Simon Levy

El futuro empezó ayer

No es necesario tener fe en el futuro que se aceleró con la pandemia y ya está aquí, hay que entender que esa idea que aseguraba que estudiar 20 o 25 años nos iba a servir para el resto de la vida se acabó.

El pequeño respiro, apenas unos segundos, algo me da vueltas en la cabeza, pienso hasta dónde llegamos y hasta dónde vamos a llegar, en cuanto a la explosión del NFT y el desarrollo cada vez más amplio en diferentes sectores y no se detiene del blockchain.

Algo tan viejo del siglo pasado y tan nuevo en esta época, desde que en 1991, cuando Stuart Haber y W. Scott Stornetta describieron el primer proyecto donde los actos humanos no solo serían verificables permanentemente sino que objetivamente irrefutables mediante una cadena de bloques asegurados criptográficamente.

Esto podría en el pasado sonar mágico pero no lo es; es la tecnología que se come al mundo y que ofrece respuestas seguras, rápidas, eficaces; esta marcha tecnológica no puede ser detenida, en 2008, cuando se hizo popular con la llegada del bitcoin, parecía tan lejano, hoy se usa en otras tantas aplicaciones comerciales.

Si tuviéramos conciencia de que los más tradicionalistas prevén un crecimiento anual exponencial para el 2022 en varios mercados y atonía o incluso depresión en otros, como el de las instituciones financieras o el de Internet de las Cosas en el primer caso, estaríamos obligados a pensar de otra manera.

Cierto que cuando converso del tema se me observa con cierta suspicacia, lo entiendo, yo mismo siento a veces que estamos hablando de ciencia ficción, pero estamos hablando del presente, hace muy poco conocimos la noticia que Tesla aceptaría bitcoins como forma de pago; me acuerdo de la moneda de diez pesos que me daba mi padre por las mañanas; a veces parece que estamos hablando de ciencia ficción, pero estamos hablando del presente; el blockchain va a servir como una forma democratizadora para las nuevas habilidades, una forma de certificar y capacitar a las personas que las dominen.

No es necesario tener fe en el futuro que se aceleró con la pandemia y ya está aquí, hay que entender que esa idea que aseguraba que estudiar 20 o 25 años nos iba a servir para el resto de la vida se acabó.

No me duele pensar y decir que tuve que volver a estudiar más allá mis posgrados, Inteligencia Artificial en Berkeley, prácticamente la mitad si no es que más, de todo cuanto aprendamos en todas las universidades por las que he pasado, no nos servirá para vivir los siguientes diez años.

Lo que le debemos a las universidades es el criterio para darnos cuenta, la experiencia de vida, pero el resto es historia.

La realidad que he descrito desde hace años en mi libro “la era Microglobal” me regala una sonrisa, tocamos tierra juntos según parece a esta nueva época pandémica.

Como lo advertí en él, la educación se volvió un proceso inflacionario pre empleo: de 1970 al día de hoy, el índice de personas en Latinoamérica con secundaria terminada aumentó constantemente sin ser satisfactorio.

El ingreso creció exponencialmente pero sólo para los más ricos, para los demás no creció. Si se ajustan los índices a poder adquisitivo para el resto de la población, entonces crecimos desproporcionadamente en el índice de escolaridad respecto del ingreso.

No es un error ni una broma macabra; hemos arado sobre el agua; el 20 y el 30 por ciento de la población estadounidense en edad laboral (aproximadamente 206 millones lleva a cabo algún tipo de trabajo como autónomo, lo que supone aproximadamente que son entre 40 y 60 millones de personas y esa proporción va en aumento, lo que supone la caída libre de los empleos que requieren un diploma o una certificación.

Cargarle la mano a la educación tradicional que entrega datos pero no habilita a las mayorías como solución a la desigualdad, no solo es falso; los hechos duros indican que se volvió una mercancía privilegiada que no tiene cabida en la nueva realidad.

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