“La tristeza no vuelve inteligente a las personas. En la tristeza estamos perdidos, por eso los poderes fácticos tienen necesidad que los seres humanos sean tristes; en consecuencia el arte es lo que resiste y la creación: resiste a la muerte, a la infamia, a la servidumbre y a la vergüenza”.
Había leído casi 5 veces la frase, mientras tomaba un sorbo de su café y rápidamente buscó el nombre de su autor debajo del párrafo en negritas: Gilles Deleuze.
Le dolía la cabeza y un tanto −por qué no decirlo− el alma. Sentía que esa frase despertó súbitamente en ella, con la precisión del mensaje una conciencia permanentemente dormida.
Tan pronto terminó de leer las palabras del filósofo francés, recibió como si la estuvieran vigilando, un mensaje de su jefe-mentor por Whatsapp que decía “hoy te extraño mucho; te necesito más a ti que a tu trabajo. Tu esfuerzo físico lo puedo suplir, pero nada como hacer que pienses en mí”.
Daniela aventó al piso su teléfono y comenzó a gritar mientras se apresuraba a su vehículo dejando el café que llevaba. Estaba prácticamente desesperada por no tener opciones ni grados de libertad.
Lo que empezó como un curso motivacional al que se inscribió con su “maestro”, ya había terminado en una relación de codependencia emocional y financiera desde que aceptó ser su asistente personal y ser manipulada por toda la información privada que le terminó compartiendo a quien hoy se había convertido en algo mucho más que un superior jerárquico.
Su pensamiento estaba completamente ausente. Llegó de nuevo a la oficina, comenzó a escucharlo cuando su “jefe” grababa el podcast presencial para sus “seguidores”.
Se dedicó a tratar de recordar la frase de Deleuze, pero era absorbida permanentemente por cada palabra del “coach” como si fuera una instrucción programada.
El objetivo para él, era que nadie de su audiencia pensara, sino viralizara las recetas de éxito que percibían un aroma de éxito rotundo por la forma en cómo comunicaba sus ideas.
Frente al aparador de vidrio del aula, podía observar cómo todos estaban sentados en hileras de mesas blancas que sostenían los cuadernos de frases motivacionales con los cuales la charla cotidiana empezaba cada mañana.
Él tomaba la palabra y así la asunción al poder. Comenzaba a pontificar y en lugar de impartir datos verificados creaba sesgos emocionales para acomodar la realidad a su discurso.
Ese día faltó a la clase una compañera de Daniela. Le informaron que se había quitado la vida el día anterior. Pensó en que era la mejor salida para ella también. Su cuenta de banco prácticamente estaba en ceros y su deudas cada vez crecían más, mientras las facturas morales se exponenciaban.
En una economía donde las mayorías de una sociedad están condenadas a deber y no ahorrar; donde la sociedad ya debe lo que aún no consume, el trabajo ya no les pertenece y por consecuencia todo el tiempo se buscan soluciones instantáneas y fórmulas mágicas de personas que venden soluciones a problemas crónicos y eso hace que la dependencia emocional sea mucho más fuerte que cualquier vínculo de dependencia financiero.
Aunque hay muchos profesionistas que no venden superioridad moral para ganar adeptos, vivimos una época donde se promueven los sueños existenciales más delirantes; las fórmulas inteligentes sitiadas para consumir, pero que ya no saben garantizar el equilibrio emocional más básico de toda sociedad.
La historia de Daniela es una de millones. Se volvió normal, que mentores de “coaching” se burlen de meseros “por no tener hambre” de comprar sus servicios. Si bien hay muchos profesionistas o mentores no son así, cada día prolifera la violencia emocional y la coacción indirecta.
Esto no puede ser considerado como un problema “del otro” sino una referencia colectiva. El no ser consciente de la empatía de la otredad y preferir ser egoísta hoy es parte de la violencia de mañana.
La indiferencia crea resentimiento.
Por eso con mucha alegría comparto que ya se encuentra lista para presentar en el Congreso de la Ciudad de México, la Iniciativa con Proyecto de Decreto para La ‘Ley de Asistencia a víctimas de grupo-dependencia y líderes grupales de persuasión coercitiva presentada por el diputado Jesús Sesma que recoge el gran trabajo de Pablo Salum.
Lo propio de la máquina capitalista es hacer la deuda infinita, como diría Deleuze y mucho más, las nuevas cadenas de codependencia emocional como la historia del curso de Daniela que procreó una enfermedad más grave que lo financiero: la despersonalización humana.
Por eso, la indiferencia colectiva es, sin duda, el germen de la violencia masiva de mañana que factura a todos nuestros impuestos.
En Daniela está la clave del por qué el individualismo ya no puede tener cabida ante sus costos infinitos: la indiferencia a lo colectivo hoy, son nuestros impuestos comprometidos de mañana y mucho más.