clásico ya se tiene registro de su consumo, no fue sino hasta este momento cuando se intensificó. La clave estuvo en la especialización de estos en la pesca y conservación de esta carne —posiblemente mediante el ahumado—, lo que permitió prolongar su vida útil.

Tras la llegada de los españoles, gran parte del conocimiento sobre las culturas indígenas fue documentado por frailes católicos, quienes mantuvieron una estrecha comunicación con los pueblos originarios, entre ellos destaca Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), quien fuera un fraile franciscano, sacerdote y misionero, que vivió en la Nueva España, cuyo escrito Historia General de las Cosas de la Nueva España —también conocida como Códice Florentino— ofrece una valiosa etnografía de los pueblos del centro de México.

En relación con la pesca, Sahagún escribe:

“El que vende pescado es pescador, y para pescar suele usar redes y anzuelos, y en el tiempo de las aguas espera las avenidas de los ríos, y toma los peces a manos. Y para ganar su vida suele vender camarones y pescados de todo género, blancos y prietos, peces barrigudos, renacuajos, todos frescos y crudos.”

Sobre los peces en general, señala:

“Los peces de esta tierra son semejantes a los de Castilla. Llámanse michi. Son semejantes en la cola, que tienen hendida o horcajada, y también en las alillas y en las escamas, y en tener el cuerpo ancho, el cuello grueso, y en ser ligeros, y en que se deslizan de las manos.”

También distingue a los peces marinos:

“Los peces del mar se llaman tlamichi; quiere decir peces grandes que andan en el mar, que son buenos de comer”.

Sahagún describe, incluso, las formas de preparación culinaria en el Capítulo 13, dedicado a los alimentos de los señores:

“Usaban también comer peces en cazuela. Unas de ellas se llaman íztac amílotl; quiere decir ‘peces blancos hechos en cazuela con chilli amarillo’. Otra manera de cazuela, que se llama tomáoac xouilli patzcallo, quiere decir ‘cazuela de peces pardos hechos con chilli bermejo y tomates, y con unas pepitas de calabaza molidas, y son muy buenos de comer’. Otra manera de cazuela se llama cúyatl chilchoyo, quiere decir ‘cazuela de ranas con chilli verde’. Otra manera de cazuela se llama axólotl chilcuzyo, quiere decir ‘cazuela de peces que se llaman axólot, con chilli amarillo’. Comían también michipilli chiltecpio, una manera de pececillos colorados hechos con chiltecpitl.”

Esta rica descripción revela el profundo conocimiento de la fauna acuática que poseían los pueblos originarios y la íntima relación que mantenían con los ecosistemas que los rodeaban. La pesca era parte de su vida cotidiana, una práctica que combinaba habilidad, observación y respeto por la naturaleza. Volver la mirada a estos saberes es reconocernos parte de un legado vivo, capaz aún de enseñarnos a habitar el mundo con humildad y sentido.

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