Simon Levy

Varoufakis y las truchas del Mesara

Por medio de una história de pescadores de truchas, el autor comprendió que criticar al capitalismo no es favorecer al socialismo.

El tiempo estaba detenido y el calor cada vez era más insoportable. Hace un sólo día, el transcurrir de los minutos era veloz, porque no había espera de por medio. Así juega la relatividad.

Es lunes y está a punto de estallar una nueva manifestación cerca de la Plaza Sintagma que de a poco, recobra su fulgor perdido por una pandemia que extravió la vida del espacio público más representativo de la ciudad.

¿Simón, a qué vienes a Grecia?, me preguntó después de la llamada acordada en punto de las 12 del día.

A conocerte y a proponerte un plan. Esa es mi única razón. Le respondí.

Guardó silencio por un momento…

Aspasia su asistente me recibió en la entrada de su oficina, al día siguiente. Llegué en punto de las once y media de la mañana al Parlamento de Grecia. Él, vestía una playera azul y casual y sin mayor protocolo me invitó a pasar a su oficina.

Yanis, no voy a quitarte el tiempo, —sin siquiera sentarme le dije— quiero formar a jóvenes con pensamiento progresista en México y América Latina. ¿Cómo explicarles lo que pasa con el capitalismo de hoy?

“Supongamos que hay un río en el que viven truchas. Si las pescamos todas, las truchas desaparecerán para siempre. Si las pescamos poco a poco, habrá truchas perpetuamente, ya que se reproducirán año tras año”.

¿Pero eso qué tiene que ver con la pregunta Yanis?

“Vivimos en sociedades que menosprecian de manera clara y criminal el valor del entorno. El capitalismo de hoy, que piensa sólo en términos de mercado se comporta como si esta herencia del planeta, fuera infinita y su explotación no tuviera costos”.

¿De acuerdo, pero cómo explicas que el capitalismo no está creando la riqueza que promete sino mayoritariamente deuda y dependencia?

“Calma. Veamos qué ocurre cuando la pesca deja de guiarse por los usos y costumbres de una sociedad de humanos que comprenden el equilibrio frágil del río y, por el contrario, empieza a regirse por las leyes de la sociedad de mercado: por los valores de cambio”.

“Supongamos que cada hora que pasa, el pescador «pierde» 10 euros, los que ganaría si trabajara como ensamblador en una fábrica. Siempre y cuando pesque por lo menos dos peces por hora, le convendría pescar truchas en lugar de trabajar en la fábrica y sería feliz”.

“Si eres el único pescador en el río, es más fácil que pesques muchas truchas en la primera media hora. Simplemente tiras la red al agua y la tomas, rápidamente, cinco o seis truchas. Sin embargo, cuanto más pescas, o cuantos más pescadores son, más difícil resulta pescar la siguiente trucha, ya que se habrá reducido su número”.

¿Pero no se supone que la competencia produce más riqueza Yanis?

“El número de peces que pescas, en el río, es inversamente proporcional al número de pescadores y a la intensidad con la que pesca cada uno de ellos”.

Es decir que ¿la competencia sin planeación o democratización produce pobreza? No te entiendo bien Yanis, ¿cómo es eso? Toda la vida me enseñaron lo contrario.

“Todo tiene que ver con el sentido finito de la riqueza. Si funcionaras como una sociedad de pescadores, de forma colectiva, podrías acordar que tan sólo pescaran una hora al día cada uno, con lo que pescarían 200 truchas, por ejemplo, y las compartirían”.

Es decir, que ¿el capitalismo que pregona crear riqueza, antes de repartirla, tampoco ya la sabe crear y que solo la concentra en pocos?

Correcto. Asintió.

Ya entiendo Yanis. Lo que me estás diciendo es que la competencia intensa y poco organizada, hace que los pescadores ya no logren rebasar su costo de trabajo por encima del valor de cambio. Están trabajando para perder todo el tiempo, no para ganar.

“Mira que absurdo resulta: si cada uno de ellos pescara tan sólo una hora al día, conseguirían 200 truchas y hoy ya no sacan siquiera dos”.

El lapsus en mi cabeza terminó. Yanis estaba hablando sobre su experiencia como Ministro de Finanzas de Grecia, mientras yo pensaba en este pasaje de su “parábola de las truchas” en su libro “Economía sin Corbata”.

La conversación fue de pronóstico reservado. El episodio en el parlamento no termina.

Ahora, desde Creta donde Varoufakis nació, veo a pescadores en el río Mesara y confirmo con la parábola de Yanis, que criticar al capitalismo no es favorecer al socialismo.

Que me digan a dónde se extravió el capitalismo que todos queremos porque no lo encontramos.

Está perdido en una mentira y criticarlo, no es ser comunista; es entender que las truchas no son infinitas, pero la irracionalidad humana, sí. Por eso, las etiquetas ideológicas, ya no entregan a los pescadores los resultados que prometen.

COLUMNAS ANTERIORES

La deuda del calamar mexicano: la nueva novela de Sabina Berman
El godín millonario

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.